Rusia vuelve a enfrentarse a una crisis de combustible que ya afecta a al menos 16 regiones y que empieza a revelar hasta qué punto los ataques ucranianos contra la infraestructura petrolera pueden generar consecuencias catastróficas para Moscú. Colas en las gasolineras, límites de repostaje, interrupciones logísticas y aumento de los precios mayoristas forman parte de un problema que el Gobierno de Vladímir Putin intenta contener mediante una combinación de restricciones internas, importaciones y medidas extraordinarias.
La dimensión más significativa de esta nueva crisis no está únicamente en la falta puntual de gasolina. Está en el hecho de que Rusia, uno de los grandes productores y exportadores mundiales de hidrocarburos, se vea obligada a importar combustible terminado para cubrir las necesidades de su propio mercado.
Ese contraste permite medir mejor el efecto de la estrategia seguida por Ucrania durante los últimos meses: no se trata de impedir que Rusia extraiga petróleo, sino de dificultar su capacidad para transformarlo, distribuirlo y convertirlo en productos refinados disponibles para consumidores, empresas y, especialmente, para una economía movilizada por la guerra.
La escasez se ha hecho visible en diferentes puntos del país. Entre las regiones afectadas aparecen Lípetsk, Tula, Tambov, Kaluga, Vorónezh, Rostov, Riazán, Saratov, Smolensk, Penza, Oremburgo y Uliánovsk, además de territorios como Krasnodar, Primorie y Baskortostán.
En el óblast de Lípetsk, el gobernador Igor Artamonov restituyó el sistema de repostaje alterno según días pares e impares basado en el número de matrícula. Además, cadenas estatales como Rosneft y Gazprom limitaron la venta a un máximo de 30 litros de gasolina por persona. Restricciones idénticas fueron decretadas en la región de Oremburgo por el gobernador Yevgueni Solntsev. Mientras tanto, en el territorio de Krasnodar, las autoridades locales de la turística ciudad de Sochi admitieron que los surtidores operativos cayeron a apenas dos tercios debido a severas interrupciones logísticas.
En otras provincias rusas, el colapso de la oferta se manifiesta directamente en la paralización comercial. En el distrito de Achinsk (región de Krasnoyarsk), la jefa distrital Natalia Grigorieva confirmó que 13 de las 47 estaciones de servicio de la zona dejaron de funcionar por completo, mientras que solo 16 disponen de una oferta variada de combustible. Por su parte, la república petrolera de Baskortostán —cuyos complejos refinadores en Ufa sufrieron múltiples bombardeos de drones en agosto— prohibió temporalmente despachar gasolina en bidones y recipientes portátiles para combatir la especulación.
El viceprimer ministro ruso Aleksandr Novak ha tenido que ordenar medidas para garantizar el suministro y vigilar los precios. El propio Gobierno también ha recurrido a una herramienta particularmente reveladora: permitir temporalmente la comercialización de combustibles de estándares inferiores, incluidos Euro 2, Euro 3 y Euro 4.
El problema empieza en las refinerías
El impacto de la guerra de desgaste logístico ejecutada por Kiev ha quedado al descubierto este mes de agosto de 2026. Informes independientes confirman que los ataques ucranianos han inutilizado complejos refinadores que suman una capacidad conjunta de 40 millones de toneladas de petróleo anuales. Aunque Moscú ha logrado reactivar de forma precaria algunas líneas de producción redirigiendo flujos técnicos, refinerías estratégicas en el corazón del territorio ruso, como la de Moscú (Kapotnya) y la de Omsk, operan a niveles mínimos tras los severos incendios sufridos en sus destiladoras primarias.
La incapacidad de la industria para devolver estas plantas a su rendimiento óptimo ha forzado al Kremlin a tomar medidas inéditas en su historia moderna, como la suspensión de exportaciones de diésel y la negociación de importaciones de emergencia de carburantes desde Bielorrusia para paliar el desabastecimiento doméstico.
El efecto acumulativo es más importante que el daño provocado por un ataque individual. Una refinería puede seguir existiendo físicamente y, sin embargo, trabajar por debajo de su capacidad debido a daños en unidades de procesamiento, problemas de mantenimiento o interrupciones en determinadas fases de producción.
