En seguridad, los reconocimientos internacionales no se construyen con discursos. Se construyen con resultados, inteligencia, coordinación y, sobre todo, confianza.
Lo ocurrido este martes en Buenos Aires merece atención.
Durante la 40ª Conferencia Internacional para el Control de Drogas (IDEC), Terrance Cole, administrador de la DEA, hizo un reconocimiento público al secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México, Omar García Harfuch, a quien calificó como “un socio de confianza” y destacó su trayectoria de casi dos décadas en el servicio público. (La Razón de México)
La expresión tiene un peso particular.
No proviene de un actor político mexicano ni de alguien obligado a reconocer la estrategia de seguridad del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. Proviene del responsable de una de las agencias estadounidenses que mantiene una de las relaciones más complejas y sensibles con México.
Y ocurre, además, en un momento en el que la relación bilateral en materia de seguridad exige algo mucho más difícil que declaraciones diplomáticas: resultados y confianza entre instituciones.
García Harfuch llegó a Buenos Aires con resultados que presentar.
Ante representantes internacionales expuso la Estrategia Nacional de Seguridad encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum, basada en atención a las causas, fortalecimiento de la Guardia Nacional, inteligencia e investigación y coordinación con los estados. En ese foro reportó una reducción de 51 por ciento en los homicidios dolosos durante los primeros 22 meses de la administración. (Diario de México)
Pero quizá el dato político más importante de la jornada no estuvo únicamente en las cifras.
Estuvo en la confianza.
México necesita cooperación internacional para enfrentar organizaciones criminales que hace mucho dejaron de respetar fronteras. Estados Unidos y Canadá también la necesitan. El tráfico de drogas, armas y dinero, así como las estructuras financieras y logísticas del crimen organizado, son fenómenos transnacionales y pretender combatirlos desde un solo país sería ignorar su verdadera dimensión.
Por eso resulta relevante que García Harfuch haya sostenido encuentros con Terrance Cole y con Kevin Brosseau, responsable canadiense de la lucha contra el fentanilo, y que México haya participado en la discusión sobre cómo ampliar la colaboración para proteger al continente.
La cooperación, sin embargo, tiene límites claros.
México puede y debe colaborar con sus socios, intercambiar inteligencia y coordinar esfuerzos, pero siempre desde el respeto a nuestra soberanía, la reciprocidad y la responsabilidad compartida.
Ese equilibrio es fundamental: cooperación sin subordinación; coordinación sin renunciar a la soberanía.
Ahí radica también parte del mérito del momento que vive la relación en materia de seguridad.
Cuando el máximo responsable de la DEA reconoce públicamente al secretario de Seguridad mexicano como un socio confiable, no solamente está hablando de una persona. Está reconociendo que existe un interlocutor institucional con quien se puede trabajar y producir resultados.
En política exterior y seguridad, la confianza es un activo extraordinariamente difícil de construir y muy fácil de perder.
Omar García Harfuch parece haber entendido algo esencial: frente al crimen organizado no bastan las declaraciones espectaculares. Se necesita inteligencia, investigación, coordinación y perseverancia.
Y también algo más: instituciones capaces de hablar con sus contrapartes internacionales de frente, con profesionalismo y defendiendo los intereses de México.
El reconocimiento pronunciado ayer en Buenos Aires debe leerse en esa dimensión.
Porque cuando los resultados comienzan a ser reconocidos dentro y fuera del país, la política de seguridad deja de ser solamente una promesa.