El futuro de la lucha contra el calor podría encontrarse bajo los pies de quienes pasean por Roma. Mientras las olas de calor convierten las ciudades mediterráneas en espacios cada vez más difíciles de habitar, la capital italiana vuelve la mirada hacia un territorio olvidado durante siglos: sus entrañas. Las antiguas catacumbas, galerías, canteras y espacios arqueológicos que forman una segunda ciudad bajo la superficie podrían transformarse en refugios climáticos capaces de ofrecer algo cada vez más valioso: temperaturas soportables cuando el exterior se vuelve peligroso.
La propuesta tiene una fuerza simbólica evidente. Los mismos espacios donde los primeros cristianos enterraban a sus muertos o donde los romanos excavaban materiales para levantar sus monumentos podrían adquirir una nueva función en pleno siglo XXI: proteger la vida frente a una amenaza moderna como el calentamiento global.
Roma no parte de cero. Bajo sus calles existe una compleja red de cavidades creada durante más de dos mil años de actividad humana. La particular geología de la ciudad, asentada sobre materiales volcánicos como la toba y la puzolana, facilitó durante siglos la excavación de túneles y cámaras subterráneas. Aquellos huecos que nacieron por necesidades religiosas, urbanísticas o militares podrían convertirse ahora en una herramienta de adaptación climática.
El interés actual por este mundo oculto responde a una realidad cada vez más evidente: el calor extremo está cambiando la forma en la que las grandes ciudades deben diseñarse. En Roma, como en muchas otras urbes mediterráneas, las temperaturas superiores a los 35 o 40 grados son cada vez más frecuentes, mientras las noches tropicales impiden que los edificios y las calles recuperen el frescor perdido durante el día.
Un refugio climático construido por la historia
El Ayuntamiento de Roma y el Instituto Superior de Protección e Investigación del Medio Ambiente (ISPRA) están estudiando qué espacios subterráneos podrían tener un uso público en el futuro. La investigación busca determinar cuáles son seguros, accesibles y adecuados para convertirse en refugios frente al calor.
El geólogo Francesco La Vigna, miembro del ISPRA y presidente del Urban Geology Expert Group de EuroGeoSurveys, explica al diario El País que el subsuelo ofrece una ventaja natural: la estabilidad térmica. A partir de unos pocos metros de profundidad, la temperatura deja de responder de forma inmediata a las variaciones del exterior y se mantiene mucho más constante durante todo el año.
Ese fenómeno convierte algunas cavidades romanas en auténticos espacios de refrigeración natural. Durante mediciones realizadas en verano, mientras la superficie superaba los 37 grados, algunas zonas subterráneas registraban alrededor de 16 grados. Una diferencia que, en un contexto de aumento de las temperaturas, puede marcar la frontera entre la incomodidad y el riesgo sanitario.
La idea recupera, además, una lógica antigua. Durante siglos, los espacios bajo tierra se utilizaron para conservar alimentos, almacenar vino o protegerse de conflictos bélicos. La diferencia es que ahora el objetivo no sería almacenar productos ni esconderse de una guerra, sino crear una infraestructura urbana contra el impacto del cambio climático.
Del patrimonio arqueológico a la emergencia climática
La gran pregunta es si este patrimonio puede adaptarse a un uso cotidiano sin poner en peligro su conservación. Muchas de las cavidades romanas permanecen abandonadas desde hace décadas o incluso siglos, por lo que abrirlas al público exigiría estudios estructurales, sistemas de ventilación y controles ambientales.
Uno de los principales retos es la seguridad. Las antiguas galerías deben analizarse para comprobar la estabilidad de techos y paredes, mientras que la humedad elevada o la presencia de gases como el radón obligan a establecer medidas específicas antes de permitir una ocupación prolongada.
Para La Vigna, estos obstáculos no son insuperables. Según el experto, acondicionar espacios ya existentes podría resultar incluso más eficiente que construir nuevos refugios desde cero. La clave estaría en seleccionar lugares amplios, resistentes y con condiciones favorables, especialmente aquellos que ya reciben visitantes por su valor arqueológico.
El Ayuntamiento de Roma también ha establecido dos prioridades para cualquier posible apertura: seguridad y gratuidad. Edoardo Zanchini, director de la Oficina de Cambio Climático municipal, defiende que los refugios climáticos deben estar disponibles para toda la población, especialmente para los colectivos más vulnerables durante los episodios de calor extremo.
La iniciativa se integraría en una estrategia más amplia. Roma ya cuenta con una red de refugios climáticos formada por espacios interiores como bibliotecas, museos y centros públicos, además de parques y zonas verdes donde los ciudadanos pueden protegerse de las altas temperaturas.
La nueva batalla de las ciudades será contra el calor
El proyecto romano refleja un cambio de mentalidad: las ciudades ya no solo deben combatir el frío o gestionar la falta de espacio, sino prepararse para un clima más agresivo. El aumento de las temperaturas obliga a buscar soluciones que combinen tecnología, naturaleza y aprovechamiento inteligente del patrimonio existente.
Italia ha vivido en los últimos años una sucesión de episodios extremos, con olas de calor que han llevado los termómetros por encima de los 40 grados en varias regiones. En este escenario, espacios que durante siglos parecían ajenos a la vida cotidiana pueden convertirse en una pieza clave de la adaptación urbana.
La experiencia de Roma también forma parte de un movimiento internacional. Mientras ciudades como Toronto o Montreal han desarrollado redes subterráneas para protegerse de los inviernos extremos, otras urbes empiezan a estudiar cómo utilizar sus propios subsuelos frente al calor.
La capital italiana podría convertirse así en un laboratorio de futuro: una ciudad que mira hacia abajo para sobrevivir a un problema que llega desde arriba. Las catacumbas de los primeros cristianos, las antiguas galerías y los túneles olvidados podrían dejar de ser únicamente vestigios del pasado para convertirse en refugios de una nueva era marcada por el clima extremo. @mundiario