A los 21 años, Andrea Velázquez conoció la cárcel de Guayaquil, Ecuador, a donde fue remitida por ‘uso doloso de documento público’. Llamó a su casa en Colombia. “Dígale a mi mamá que me metieron presa”, dijo, y colgó.
Su madre movió cielo, mar y tierra. Andrea llevaba días encerrada cuando la vio entrar. “Fue una cosa de novela. Yo lloraba como una loca, le decía: ‘Mamá, sáqueme de aquí’. A 20 días de su encarcelamiento, un juez declaró que había sido víctima de una red de tráfico y ordenó su liberación. Andrea regresó a Colombia con la sospecha de que el mundo exterior era un territorio hostil.
Su intento de salir de Colombia rumbo a Amsterdam, donde vivía una tía, fracasó. Como muchos, ella confío en una gestora que le recomendaron. Sin que lo supiera, obtuvo su visa a través de un funcionario que había sido despedido por autorizarlas indiscriminadamente.
“Por una década tuve miedo de intentar salir al extranjero”. Hasta que volvió a intentarlo. En el 2013, a sus 31 años voló hacia Melbourne, Australia. Arribó endeudada y sin una red sólida de apoyo, salvo un primo. Consiguió empleo limpiando un colegio. Durante varios años, el sueño australiano se convirtió en una rueda de hámster, en la que tuvo hasta tres trabajos simultáneos desde las 4:30 de la mañana hasta las 22 horas. Limpiar colegios, oficinas y casas todos los días.

“Me la pasaba limpiando, no hablaba inglés más que en términos de limpieza, los primeros años tocó trabajar para pagar las deudas, los cursos y las interminables extensiones de visa. Amanecía con las manos engarrotadas, con artritis. Vivía en una de las mejores ciudades del mundo y no sabía lo que era tomarme un café en la tarde, me hubiera gustado disfrutar más de sus lindas playas”.
No todo fue malo, acepta, en esa maleta también cupieron los mapas inverosímiles, viajó a China, Japón y Tailandia, y conoció amigos que hoy son familia. Australia parecía el destino definitivo, pero el costo se pagó con el cuerpo: años de lomo doblado antes de pisar una oficina. Primero, una agencia de visados; luego, el St. Peter Institute, donde por fin el inglés empezó a fluir. Sin embargo, el sueldo no alcanzaba. De día, el escritorio; de noche, los guantes de goma.
El desgaste emocional de los más de 8 años que vivió en Australia cobraron factura a mediados del 2021, el límite físico llegó envuelto en un gesto ordinario. Andrea recogía bolsas de basura cuando una se rompió y le cayó encima.“Ese día me dije: ¿Yo qué hijueputas hago acá? Me mamé de esta mierda y compré el tiquete de regreso a Colombia”, cuenta.
En esos momentos, Australia, que aplicó una de las políticas más estrictas del mundo durante la pandemia, llamó a los migrantes a abandonar el país si no podían sostenerse. La noche en que la bolsa de basura se rompió, la voluntad también dijo basta.

Regresar a Bogotá en 2022 fue encontrarse con un país extraño y una familia transformada. Su madre, que nunca expresaba vulnerabilidad, caminaba con dificultad. “Sentí la deuda del tiempo que me fui. Me gasté los ahorros organizando viajes porque sentía que les debía ese tiempo. Quería recuperar los años fuera de Colombia y no planifiqué bien”, relata.
Tenía ocho meses para disfrutar a su familia, antes de volver a emigrar, ahora a Canadá. En agosto de 2022 aterrizó en Winnipeg, Manitoba. El reinicio no fue sencillo. Con ahorros ajustados y temperaturas de hasta 40 grados bajo cero, llegó a desmayarse en una parada de autobús tras vender sangre para subsistir. Pero su resiliencia rindió frutos.
Consiguió trabajo como cajera en Canadian Tire, donde el contacto diario con los clientes le permitió alcanzar por fin la fluidez en inglés. Años después, fue contratada en el área administrativa del Red River College.
“Por primera vez en 12 años volví a tener un trabajo de oficina. Para muchos es normal; para mí, que duré años limpiando hasta la noche, salir a las 5 de la tarde y ver el sol es una maravilla”, relata.
Con la residencia canadiense finalmente aprobada, Andrea mira por el retrovisor sus 13 años fuera de Colombia sin romantizar su odisea. “Un papel no le cambia la vida a nadie ni te hace feliz; eso es mentira. El balance final es positivo, pero el camino fue mucho más largo y lleno de obstáculos de lo que imaginé. Si me toca salir mañana con dos maletas, salgo. No le tengo miedo a perder nada ni me apego a lo material. Aprendí a valorar lo simple: un trabajo normal, hablar el idioma que quería y saber que, contra todo, lo hice yo misma”.
Nota de la autora: Esta columna forma parte de una serie quincenal sobre la vida de los migrantes. Si tienes una historia que contar escribe krodriguezv@elfinanciero.com.mx