Durante décadas, la Fórmula 1 intentó conquistar Estados Unidos sin conseguir convertirse en un fenómeno deportivo de masas. La paradoja es que hablamos del principal mercado de entretenimiento del mundo, un país con una enorme industria automotriz y una tradición profundamente ligada al automovilismo. Sin embargo, la F1 quedó durante mucho tiempo detrás de la NFL, la NBA, el béisbol y, dentro del motor, de NASCAR e IndyCar. La situación está cambiando y la audiencia estadounidense ya no puede considerarse marginal, pero comprender por qué costó tanto ese crecimiento exige mirar más allá de los números. La Fórmula 1 llegó a Estados Unidos con una cultura deportiva diferente a la que el público local había construido durante generaciones.
Una de las principales dificultades históricas fue que Estados Unidos ya tenía sus propias categorías de automovilismo. NASCAR construyó una identidad ligada a los óvalos, los circuitos estadounidenses, las rivalidades entre pilotos y una fuerte conexión regional. IndyCar, por su parte, convirtió las 500 Millas de Indianápolis en uno de los grandes acontecimientos deportivos del país. Aunque la F1 conquista con Mónaco, al público de EE UU, no lo termiona de consquistar. Cómo dato de relevancia, tenemos qué el británico Graham Hill es el único piloto en la historia que completó la Triple Corona al ganar el Gran Premio de Mónaco, las 24 Horas de Le Mans y las 500 Millas de Indianápolis. Fernando Alonso intentó emularlo y conquistó Mónaco y Le Mans, pero no pudo ganar en el óvalo de Indianápolis.
El significado de la Fórmula 1 para el público de los Estados Unidos, ofrece otra cosa: circuitos internacionales, fabricantes europeos, pilotos extranjeros y una complejidad técnica que no siempre resultaba sencilla para quien se acercaba al deporte por primera vez. No se trataba de que los estadounidenses rechazaran las carreras, sino de que ya tenían una manera propia de entenderlas.
La distancia cultural también estaba en el calendario. Durante muchos años, la Fórmula 1 no logró establecer una presencia estable y reconocible en territorio estadounidense. Hubo Grandes Premios en diferentes escenarios, pero ninguno consiguió convertirse durante décadas en una cita imprescindible para el público general. Zak Brown, director ejecutivo de McLaren, ha señalado precisamente la ausencia prolongada de una carrera estadounidense estable como una de las razones que frenaron el crecimiento de la categoría. La llegada del Circuit of the Americas en Austin, en 2012, empezó a corregir ese problema al ofrecer a la F1 una casa permanente en un mercado que necesitaba continuidad.
También existía una cuestión de televisión. Para que un deporte se convierta en parte de la cultura popular estadounidense necesita estar presente de manera constante en los hogares, en las conversaciones y en los medios deportivos. Durante años, la Fórmula 1 tuvo una exposición limitada y difícil de comparar con la maquinaria televisiva de las grandes ligas estadounidenses. El horario de las carreras tampoco ayudaba: buena parte de la competición se desarrollaba en Europa y Asia, con transmisiones en horarios poco naturales para el público estadounidense. La F1 podía tener seguidores fieles, pero le costaba transformar esa afición en un hábito colectivo.
La diferencia no estaba solamente en dónde se corría, sino también en cómo se contaba el deporte. La Fórmula 1 históricamente se apoyó en la ingeniería, la estrategia, los reglamentos y una estructura de equipos que puede resultar compleja para el espectador ocasional. En Estados Unidos, en cambio, las grandes ligas desarrollaron una enorme capacidad para convertir a los deportistas en personajes reconocibles y construir narrativas alrededor de ellos. La NFL tiene a sus quarterbacks, la NBA a sus superestrellas y NASCAR a sus pilotos como figuras de una cultura mucho más amplia. La F1 tardó en comprender que para crecer necesitaba vender no solo velocidad, sino también historias.
La revolución que llegó desde una pantalla
El gran cambio comenzó cuando la Fórmula 1 dejó de depender exclusivamente de su transmisión deportiva y empezó a convertirse en entretenimiento audiovisual. La serie de Netflix Drive to Survive, estrenada en 2019, fue decisiva para acercar la categoría a personas que nunca habían seguido una carrera. La serie convirtió estrategias, conflictos internos, personalidades y rivalidades en una narrativa accesible para un público que quizá no sabía distinguir entre una escudería y un piloto. Según la propia Fórmula 1, el programa transformó la manera en que nuevas audiencias se relacionan con el campeonato y contribuyó a crear una nueva generación de aficionados.
El fenómeno fue especialmente importante porque modificó la puerta de entrada al deporte. Antes, para interesarse por la Fórmula 1 había que mirar carreras. Después de Drive to Survive, millones de personas podían conocer primero a los pilotos, las rivalidades y los equipos y solo posteriormente acercarse a la competición. Esa diferencia parece pequeña, pero tiene un enorme impacto cultural. El aficionado tradicional entra al deporte por la carrera y aprende la historia después; el nuevo aficionado puede entrar por una historia y terminar descubriendo la carrera. Para una categoría que durante décadas fue percibida como demasiado técnica o distante, ese cambio de recorrido resultó fundamental.
