Debo confesar que el tema de este texto era otro. En mi cabeza tenía la idea, un par de ejemplos y hasta la estructura, pero los datos que necesitaba para desarrollar la idea los tenía en algún lugar de mi computadora, que desde luego no localicé. Lo mismo pasa con el teléfono.
Lo prendes para encontrar una foto y terminas viendo un screenshot de tu diploma de graduación, tres memes que ya pasaron de moda, el recibo de una farmacia, una foto accidental del pulgar y 47 versiones casi idénticas de tu mascota dormida. Pero la foto buscada no aparece.
Tampoco el PDF. Ni el boleto.
Ni ese documento que recordamos haber guardado con mucho cuidado en una carpeta especial nombrada “No perder”. Vivimos con una cantidad de información diaria que habría conmovido a un archivista del siglo pasado, pero la usamos para construir laberintos digitales. Llevamos terabytes en el bolsillo, respaldos automáticos, discos externos y nubes capaces de guardar varias vidas, pero encontrar la factura descargada ayer puede ser una auténtica expedición virtual.
El problema empezó cuando el espacio dejó de doler. Un cajón lleno obliga eventualmente a tirar algo. Un clóset, para malestar de muchas personas que conozco, no puede expandirse hasta el infinito. Pero la nube sí. Por eso desarrollamos una especie de síndrome de Diógenes, nomás que sin cajas ni polvo. Acumulamos porque podemos. El menú de un restaurante que cerró en 2022, una lista de hoteles que nunca visitaremos, 18 fotos de la etiqueta de un vino por si algún día necesitamos recordar qué uva era.
Algún día. Dos palabras que pretenden justificar buena parte de internet.
También hay intentos para contrarrestar el desorden, inspirados en Marie Kondo. Es así como creamos carpetas y el caos adquiere burocracia. Aparecen nombres como Importante, Documentos, Pendientes, Cosas, Varios y una de las grandes ideas de la administración de abstracciones: Definitivo_Final_Ahora_Sí_2.
El acto de clasificar genera algo más que dopamina, una extraña sensación de virtud. Cuando arrastramos un archivo a una carpeta, sentimos que hemos puesto algo en orden, pero el gesto tiene algo funerario. En cuanto el documento llega a su lugar correcto, dejamos de recordar dónde está. Es el secreto arte de archivar tan bien las cosas que desaparecen.
Después recurrimos al buscador.
Ahí protagonizamos una de las humillaciones tecnológicas más oscuras de la vida virtual. Basta un par de segundos para averiguar quién ganó una elección en Islandia en 1978 o qué canción sonaba en una película que vimos hace 20 años. Pero nuestro propio teléfono es incapaz de localizar un PDF que descargamos el martes.
Entonces empieza el interrogatorio. “Seguro”. Nada. “Póliza”. Nada. “GNP”. 137 resultados, casi todos inútiles.
Así terminamos rogándole a una máquina que reconstruya la lógica de una persona que, al guardar el archivo, aceptó que se llamara IMG_784932_FINAL.pdf.
Las capturas de pantalla merecen un capítulo aparte. Son nuestro sistema de memoria más optimista en la actualidad. Hacemos screenshot de un libro que queremos leer, una receta que queremos cocinar, unos zapatos que queremos comprar y una frase que queremos recordar. Cada captura encierra una pequeña promesa de superación personal.
Luego queda enterrada entre un QR vencido y la foto de una transferencia bancaria.
Las capturas son ruinas arqueológicas de nuestras buenas intenciones.Porque una captura de pantalla no significa “quiero conservar esto”. Significa: “quiero que mi yo futuro se encargue de esto.”
Una captura de un libro no prueba que queremos leerlo. Prueba que queremos seguir siendo la clase de persona que algún día podría leerlo. La receta que nunca cocinamos, el restaurante que nunca visitamos, los zapatos que nunca compramos son versiones pendientes de nosotros mismos.
Y no hay que pasar por alto el miedo a borrar. Frente a cinco fotos idénticas, pensamos que una tiene algo que las otras no. Acercamos dos dedos, comparamos expresiones, sombras y microexpresiones. Ninguna importa demasiado, pero eliminarlas dispara una inquietud extraña. Como si borrar una fotografía fuera borrar una parte del día en que fue tomada.
Entonces conservamos las cinco. Y el teléfono, que conoce nuestras debilidades, ofrece comprarnos más espacio.
Estoy seguro de que nunca habíamos tenido tanta capacidad para conservar y tan poca para encontrar. Antes perder algo implicaba no haberlo guardado. Ahora podemos perderlo precisamente porque lo guardamos demasiado bien, duplicado en tres dispositivos, sincronizado en cuatro servicios y protegido por una contraseña que… tampoco recordamos.
Cuando un rollo tenía 24 fotografías, teníamos que decidir qué merecía fotografiarse. Cuando un cajón se llenaba, algo teníamos que tirar. Cuando llenábamos un cuaderno, teníamos que elegir qué información copiar al siguiente. La memoria digital abolió ese costo y ahora podemos conservarlo todo. Solo que cuando todo vale la pena ser conservado, nada queda realmente archivado.
Nuestro acervo digital es, irremediablemente, un espejo de nuestra cabeza. Hay cosas esenciales cuyo paradero desconocemos y tonterías que permanecen intactas durante años. Una canción absurda de la infancia aparece completa, mientras el nombre de alguien que acabamos de conocer desaparece en treinta segundos.
Acumulamos porque borrar es una pequeña forma de aceptar que algo ya no importa. Conservar no demanda esa decisión. Podemos guardar el menú, la captura, las cinco fotos iguales y aquella factura cuyo nombre desconocemos. La memoria infinita nos evita elegir qué merece acompañarnos. Así que guardamos todo. Por si acaso. No vaya a ser. El problema será encontrarlo.