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Mundiario 18 Aug, 2026 23:20

Galicia se mira en su memoria: el legado de Ánxel Casal y Camilo Díaz Baliño sigue interpelando al presente

Hay aniversarios que pertenecen al calendario y otros que forman parte de la conciencia colectiva. El recuerdo de Ánxel Casal y Camilo Díaz Baliño pertenece a esta segunda categoría. Noventa años después de sus asesinatos durante los primeros compases de la Guerra Civil, sus nombres continúan ocupando un lugar singular en la historia de Galicia, no solo por la violencia que truncó sus vidas, sino por la huella que ambos dejaron en la construcción de un país que aspiraba a crecer desde la cultura, el pensamiento y las instituciones.

Las conmemoraciones que cada año se celebran en Santiago no deberían entenderse únicamente como actos de reparación histórica. Su verdadero valor reside en recordar qué representaban estas dos figuras antes de convertirse en víctimas de la represión. Casal fue alcalde de Santiago, editor, impresor y uno de los grandes impulsores de la cultura gallega contemporánea. Díaz Baliño, artista, ilustrador y escenógrafo, contribuyó decisivamente a configurar un imaginario visual que aún hoy forma parte de la identidad cultural gallega. Sus trayectorias discurrieron en paralelo porque compartían una misma convicción: que el progreso de Galicia dependía tanto de la política como de la creación cultural.

No es casual que ambos coincidieran también en el desenlace de sus vidas. Fueron detenidos en el verano de 1936 y compartieron sus últimos días de cautiverio antes de ser asesinados con apenas cinco días de diferencia. Esa coincidencia biográfica simboliza el intento de eliminar no solo a personas concretas, sino también un proyecto de modernización que vinculaba democracia, autogobierno, lengua y cultura.

La memoria democrática cobra sentido cuando ayuda a comprender el presente. Casal y Díaz Baliño representan una Galicia donde cultura y compromiso iban de la mano

Con el paso del tiempo, la recuperación de su memoria ha dejado de ser una iniciativa exclusivamente académica o asociativa para convertirse en un compromiso asumido por las instituciones públicas. Santiago ha consolidado este reconocimiento como parte de su calendario cívico, una decisión que trasciende el homenaje puntual y refleja la voluntad de integrar la memoria democrática en la vida pública de la ciudad.

Ese esfuerzo institucional, sin embargo, solo adquiere pleno sentido cuando evita caer en la simplificación. Recordar no consiste en convertir el pasado en un instrumento de confrontación permanente, sino en comprenderlo con rigor. La memoria democrática resulta más sólida cuando invita al conocimiento que cuando alimenta la división. Y precisamente por eso figuras como Casal o Díaz Baliño merecen ser conocidas por lo que hicieron, no únicamente por cómo murieron.

La dimensión cultural de Ánxel Casal sigue siendo especialmente reveladora. Su trabajo editorial contribuyó decisivamente a la difusión de la literatura gallega en un momento decisivo para su consolidación. Su compromiso político nunca fue ajeno a esa tarea cultural, del mismo modo que la actividad artística de Camilo Díaz Baliño dialogaba constantemente con el despertar intelectual de Galicia durante las primeras décadas del siglo XX. Ambos entendían que la identidad colectiva no se construye solo desde los discursos, sino también desde los libros, las imágenes, el teatro y la educación.

En esa historia ocupa igualmente un lugar destacado María Miramontes. Su participación en numerosos proyectos culturales y políticos recuerda que muchas mujeres desempeñaron un papel esencial en aquella etapa y que durante demasiado tiempo permanecieron en un segundo plano en los relatos históricos. Incorporar esas voces completa una memoria que durante décadas fue necesariamente incompleta.

Noventa años después, Galicia ya no es aquella sociedad fracturada de 1936. Ha construido instituciones democráticas sólidas, ha recuperado buena parte de su patrimonio cultural y dispone de espacios para debatir libremente sobre su propia historia. Precisamente por ello puede acercarse a figuras como Ánxel Casal y Camilo Díaz Baliño con una mirada serena, consciente de que la democracia también se fortalece cuando conoce su pasado sin miedo y sin simplificaciones.

Porque, al final, la mejor forma de honrar a quienes contribuyeron a ensanchar la cultura y las libertades no consiste únicamente en recordarlos un día al año. Consiste en preservar aquello por lo que trabajaron: una sociedad donde las ideas puedan expresarse libremente, la cultura ocupe un lugar central en la vida pública y la convivencia democrática sea siempre más fuerte que cualquier intento de imponer el silencio. @mundiario

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