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El Financiero 27 Mar, 2026 04:37

¿Miedo a la soledad?

El doble fracaso de la intención presidencial de reformar el modelo electoral y el sistema partidista insta a la jefa del Ejecutivo a una reflexión. Determinar no sólo con qué colaboradores y operadores políticos cuenta en el gobierno y en Morena, sino también a analizar si esos leales son capaces en verdad de cumplir con las tareas encomendadas.

Concediendo que la mandataria no fue quien se aferró en impulsar y sostener una causa perdida como lo era el plan “B” –en realidad, “E”–, el motivo de esa reflexión es simple: la embarcaron en una aventura político-legislativa cuya derrota estaba cantada y, en el lance, alteraron el ecosistema institucional y político donde el gobierno y Morena se desenvuelven.

No faltan los cuatroteístas, militantes del rencor, urgidos por cobrar la factura del revés a los petistas y calcular cuánto les costará la doblez de los verdes. Sin embargo, el punto importante no es ese. Lo relevante es que, con lo sucedido, el gobierno y Morena están obligados a hacer política, un oficio del cual abdicaron, creyendo que bastaba la fuerza. Empero, retomar la política tiene por precondición contar con operadores capaces y convencidos de servir a un solo amo.

Sin esa reflexión, acompañada de la consecuente acción, no podrá descartarse que el motor y el fantasma de la idea de empatar las elecciones intermedias con la consulta de revocación del mandato eran y son el miedo a la soledad y debilidad política.

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Si el plan original de reforma político-electoral del actual gobierno era malo y se operó con ahínco para frustrarlo, el alterno resultó malísimo y se operó peor.

Como el original, el alterno careció de un diagnóstico y, desde luego, de un estudio de impacto presupuestal y, como se vio, la iniciativa se redactó sin comprender, entender ni encuadrar debidamente el asunto. Los errores fueron garrafales. Se concibió y elaboró al garete. Luego, se operó en el ámbito partidista y parlamentario con el espíritu de un extorsionador en formación. La foto de los dirigentes partidistas y los coordinadores parlamentarios de la coalición encabezada por Morena, tomados de las manos y al frente de la divisa “Respaldo total al Plan B” es la estampa de la ilusión y la simulación política.

En ese extraño proceder asombra que los operadores políticos ni los consejeros jurídicos del gobierno, como tampoco la dirigencia partidista ni los coordinadores parlamentarios de Morena hayan advertido en serio a la jefa del Ejecutivo de la camisa de once varas que le confeccionaban adrede o sin querer, del desastre político en ciernes al que la conducían. Ojalá, eso haya sido producto de la incapacidad y la negligencia, no de la deslealtad y el engaño fincados en la idea de atender a un mando y servir a otro.

Por cierto, ¿por qué Morena tiene por subcoordinadores en el Senado a Adán Augusto López e Ignacio Mier, y a ningún coordinador, ambos destapadores de la corcholata en Chihuahua? ¡Qué suerte la del diputado Ricardo Monreal revisar y no dictaminar el revés!

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El punto crítico es obvio. Está por verse si el supuesto y limitado logro parcial, no sustancial, del plan alterno es tal, porque por la falta de cálculo político sacude estructuras, debilita instituciones ya dominadas por el gobierno y Morena, y altera los términos de la alianza establecida y precipita el rejuego electoral 2027.

Más allá del fingimiento y la aparente disciplina falta saber varias cuestiones. Cómo tomará el Senado la reducción de su presupuesto (recuérdese la postura de Adán Augusto López cuando cargó contra Ricardo Monreal por el mismo asunto). La reacción de las legislaturas locales, así como de los ayuntamientos y, por extensión de los gobernadores, ante el hecho de que el centro en deterioro del federalismo les tope el gasto. El sentir de consejeros y altos funcionarios electorales que se les recarga el trabajo, se les reduce el sueldo y se les retira el seguro médico privado cuando el seguro público no garantiza la atención, al tiempo de advertir cómo se vulnera la autonomía e independencia de la institución donde sirven. Y ni hablar de la pérdida de autoridad y legitimidad de la presidente el Instituto, Guadalupe Taddei, que queda como el cohetero de la fiesta funeral.

Por si eso no bastara, el absurdo lance político-legislativo en el que los supuestos colaboradores y operadores embarcaron a la jefa del Ejecutivo fracasó en su objetivo mayor –empatar elección con revocación– y provocó dos efectos contraproducentes. Golpeó los términos de la alianza de la coalición en el poder y precipitó el rejuego electoral, teniendo enfrente muy serios problemas, esos sí, del interés nacional y no electoral. Pueden, claro, los maromeros intelectuales del oficialismo argüir que la gran jugada era salir de los partidos satélites con que Morena se asoció. Empero, uno de ellos se le salió de órbita y al otro, de seguro, reclamará mucho más combustible –posiciones, prebendas y privilegios– para seguir en curso.

Con tales triunfos, el gobierno y Morena están obligados a calcular qué tanto los favorece la victoria pírrica. Por eso, mal no haría la jefa del Ejecutivo en determinar en verdad con qué colaboradores y operadores cuenta y actuar en consecuencia.

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Sin esa reflexión, determinación y consecuente actuación presidencial será imposible descartar que el objeto de empatar la revo-ratificación del mandato era asegurarse en el poder y ampliar el margen de maniobra ante los gobernadores, colaboradores, operadores y coordinadores de Morena que atienden a un mando y responden a otro.

Dicho en breve, será imposible descartar que el fantasma y el motor de la anticipación de la revo-ratificación del mandato era el miedo a la soledad y la debilidad política.

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