Durante más de una década, gobiernos, empresas y familias vivieron bajo una premisa que parecía inamovible: el dinero era barato. Los bancos centrales mantenían los tipos de interés en niveles históricamente reducidos y los mercados daban por hecho que aquella situación se prolongaría casi indefinidamente. Hoy ese mundo ha desaparecido.
La atención pública sigue centrándose en la inflación, pero los mercados financieros han desplazado el foco hacia otra amenaza mucho más duradera: el aumento del coste del capital. Lo que está ocurriendo en el mercado de bonos estadounidenses sugiere que no asistimos a una tensión pasajera, sino al nacimiento de una nueva etapa económica, como intuye The Wall Street Journal.
Los bonos del Tesoro de Estados Unidos, considerados durante décadas el activo más seguro del planeta, atraviesan uno de los momentos más delicados desde la crisis financiera. La rentabilidad exigida por los inversores a la deuda a largo plazo se mantiene cerca de máximos de casi veinte años, incluso después de que el Tesoro intentara aliviar la presión recomprando parte de sus emisiones. ¿Por qué sucede esto si la inflación ya no crece al ritmo de hace dos años?
Los inversores ya no esperan una vuelta rápida a los tipos ultrabajos. Hipotecas, empresas y Estados tendrán que acostumbrarse a financiarse mucho más caro
La respuesta es que el mercado ha cambiado de preocupación. Antes temía que los precios siguieran disparándose. Ahora teme que la enorme necesidad de financiación de gobiernos y grandes empresas mantenga elevados los tipos de interés durante mucho más tiempo del previsto.
Estados Unidos supera ya los 40 billones de dólares de deuda pública. Al mismo tiempo, las grandes tecnológicas están emitiendo cantidades récord de deuda para financiar centros de datos e infraestructuras de inteligencia artificial. A ello se suman mayores inversiones en defensa, transición energética y reindustrialización. Todos compiten por el mismo recurso: el ahorro disponible. Cuando muchos actores buscan financiación al mismo tiempo, el precio del dinero sube. Es una ley económica tan antigua como los mercados.
Lo relevante es que este fenómeno trasciende a Estados Unidos. Los bonos del Tesoro norteamericano sirven de referencia para buena parte del sistema financiero internacional. Si su rentabilidad aumenta, también lo hacen los costes de financiación de empresas, bancos y administraciones públicas en numerosos países.
Europa tampoco queda al margen. Alemania, Francia o España pueden mantener unas cuentas públicas más sólidas que hace una década, pero tendrán que refinanciar deuda a tipos más elevados. Eso significa dedicar una mayor parte de los presupuestos al pago de intereses y disponer de menos margen para invertir en infraestructuras, innovación o políticas sociales.
Las hipotecas tenderán a estabilizarse en niveles superiores a los que conocimos durante los años del dinero gratis
El efecto también llegará a los ciudadanos. Las hipotecas tenderán a estabilizarse en niveles superiores a los que conocimos durante los años del dinero gratis. Las empresas encontrarán más caro invertir y muchos proyectos dejarán de ser rentables simplemente porque el coste de financiarlos será mayor.
Paradójicamente, esta situación no refleja necesariamente una economía débil. De hecho, parte de la presión sobre los tipos responde a que Estados Unidos continúa creciendo con fuerza y a que la revolución de la inteligencia artificial exige inversiones gigantescas. Es decir, el problema no es la falta de actividad, sino el exceso de demanda de capital.
Algunos economistas empiezan a hablar del final de una anomalía histórica. Entre 2010 y 2021, el mundo convivió con tipos de interés excepcionalmente bajos, impulsados por el ahorro global, la baja inflación y las políticas monetarias expansivas. Quizá la verdadera normalidad sea precisamente la que ahora vuelve: un dinero que tiene precio.
Para España, el mensaje es claro. Empresas, administraciones y familias deberán tomar decisiones financieras pensando que el crédito barato ya no será la norma. La competitividad dependerá menos de endeudarse y más de invertir con mayor productividad.
La economía mundial no parece dirigirse hacia una nueva crisis financiera. Se dirige, probablemente, hacia algo más silencioso: una era en la que el dinero volverá a ser un recurso escaso. Y esa transformación condicionará desde el precio de una vivienda hasta la capacidad de un Estado para financiar su futuro. @mundiario