Durante los dos últimos años, los mercados han aceptado casi sin discusión una idea: quien más invirtiera en inteligencia artificial tendría más posibilidades de dominar la próxima revolución tecnológica. Esa lógica ha permitido justificar cifras nunca vistas en la historia del sector. Centros de datos, superordenadores, redes eléctricas, semiconductores y contratos energéticos han absorbido centenares de miles de millones de dólares sin que apenas se cuestionara su rentabilidad inmediata. Ese clima está cambiando.
La publicación de los próximos resultados de Nvidia se ha convertido en mucho más que una cita empresarial. Para los inversores representa el primer gran examen de una industria que ha construido una de las mayores oleadas de inversión de las últimas décadas. Lo que Wall Street espera no es solo una cuenta de resultados brillante. Quiere comprobar si el extraordinario gasto en inteligencia artificial empieza a traducirse en beneficios sostenibles para todo el ecosistema tecnológico.
Nvidia sigue ocupando el centro de esa historia. Ninguna otra empresa simboliza mejor la revolución de la IA. Sus procesadores continúan siendo el componente imprescindible para entrenar los modelos más avanzados y sus ventas mantienen un crecimiento extraordinario. Sin embargo, el foco ya no se dirige únicamente hacia la compañía de Jensen Huang. También apunta a sus clientes.
La carrera por la IA ya no se mide en chips, sino en beneficios. Nvidia afronta la semana más decisiva desde el inicio del boom de la inteligencia artificial
Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta y Oracle prevén destinar este año alrededor de 725.000 millones de dólares a infraestructuras de inteligencia artificial. Nunca antes un reducido grupo de empresas había comprometido semejante volumen de capital en un único ciclo tecnológico. Hasta hace pocos meses, esa carrera se interpretaba como una demostración de fortaleza. Hoy empieza a analizarse desde otra perspectiva.
Los mercados quieren saber cuánto tiempo podrá mantenerse ese ritmo inversor sin deteriorar la rentabilidad, el flujo de caja o el balance financiero de las compañías. El debate ha dejado de ser tecnológico para convertirse en financiero.
La propia Nvidia ofrece una pista de esa nueva etapa. Según Reuters, la compañía ha comunicado a grandes clientes que los precios de algunos de sus sistemas de inteligencia artificial aumentarán más de un 15 %, principalmente por el encarecimiento de la memoria y de otros componentes críticos. Es una señal de que incluso el líder absoluto del sector empieza a trasladar a sus clientes el incremento de los costes de la infraestructura necesaria para sostener el crecimiento. Pero la verdadera dimensión del fenómeno permanece parcialmente oculta.
Las inversiones anunciadas trimestralmente apenas reflejan una parte del compromiso financiero adquirido por las grandes tecnológicas. Un análisis de The Wall Street Journal estima que las obligaciones futuras relacionadas con centros de datos, alquileres, suministro energético y compra de equipamiento superan los tres billones de dólares, gran parte de ellos fuera del balance tradicional de las compañías. No son pérdidas. Tampoco deuda convencional. Son compromisos que condicionarán durante años la capacidad financiera de las empresas que lideran la revolución de la IA. Ese escenario explica por qué algunos inversores empiezan a distinguir entre el potencial de la inteligencia artificial y la rentabilidad de quienes la financian.
La historia económica ofrece numerosos precedentes. El ferrocarril, internet o las telecomunicaciones móviles generaron primero enormes inversiones, un intenso debate sobre su sostenibilidad y, solo más tarde, beneficios generalizados. La infraestructura siempre llega antes que los resultados. La diferencia es que la velocidad actual no tiene precedentes.
La competencia ya no consiste únicamente en desarrollar mejores modelos de inteligencia artificial. También exige asegurar electricidad, suelo, agua, capacidad de computación y financiación suficiente para construir centros de datos cada vez mayores. En ese contexto, el acceso al capital puede convertirse en una ventaja tan decisiva como el acceso a los chips.
Europa y España
Europa contempla esta carrera con una mezcla de admiración y preocupación. La inversión tecnológica avanza, pero muy por detrás de Estados Unidos y China. Al mismo tiempo, el continente afronta mayores costes energéticos, redes eléctricas más tensionadas y un mercado financiero menos profundo para financiar proyectos de semejante magnitud.
España participa de esa oportunidad desde una posición todavía incipiente. La llegada de nuevos centros de datos y proyectos vinculados a la nube puede atraer inversión y empleo cualificado. Sin embargo, el desafío no consiste solo en construir instalaciones. Consiste en crear un ecosistema capaz de generar innovación y rentabilidad de forma sostenida.
La inteligencia artificial ya ha demostrado que puede transformar la economía. Lo que empieza a ponerse a prueba ahora es algo diferente: si también puede justificar la mayor inversión tecnológica de la historia reciente. Ese será el examen que Wall Street empezará a corregir esta semana. @mundiario