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Radar Inteligente
Publimetro 20 Aug, 2026 20:23

Columna Itinerante: ¡Llévenlos al psicólogo!

“Uno qué, uno ya vivió, las criaturas”. Se escucha a menudo en boca de adultos, un poco en serio, un poco en broma (Entre broma y broma, la verdad se asoma) cuando expresan que sean los hijos quienes asistan a un tratamiento psicológico —en lugar de ellos—, que sean los vástagos, que tienen un futuro por delante, los que cambien, sean correctos y, por supuesto, productivos.

En la atención psicológica de niños y adolescentes es frecuente que quienes solicitan —o refieren— para un tratamiento sean quienes en verdad necesitarían asistir en lugar de sus hijos. A veces los adultos se dan cuenta de esto, otras tantas —la mayoría—no. Llevan a las personas equivocadas al psicólogo. Es decir, transfieren sobre los hijos la necesidad de atención, argumentando en su mayoría cuestiones disciplinarias en casa o en la escuela, como cumplimiento de tareas o calificaciones, es decir, que se ajusten a una normatividad que esté acorde con su visión y no al resultado de una dinámica familiar o de pareja que está impactando en la vida de uno de sus hijos, que presenta una sintomatología como señal de que algo necesita ser reconocido, atendido y modificado.

Los hijos entonces “aceptan” asistir o, en el mejor de los casos, surge en ellos algún motivo personal diferente al supuesto por sus padres (o maestros) iniciando de esta manera su análisis. A menudo va en paralelo a lo esperado por los adultos o se cruza en algunos puntos. Depende de cada caso y situación. Como también, algunos padres comienzan el tratamiento de sus hijos con una postura de negación o desimplicación y poco a poco van cambiando su actitud y por ende su colaboración con el tratamiento de su hijo, mientras otros simplemente mantienen una actitud escéptica o de boicot respecto al tratamiento y esfuerzos de su hijo.

Las madres y padres que llevan a sus hijos al psicólogo en lugar de atenderse primero ellos emplean a sus hijos como “cortina de humo” de los propios problemas. En cierta manera necesitan confirmar una idea muy arraigada de deslocalización de la responsabilidad: “lo que sucede con mi hijo no tiene nada que ver conmigo, con nuestra familia, con nuestro estilo de crianza, dinámica de pareja, hábitos”. En sí, con la forma en la que lo tratan y en cómo se comunican, sino con un factor interno o alguna otra variable mágica o muy lejana y distante de ellos. Gracias a lo cual mantienen su conciencia tranquila. Es más fácil pensar de esta manera, ya que la culpa –y no la responsabilidad—recae sobre los demás y no sobre la madre o el padre.

Entonces el tratamiento avanza y cuando entonces se va develando el misterio, es decir, cuando se van conociendo las condiciones que producen y sostienen dicha problemática en el niño o en el adolescente, emerge una encrucijada: o los padres toman consciencia de lo que sucede y hacen algunos cambios para mejorar o puede ser que interrumpan el tratamiento, al no haber visto confirmada su tesis sobre la causalidad de la problemática que presenta su hijo, lejos de su campo de acción. Mientras que la primera busca comprender y transformar para mejorar la problemática y la salud mental de su hijo, la segunda, espera una respuesta a modo que no incomode ni angustie. Los efectos en cada caso son diametralmente opuestos, mientras uno busca conocer y ayudar, el otro, niega e incluso, corre el riesgo de incrementar el sufrimiento tanto para sí, como padre y familia, como para su hijo.

*El autor es psicoanalista, traductor y profesor universitario. Instagram: @camilo_e_ramirez

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