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Radar Inteligente
Quadratin 27 Mar, 2026 06:00

Otros datos/Norberto Gasque Martínez

El pez grande se comerá siempre al más chico. Al cumplirse 32 años de una de las noticias más trascendentes de la historia moderna de México, la frase viene perfectamente a colación por cómo sucedieron los hechos aquel 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, Tijuana, y cómo repercutieron en la capital del país.

Un par de días antes acompañamos al candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta, a una reunión con comerciantes en el Mercado de la Bola de Coyoacán. Su nivel de convocatoria se notó también ahí con multitudes que lo vitoreaban, como el próximo presidente de México.

Para quienes, veladamente, formábamos parte de su equipo, en las oficinas del entonces Departamento del Distrito Federal, que encabezaba Manuel Camacho Solís, la visita al redil de los coyotes resultó simple rutina, dentro de una campaña que caminaba solita.

Mientras nuestro jefe directo en Plaza de la Constitución, Carlos Salomón Cámara, bostezaba, mi compañero Gerardo Martínez y yo, esperábamos ya nada más el silbatazo final de esa aburrida jornada de miércoles, para irnos mucho a la… cantina más próxima a nuestro corazón.

Pero en un instante, todo cambió. Un muchacho de monitoreo de radio que checaba la frecuencia del Instituto Mexicano de la Radio (IMER) salió de su reducto con gesto incrédulo: Dice una reportera que le dispararon a Colosio.

El licenciado Salomón Cámara como impulsado por un resorte, corrió a la Sala de Radio y Televisión interna y regresó con el rostro desencajado: -¡Ya nos mataron al candidato!- masculló asustado, triste y confundido.

La reportera en cuestión, que dijeron que dijo, era la compañera Cristina Segovia, quien cubría la gira del aspirante tricolor y no se regresó esa tarde al hotel con el resto de colegas, sino que quiso esperarse hasta el final del evento en ese concurrido rincón tijuanense. Ella lo vio todo a tres metros de distancia de donde cayó el candidato mortalmente herido.

No se acuerda ni dónde ni cómo consiguió un teléfono para reportar los hechos a su medio, pero eso sí, fue la primera que lo hizo. En sólo unos cuantos minutos la noticia ya era nacional, pero no por mérito de Cristi, sino 5 o 10 minutos después, por Talina Fernández, quien tuvo la suerte de ser invitada a esa gira por la señora Diana Laura Riojas, esposa de Luis Donaldo.

Todo el aparato de cámaras y micrófonos de Televisa Tijuana se volcó en apoyo de “la dama del buen decir”, para ampliar todos los detalles y cubrir el anuncio oficial de la muerte del candidato, en vivo, en cadena nacional, conectada a la capital del país con Jacobo Zabludovsky. Cristi quedó solamente en Cristi del IMER.

El hecho lo cambió todo hasta las entrañas, sobre todo, sacudió las estructuras del partido gobernante que no contaba con plan B, C ni Z para una situación de ese calibre y comenzó a hacer agua de la manera más evidente.

De las oficinas en Plaza de la Constitución, nos fuimos a las instalaciones del PRI, en Insurgentes Norte, donde había un total desorden, con el incesante corredero de gente sin ton ni son. Absolutamente nadie sabía qué hacer, ni para dónde moverse. Todo el tinglado ya dispuesto para la ascensión del sonorense se vino abajo.

A tal grado llegaron las cosas que el entonces director de prensa del partido, mi amigo Carlos Samayoa Madrigal (QEPD), me ofreció de inmediato su cargo y aseguró que contaba con todo su apoyo y respaldo; igual de sacado de onda que él, acepté la silla y el cargo durante dos fracciones de segundo.

En la calle, mientras tanto circulaban extras de El Gráfico y Últimas Noticias que se vendieron literalmente como pan caliente, pues contenían secuencias fotográficas del ataque y últimos minutos de vida de quien se creyó vendría a salvar un México en picada. El video con el fondo musical de “La Culebra” se repitió cien veces en la tele.

Por instrucciones precisas tuvimos mucho cuidado de no manejar en la información oficial, nada que la ligara con el discurso de Colosio del 6 de marzo en el monumento a la Revolución y, ni de relajo, mencionar al jefe de la oficina de la presidencia, José Córdoba Montoya, de quien tras bambalinas se decía que había instrumentado el cruento suceso.

Antes de Lomas Taurinas, los cuadros priístas estaban listos para que Manuel Camacho Solís llegara a la Secretaría de Gobernación y de ahí había un reparto previsto de carteras, para mantener todos los cambios que permitieran que todo siguiera igual.

En corto, mi cuate Gerardo y yo, bien posicionados y con amplia experiencia en el sector público, apuntábamos alto en Comunicación Social. Él tenía labor avanzada para llegar a las oficinas de Bucareli y yo, también con proyectos en desarrollo, tenía cifradas esperanzas de llegar a la Secretaría de Turismo.

La tarde-noche de ese larguísimo miércoles 23 de marzo de 1994, el licenciado Carlos Salomón Cámara nos habló mexicanamente “al chile”. “Muchachos, con esto ya no los puedo apoyar, cada quien va a tener que rascarse con sus uñas”.

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