Los resultados reflejan esa transformación. La Fórmula 1 asegura que su base de aficionados en Estados Unidos llegó a unos 52 millones en 2025 y que el interés en el país creció un 11% durante ese año. Además, Estados Unidos se convirtió en uno de los mercados digitales más importantes para la categoría. Pero incluso esas cifras deben interpretarse con cautela: crecer rápidamente no significa haber desplazado a los grandes deportes estadounidenses. En 2025, la audiencia promedio de F1 en Estados Unidos rondó los 1,3 millones de espectadores por carrera en televisión, una cifra récord para la categoría, pero todavía muy lejos de las grandes audiencias de la NFL.
El crecimiento tampoco es homogéneo. La Fórmula 1 está conquistando especialmente a públicos jóvenes y digitales, una generación menos condicionada por las tradiciones deportivas de sus padres. El aficionado que descubre a Lando Norris, Max Verstappen, Charles Leclerc o Lewis Hamilton en redes sociales puede consumir contenido de F1 durante toda la semana sin necesidad de esperar al domingo. Esa lógica encaja perfectamente con la nueva economía del entretenimiento estadounidense, donde el deporte ya no vive solamente durante el partido o la carrera. Vive en TikTok, YouTube, Instagram, plataformas de streaming, videojuegos, documentales, podcasts y comunidades digitales.
La llegada de tres Grandes Premios al territorio estadounidense terminó de consolidar esa estrategia. Austin, Miami y Las Vegas representan tres modelos diferentes de aproximación al mercado. Austin conecta con la cultura tradicional del automovilismo; Miami convierte la F1 en espectáculo urbano y social; Las Vegas la inserta directamente en una de las ciudades más asociadas al entretenimiento mundial. Esa diversidad demuestra que la categoría ya no intenta simplemente encontrar un circuito donde correr, sino construir diferentes puertas de entrada para distintos públicos. La estrategia estadounidense de la F1 ya no consiste en pedirle al país que adopte su cultura: consiste en adaptar el espectáculo a la cultura del país.
Aun así, sería prematuro decir que la Fórmula 1 ya se convirtió en un deporte estadounidense de masas. La diferencia con las grandes ligas sigue siendo enorme y el propio crecimiento presenta desafíos. En 2026, la categoría cambió su plataforma de transmisión en Estados Unidos y pasó de ESPN a Apple, una transformación que puede ampliar el alcance digital, pero también obliga a preguntarse cuánto público está dispuesto a pagar por una plataforma adicional. Además, la ausencia histórica de un piloto estadounidense protagonista sigue siendo una desventaja. Un campeón o una estrella local capaz de convertirse en rostro nacional podría acelerar el proceso de una manera que ninguna campaña publicitaria conseguiría.
Ese es quizás el gran desafío de la F1 en Estados Unidos: pasar de ser una tendencia a convertirse en una tradición. El fenómeno actual demuestra que existe interés, pero todavía queda por comprobar si ese interés se transmite entre generaciones. NASCAR no necesitó explicar durante décadas por qué pertenecía a la cultura estadounidense; IndyCar tiene en Indianápolis una institución deportiva centenaria. La Fórmula 1 todavía está construyendo esa memoria colectiva. Su ventaja es que llega con una marca global extraordinariamente poderosa, una tecnología fascinante y una capacidad de entretenimiento que ha aprendido a utilizar mucho mejor.
La relación entre Estados Unidos y la Fórmula 1, por tanto, no debería analizarse desde la idea de que los estadounidenses no consumen automovilismo. Es justamente al contrario: Estados Unidos tiene una de las culturas del motor más grandes del planeta. Lo que durante mucho tiempo no encontró la F1 fue un espacio suficientemente grande dentro de esa cultura. Hoy está construyéndolo a través de televisión, streaming, redes sociales, grandes eventos y una estrategia comercial mucho más adaptada al público local. El desafío será sostener ese crecimiento cuando desaparezca el efecto novedad y cuando el espectador tenga que elegir entre tantas opciones deportivas.
La historia de la Fórmula 1 en Estados Unidos es, en definitiva, una historia de adaptación. Durante años, la categoría intentó conquistar el país ofreciendo esencialmente el mismo producto que funcionaba en Europa. Ahora está haciendo algo diferente: mantiene la esencia internacional de la competición, pero cambia la manera de presentarla, consumirla y experimentarla. Esa estrategia ya está dando resultados, aunque todavía no permite hablar de una hegemonía cultural. Estados Unidos no se ha enamorado de la Fórmula 1 de la noche a la mañana; está descubriendo una categoría que durante mucho tiempo le resultó extranjera. Y quizás esa sea la clave para entender su futuro: la F1 no necesita convertirse en NASCAR para triunfar en Estados Unidos. Necesita convencer a una nueva generación de que también puede ser parte de la tradición deportiva estadounidense.@mundiario