Kiev está intentando convertir la profundidad territorial rusa en una vulnerabilidad logística. Los ataques mediante drones permiten alcanzar instalaciones situadas a cientos o incluso miles de kilómetros del frente y obligan a Moscú a distribuir recursos de protección sobre un espacio enorme.
La cuestión no es únicamente cuánto petróleo pierde Rusia. La pregunta decisiva es cuánto combustible refinado puede producir y poner a disposición de su economía.
Rusia tiene petróleo, pero necesita gasolina
El petróleo crudo debe ser procesado en refinerías para convertirse en gasolina, diésel, queroseno y otros productos. Si la capacidad de refinado disminuye, disponer de grandes reservas de crudo no resuelve inmediatamente el problema de las estaciones de servicio.
Por eso Rusia ha recurrido a Bielorrusia, India y otros mercados internacionales. Los datos citados apuntan a un aumento extraordinario de los suministros de gasolina bielorrusa por ferrocarril, mientras que en agosto comenzaron a llegar a Rusia cargamentos procedentes de India. La participación de Nayara Energy, compañía india vinculada a Rosneft, resulta especialmente significativa dentro de este nuevo circuito de abastecimiento.
El combustible habría seguido una ruta compleja a través del Mediterráneo y Egipto antes de alcanzar Rusia. La operación demuestra que las redes comerciales creadas alrededor de las sanciones también pueden utilizarse en sentido inverso: Rusia no solo necesita vender sus hidrocarburos, sino que empieza a necesitar comprar productos refinados para sostener su mercado doméstico, lo que representa un cambio importante respecto a la imagen tradicional de Rusia como potencia energética autosuficiente.
Ademas, El regreso de los combustibles de menor calidad constituye otra señal de presión.
El estándar Euro 2 corresponde a una tecnología de hace décadas y permite niveles de contaminantes muy superiores a los asociados a los combustibles modernos. El Euro 5, utilizado como referencia en mercados más exigentes, está asociado a combustibles con un contenido de azufre mucho menor.
Gas station lines are back in Russia after strikes on oil refineries
— NEXTA (@nexta_tv) August 12, 2026
After a new wave of Ukrainian drone attacks on Russian oil refineries, fuel problems have returned in at least 15 regions. In Sochi, some gas stations have introduced daily limits, while others are selling fuel… pic.twitter.com/jvfxC0JPi7
El regreso forzado de los combustibles de baja calidad constituye la señal más clara de la asfixia logística que padece Moscú este mes. Mediante un decreto con vigencia hasta mediados de 2027, el presidente del Gobierno Mikhail Mishustin legalizó la comercialización de carburantes Euro-2, Euro-3 y Euro-4, rompiendo un veto que databa de 2013. Mientras que la norma de referencia Euro-5 exige un límite estricto de 10 miligramos de azufre por kilogramo, el estándar Euro-2 permite hasta 500 miligramos, es decir, una concentración de contaminantes 50 veces mayor. Para el Kremlin, la lógica política es inmediata: resulta preferible inundar los surtidores regionales con combustibles obsoletos de los años 90 a enfrentar protestas masivas por parálisis económica en las 16 provincias más afectadas por el desabastecimiento.
No obstante, esta solución de emergencia acarrea severos daños colaterales a nivel técnico y agrícola. Expertos de la Sociedad Ecológica de Rusia advierten de que la combustión de este carburante genera altos volúmenes de compuestos corrosivos que destruyen aceleradamente los catalizadores, inyectores y la electrónica sofisticada de los vehículos modernos. Asimismo, los ministerios de agricultura locales temen una avería en cadena de la maquinaria agrícola pesada extranjera —vital para la cosecha de este verano— al tiempo que las emisiones de óxidos de nitrógeno se dispararán a niveles previos a 2016 en los principales centros urbanos.
Ucrania considera las refinerías y otras instalaciones energéticas objetivos relacionados con la capacidad rusa para sostener su esfuerzo bélico. El razonamiento es que reducir la disponibilidad de productos petrolíferos puede afectar simultáneamente al transporte civil, la industria, la agricultura y las Fuerzas Armadas.
Los drones se han convertido en una herramienta particularmente útil para este objetivo porque permiten atacar instalaciones situadas lejos de las líneas de combate sin necesidad de mantener una presencia militar convencional en territorio ruso. Y, la consecuencia inmediata es que la guerra deja de medirse exclusivamente por la evolución del frente. @mundiario