Accésit del Premio Adonáis 2025, el poemario de Rocío Angulo es una celebración a la vida sin caer en la euforia ni en la exaltación de la dicha exclusivamente. Pretende que la vida sea también un tránsito por las asperezas de la muerte y la enfermedad que advierten al mismo tiempo del fin y renacimiento de un linaje.
La herencia del matriarcado desde sus aspectos emotivos y culturales se convierte en un eje temático que repercute en la creación de unos poemas inspirados por una ternura compasiva donde el umbral entre vivos y muertos, entre lo inerte y lo ávido queda a merced de un pensamiento poético que sostiene lo siguiente. La existencia es un acompañamiento hasta la muerte: "Has ventilado la casa, para que el olor a la ausencia / se marche, y unos nuevos ojos la habiten, ajenos". (pág. 41). ¿En qué consiste ese acompañamiento? En probar que los sentimientos basados en la inocencia y en la experiencia son un vínculo entre nietas y abuelas, pues así se construye un mundo que la poesía sublima necesariamente frente a la adversidad y al tedio.
Por tanto, todos los poemas de Los geranios descosíos arraigan en dos horizontes de lectura: en una zona liminar, de penumbra, difusa, pues los ausentes siguen conversando con los vivos. Y lo hacen a través de los recuerdos y las connotaciones que, para quien escribe, adquieren objetos en desuso y costumbres abandonadas: "Vosotras, caminad hacia el féretro / y pedidle perdón. / Mamá, ¿ya no está? / Ella se ha levantado de entre los muertos. / Pero yo quiero permanecer en este letargo / hasta que entienda". (pág. 50). Y el otro horizonte, sin duda, sostiene que las biografías cobran sentido de trascendencia cuando se entrelazan a través de una memoria labrada en la tradición, pero también en la perpetuidad de una sangre que se nutre de la misma vertiente, que reconoce en sus ancestros la valía de un mundo que intentaron transformar desde limitaciones insospechadas: "que no hacía falta decir nada, solo contemplar / que estábamos condenadas a encontrarnos, / a pesar de que tú yo / ya no nos reconoceremos más / en el mismo espejo". (pág. 23).
El tributo a las abuelas, a los desaparecidos, en general, cultiva la poesía de este libro que predice las bondades del linaje materno y de toda la ingeniería que surge en la sencillez de los hogares a través de manos de mujeres que ocupan el lugar asignado por los varones. Por desgracia, ese lugar nunca es merecido porque no lo eligen ellas, pero que refulge de una brillantez predestinada e inédita gracias a la sensibilidad de madres y abuelas. Pese a este lastre, es un poemario sin resentimiento, sin reivindicación explícita de las injusticias acometidas contra un matriarcado al que se le ha negado el espacio público durante mucho tiempo: "Somos huérfanas errando / por los campos de trigo". (pág. 50).
La reivindicación nace de ese poso de ternura que deja la huella de toda una obra tramada desde los interiores de las casas, fiel a la propia naturaleza de los huertos, al encierro de patios cargados de rumores y chascarrillos, a la devoción de las cocinas donde la infancia de las mujeres deja de ser infancia para convertirse en sostén de la casa. Y la casa es el mundo, y ellas son la tierra, lo fértil, el freno a la barbarie, la piedad que consiente demasiado, la convicción de que, después de la muerte, aun habrá alguien que pedirá cuentas: "Amo a todas las mujeres / que somos, / a la estirpe generosa que expandirá / las semillas de este techo, / y volverán a tejer, de nuevo, / los geranios descosíos". (pág. 65).
El lenguaje no peca de artificioso ni de preciosista, si bien la expresión se recrea en sí misma. Porque Rocío Angulo dota de vitalismo a cada poema por medio de los objetos, los coloquialismos, los refranes, los dichos atávicos. La oralidad aparece aquí como un don que no extraña el rigor de hipérbatos e imágenes de una madurez consolidada: "no sé qué he hacer ahora con tu nombre, / no sé qué hacer ahora con tu amor. / crecí pensando que mi abuela era inmortal" (pág. 57). No es una autora que comienza, pese a la juventud de Rocío. No voy a pecar de paternalista cuando el talento es evidente y se perfila con claridad la autonomía de una poética que ha interiorizado perfectamente la tradición y a varias voces del 27: "Deja la luz encendida / en esta noche de derrumbe, / para que mi abuela encuentre el camino / hacia la cama de mi madre, / y calme con sus besos / la feroz soledad" (pág. 62).
Se consolida así una vena poética marcada por rendir un homenaje a esa filiación consanguínea en la que, de alguna manera, todas las mujeres están conectadas, con una proyección más que tangible de continuidad, de pertenencia a un mismo clan que opera en la naturaleza para transformarla, pues son una prolongación, uno de sus meandros, campánulas de un jardín que alguien cuida para que perdure eso que está condenado a ser contemplado y de lo que se escribe. Enhorabuena, Rocío. @mundiario