A principios de los noventa, los grandes inversionistas institucionales del mundo voltearon a ver a México por primera vez. Llamaba la atención el país joven que emprendía la mayor transformación estructural e institucional de su historia moderna.
Se aceleró el proceso iniciado por Miguel de la Madrid para reducir el número de empresas propiedad del Estado. Se privatizaron los bancos estatizados una década antes. Siguieron Telmex, Mexicana de Aviación, Cananea, Dina y otras más. Se renegoció mediante el Plan Brady la deuda externa que asfixiaba las finanzas públicas y México regresó a los mercados internacionales de crédito. Se negoció el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y se reformó el Artículo 27 constitucional para transformar el ejido y poner fin al reparto agrario. Se desreguló la economía, eliminando controles de precios y restricciones que protegían a sectores de la competencia. Se liberalizaron las tasas de interés y desaparecieron el encaje legal y los cajones selectivos de crédito.
Pero uno de los cambios más trascendentes fue darle autonomía al Banco de México. En 1993 se reformó el Artículo 28 y, desde abril de 1994, Banxico se convirtió en un banco central autónomo, con la estabilidad del poder adquisitivo como objetivo prioritario. México llegó a alcanzar inflación anual de 179.7% en febrero de 1988. Al impedir que el Ejecutivo financiara sus déficits imprimiendo dinero, se cerraba la puerta a la hiperinflación, uno de los grandes abusos económicos, uno que castiga más a quien menos tiene.
Ahí don Miguel Mancera, el primer gobernador del “nuevo” banco, fue una figura sobresaliente. Representó con enorme dignidad lo mejor del servicio público. Quienes trabajamos en aquella primera apertura de México a los mercados financieros internacionales recordamos la profunda admiración que Mancera despertaba entre sofisticados inversionistas que recorrían el mundo reuniéndose con banqueros centrales y funcionarios públicos. Don Miguel destacaba tanto por su solidez técnica como por su austeridad. Circulaba un chiste: “¿Sabes qué hace don Miguel Mancera con sus trajes viejos? ¡Se los pone!”. Alguna vez tuve el privilegio de contárselo; recuerdo sus carcajadas.
Su muerte me provoca profunda tristeza. No sólo por su partida, inevitable tarde o temprano, sino porque me hace añorar aquel México que se atrevía a soñar con las grandes ligas; al país que convocó a la generación más talentosa de servidores públicos, cuya excelencia contrasta brutalmente con la improvisación que hoy padecemos.
No pretendo idealizar de más. Hubo errores y corrupción que manchó procesos que exigían más transparencia. Quizá, por ejemplo, debió romperse el monopolio de Telmex antes de privatizarlo. Pero sería injusto ignorar que México está donde está gracias a que aquella generación corrigió los desastres de Echeverría y López Portillo: estatismo, irresponsabilidad fiscal, endeudamiento e inflación.
Puedo anticipar la respuesta de quienes apoyan a una 4T que, en tantos sentidos, busca volver a aquella época, tanto en política económica como en concentración del poder, autoritarismo y censura. Pero ni ellos pueden negar que lo que ha mantenido a flote sus gobiernos, incluso sin crecer, son las instituciones y reformas que heredaron de aquellos a quienes hoy critican. Al platicar con las calificadoras, la autonomía del Banco de México —debilitada y todo— se repite como la principal fortaleza para conservar el Grado de Inversión. Aun quienes hoy reivindican el nacionalismo económico no se han atrevido a abandonar un tratado comercial que hizo posible que México exporte hoy más manufacturas que el resto de América Latina sumada.
Miguel Mancera perteneció a esa rara especie de servidores públicos que entendían que su mayor legado no era ejercer el poder, sino construir instituciones que hicieran menos importante a quién lo ejerce. Ésa es su herencia. Si tan sólo tuviéramos más funcionarios como él, capaz de construir instituciones que lo sobrevivirán, México sería otro. Lo vamos a extrañar.
Descanse en paz.