Hay quien mira las pirámides de Egipto y suspira como si contemplara el catálogo de IKEA de la Antigüedad: “¡Qué maravilla! ¡Qué perfección! ¡Qué civilización tan avanzada!”. Y sí, claro, Egipto fascina: sus misterios insondables, sus faraones omnipotentes, sus rituales, sus momias, sus jeroglíficos que parecen diseñados por un departamento de marketing con obsesión por el minimalismo. Todo muy bonito, muy instagramable, muy de postal para turistas con sombrero de safari comprado en Amazon.
Pero detrás de esa emoción estética a flor de piel, detrás de la épica, detrás del aura mística que envuelve a los faraones, hay una realidad tan cruda que haría llorar a un inspector de trabajo del siglo XXI. Una realidad que, por supuesto, nadie quiere recordar porque estropea la foto, rompe el mito y, sobre todo, obliga a pensar. Y pensar, como ya advertía Franz Kafka, “es la única manera de evitar que la realidad nos aplaste”. Pero claro, pensar cansa, incomoda y, además, no da likes.
La pirámide: ese monumento al sudor ajeno
Para levantar una pirámide se necesitaban más de dos millones de bloques de piedra, cada uno de 2,5 toneladas. Algunos alcanzaban las 80 toneladas, porque el faraón tenía caprichos y la ingeniería debía obedecer. La obra duraba entre 20 y 30 años, con 100.000 jornaleros trabajando jornadas superiores a 10 horas diarias bajo temperaturas de 35 a 45 grados. Y eso durante meses. Años. Décadas.
¿Siniestralidad laboral? No hay datos. Pero podemos imaginarla: piedras de 80 toneladas, rampas infinitas, cuerdas de fibra vegetal, herramientas rudimentarias y miles de cuerpos exhaustos. ¿Qué podía salir mal? Todo. Absolutamente todo.
Heródoto, nuestro primer reportero de guerra del mundo antiguo, dejó caer que aquello fue un infierno. Pero lo dijo con la elegancia de un historiador clásico, sin entrar en detalles escabrosos. Ya sabemos: la historia la escriben los vencedores, como recordaba Voltaire, y los vencedores suelen tener muy mala memoria para las cosas incómodas.
Michael Parenti lo resumió con mala leche: “La historia oficial es, en gran medida, la historia de las clases dominantes.” Y las clases dominantes, desde los faraones hasta los CEOs contemporáneos, tienen una habilidad extraordinaria para ocultar quién sostiene realmente el mundo: los trabajadores invisibles.
El trabajo invisible: la mercancía más barata del planeta
Karl Marx ya nos avisó de que “el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros”. Pero la frase se suele citar en seminarios universitarios con café y galletitas, no en los informativos de la noche. Porque reconocer que el progreso se ha construido sobre cadáveres no queda bien en prime time.
Silvia Federici, más contemporánea y más directa, nos recuerda que “toda acumulación de riqueza implica una acumulación de trabajo no pagado”. Y, en el caso de las pirámides, ese trabajo no pagado fue literalmente mortal.
Pero no nos engañemos: esta lógica no es exclusiva del pasado. No es un problema de faraones con complejo de divinidad. Es un patrón histórico.
Eric Hobsbawm lo explicó con la serenidad del historiador que ha visto demasiadas cosas: “La historia de la humanidad es, en gran parte, la historia del trabajo forzado.”
Y así seguimos, siglo tras siglo, levantando monumentos al ego de unos pocos con el sudor —y la sangre— de muchos.
Qatar 2022: goles manchados de sudor y muerte
Avancemos rápido hasta el siglo XXI, ese periodo que presume de derechos humanos, democracia y bienestar.
¿Quién recuerda que 6.500 trabajadores inmigrantes murieron construyendo los estadios del Mundial de Qatar 2022? ¿Quién lo menciona cuando celebra un gol? ¿Quién lo recuerda cuando compra una camiseta oficial por 120 euros?
Cada gol tuvo un precio. No el precio del balón, ni el del patrocinio, ni el del VAR. El precio fue el sufrimiento indecible de miles de trabajadores sin derechos, sometidos a jornadas extenuantes, temperaturas extremas y condiciones de semiesclavitud.
