El juicio que puede marcar un antes y un después en la relación entre las grandes plataformas digitales y la salud mental de los menores ha alcanzado a Meta. En la segunda jornada del proceso, el primer testigo llamado a declarar, Arturo Béjar, antiguo empleado de Facebook y posteriormente asesor externo de la compañía, situó el foco no en lo que los usuarios publican, sino en cómo están diseñadas las redes sociales para conseguir que permanezcan conectados.
Su declaración afecta al núcleo de la acusación de cuatro estados —California, Colorado, Kentucky y Nueva Jersey— contra la empresa de Mark Zuckerberg. Los fiscales sostienen que Meta diseñó Facebook e Instagram para favorecer comportamientos adictivos entre los jóvenes, minimizó públicamente los riesgos y recopiló datos de menores de 13 años. Béjar aportó al jurado una tesis particularmente incómoda para la compañía: los problemas no serían únicamente consecuencia de contenidos inadecuados o de usuarios malintencionados, sino del propio funcionamiento de las plataformas.
El testigo conoce desde dentro la maquinaria de Meta. Trabajó en Facebook entre 2009 y 2015 y regresó en 2019 como asesor independiente especializado en bienestar y experiencia de los adolescentes. Abandonó de nuevo la compañía en 2021 después de concluir que sus recomendaciones no estaban siendo suficientemente atendidas. Ante el jurado explicó que había advertido a los responsables de Meta sobre los daños que estaba provocando Instagram entre los jóvenes y que, en su opinión, la respuesta no pasaba simplemente por mejorar la moderación de contenidos.
“Lo que se necesitaba eran cambios en el diseño del producto”, sostuvo durante su declaración. La estrategia de los fiscales consiste precisamente en demostrar que Meta conocía determinados efectos negativos y, aun así, mantuvo características concebidas para maximizar la atención.
Béjar afirmó que llegó a comunicar sus preocupaciones a Zuckerberg, a quien describió como una figura con una participación directa en numerosas decisiones estratégicas de la compañía. Según su relato, el incentivo empresarial era conseguir que los usuarios regresaran a la plataforma y permanecieran más tiempo en ella.
Notificaciones, vídeos cortos y una economía basada en la atención
El antiguo empleado puso varios ejemplos ante el tribunal. Entre ellos citó las notificaciones destinadas a provocar el regreso del usuario a la aplicación, como los avisos relacionados con cumpleaños, y los vídeos cortos, cuyo sistema de recomendación aprende rápidamente cuáles son los contenidos capaces de retener la atención de cada persona.
La cuestión que plantea el juicio es si esos mecanismos constituyen simplemente herramientas legítimas para mejorar la experiencia del usuario o si, cuando se aplican a menores, pueden convertirse en elementos de un diseño potencialmente dañino.
Hasta ahora, buena parte del debate jurídico sobre las redes sociales se había concentrado en el contenido por los discursos de odio, desinformación, pornografía, acoso o violencia. Este proceso desplaza el foco hacia otro terreno, el del producto en sí mismo. La acusación pretende demostrar que determinadas funcionalidades pueden fomentar un uso compulsivo y que Meta habría conocido esos riesgos.
“Los jóvenes estaban sufriendo daños”
Béjar explicó que comenzó a preocuparse especialmente por la dimensión del problema después de que su propia hija adolescente recibiera en Instagram un mensaje de contenido sexual que, según su testimonio, no pudo denunciar adecuadamente. Aquella experiencia, relató, le hizo comprender la distancia existente entre la imagen de seguridad que podía transmitir la plataforma y las herramientas reales de protección disponibles para sus usuarios más jóvenes.
“Los jóvenes estaban sufriendo daños a un ritmo extraordinariamente alto”, declaró. El antiguo empleado también aseguró que los sistemas internos de vigilancia y evaluación de Meta no prestaban suficiente atención a esos perjuicios.
Uno de los datos mencionados durante su testimonio resulta especialmente llamativo, que alrededor de la mitad de los usuarios de Instagram habrían declarado haber tenido una experiencia perjudicial durante los siete días anteriores, según las encuestas que Béjar conoció durante su trabajo como asesor. La acusación utilizará previsiblemente estos datos para sostener que Meta no podía alegar desconocimiento del problema.
El paralelismo con las tabacaleras
La comparación que planea sobre el juicio resulta especialmente significativa. Los demandantes pretenden establecer un paralelismo entre las redes sociales y la industria del tabaco de finales del siglo XX. No porque ambos productos sean equivalentes, sino porque en los dos casos la cuestión jurídica gira alrededor de qué sabía una industria sobre los riesgos de su producto y qué hizo con ese conocimiento.
La diferencia respecto a anteriores litigios tecnológicos es precisamente esa. No se trata tanto de responsabilizar a Meta por cada publicación dañina que aparece en Facebook o Instagram como de determinar si la empresa diseñó conscientemente determinadas funciones para maximizar el tiempo de permanencia pese a conocer sus efectos sobre usuarios vulnerables. Si el tribunal acepta esa tesis, las consecuencias podrían superar ampliamente este caso concreto.
La dimensión económica explica también la importancia del proceso. El juicio, que puede prolongarse entre seis y ocho semanas, enfrenta a Meta a reclamaciones potencialmente multimillonarias. Los funcionarios estatales han llegado a manejar estimaciones de compensaciones que podrían alcanzar los 200.000 millones de dólares, mientras que la propia compañía ha calculado escenarios de hasta 1,4 billones de dólares. @mundiario