Pero claro, eso no sale en los anuncios de cerveza.
Bertolt Brecht ya nos advirtió: “¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? En los libros figuran los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?”
Pues eso. En Qatar tampoco fueron los jeques quienes levantaron los estadios.
La Gran Muralla China: 400.000 muertos para un muro que no evitó invasiones
Retrocedamos de nuevo. La Gran Muralla China, ese símbolo turístico que hoy se recorre con zapatillas cómodas y palo de selfie, costó la vida de 400.000 trabajadores. Unos 20 muertos por kilómetro. Una cifra que haría palidecer a cualquier ministro de infraestructuras.
Bernd Ingmar Gutberlet, especialista en historia de la ingeniería, lo dijo sin anestesia: “La historia monumental es también la historia del sufrimiento humano.”
Pero claro, eso no aparece en las guías turísticas.
El Canal de Suez: 120.000 muertos para unir dos mares
En el siglo XIX, el Canal de Suez se llevó por delante 120.000 vidas en una sola década. Una obra colosal, sí. Un hito de la ingeniería, también. Un monumento al capitalismo global, sin duda.
Pero, sobre todo, un cementerio líquido.
El trabajo dignifica, dicen. Pues aquí dignificó a 120.000 personas hasta el más allá.
Birmania-Siam: 100.000 muertos en dos años
En la primera mitad del siglo XX, la vía férrea entre Birmania y Siam —construida por prisioneros de guerra y trabajadores asiáticos bajo mando japonés— dejó 100.000 muertos en solo dos años. Una media de 137 muertos por día. Una carnicería industrial.
Kafka, siempre lúcido, escribió: “El mundo es un infierno que se hace soportable con el trabajo.”
Pero aquí el trabajo no lo hizo soportable: lo hizo mortal.
Canal de Panamá: 30.000 muertos para unir dos océanos
Entre el siglo XIX y XX, el Canal de Panamá acumuló 30.000 muertos. Otro gran hito de la Humanidad —con mayúscula, por favor— construido sobre cadáveres anónimos que jamás aparecerán en los libros de texto.
César Vallejo, poeta del sufrimiento humano, lo habría resumido así: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer.”
Y muchísimo que recordar, añadiríamos.
La lista negra del progreso
La lista es interminable. Cada monumento, cada infraestructura, cada obra colosal tiene una historia paralela: la historia de los que murieron para que otros pudieran presumir. La historia de los invisibles.
Pero los honores siempre se los llevan los arribistas de tres al cuarto, los bocazas de medio pelo, los líderes que jamás tocaron una piedra ni empuñaron una pala.
En las sociedades igualitarias de cazadores y recolectores, nos recuerda la antropología, a estos individuos henchidos de ego se les ridiculizaba hasta que bajaban de esos humos estúpidos. Y, si no bajaban, se les expulsaba del grupo.
Qué tiempos aquellos.
Hoy, en cambio, los idiotas de retórica fácil y catadura moral nula se bañan en las mieles de triunfos que no les pertenecen. Se hacen fotos inaugurando obras que jamás pisaron durante su construcción. Se atribuyen méritos que no les corresponden. Y encima reciben premios.
El silencio cómplice de los corderos
¿Y nosotros?
Nosotros miramos, aplaudimos, celebramos, consumimos. Somos espectadores de un espectáculo que se repite desde hace milenios: el trabajo invisible que sostiene el mundo mientras los poderosos se llevan el mérito.
Michael Parenti lo dijo con una claridad que debería incomodar: “La ideología dominante es la ideología de los que dominan.”
Y esa ideología nos enseña a admirar pirámides, murallas, canales y estadios sin preguntarnos quién pagó el precio real.
Quizá algún día montemos una revolución de aúpa. O no. Lo más probable es que sigamos en el silencio cómplice de los corderos, admirando monumentos sin mirar los cadáveres que hay debajo.
Pero al menos, por hoy, recordemos esto:
El progreso siempre tiene un coste. Y nunca lo paga quien se beneficia de él. @mundiario