Durante más de treinta años, la frontera entre Estados Unidos y Canadá ha sido una de las más abiertas y eficientes del mundo para el comercio. La creación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), posteriormente sustituido por el Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (USMCA), permitió construir una de las cadenas industriales más complejas del planeta. Un automóvil ensamblado en Detroit puede cruzar la frontera varias veces antes de llegar al concesionario, mientras componentes fabricados en Ontario, Ohio o Michigan circulan diariamente como si pertenecieran a un mismo mercado. Ese modelo empieza a mostrar signos de fatiga.
La decisión de la Administración estadounidense de imponer nuevos aranceles a diversos productos canadienses, unida a la respuesta anunciada por Ottawa, marca un cambio de rumbo que trasciende el conflicto comercial puntual. Lo que está en discusión no es únicamente el precio de determinadas importaciones. Se cuestiona el modelo de integración económica que ha definido Norteamérica desde comienzos de la década de 1990.
La tensión resulta llamativa porque afecta a dos economías profundamente interdependientes. Canadá es el principal destino de las exportaciones de numerosos estados estadounidenses y el mayor proveedor exterior de energía para EE UU. Millones de empleos dependen de unas cadenas de suministro que apenas distinguen ya entre ambos lados de la frontera. Precisamente por esa razón, cualquier incremento de los costes comerciales tiene efectos inmediatos sobre fabricantes, distribuidores y consumidores.
EE UU y Canadá vuelven a levantar barreras donde durante décadas solo hubo integración. Esta política de Washington puede afectar a toda la industria norteamericana, desde el automóvil hasta la energía
El automóvil constituye el ejemplo más evidente. Durante décadas, fabricantes como Ford, General Motors, Stellantis, Toyota u Honda han organizado su producción considerando Estados Unidos y Canadá como una única plataforma industrial. Motores, transmisiones, baterías y componentes electrónicos cruzan la frontera varias veces antes de incorporarse al vehículo definitivo. La introducción de nuevos aranceles rompe ese equilibrio y obliga a las empresas a revisar decisiones logísticas que habían permanecido estables durante décadas.
La energía tampoco escapa a esa dinámica. Canadá suministra petróleo, gas natural, electricidad y minerales estratégicos imprescindibles para la transición energética estadounidense. La creciente rivalidad comercial introduce incertidumbre precisamente en sectores donde ambos países necesitan colaborar para competir frente a China y garantizar el suministro de materias primas críticas.
Detrás de esta evolución existe un cambio político de mayor alcance. La nueva estrategia comercial de Washington responde a una idea cada vez más presente en el debate estadounidense: reforzar la producción nacional aunque ello implique asumir mayores costes a corto plazo. La seguridad económica empieza a situarse al mismo nivel que la rentabilidad, y conceptos como autonomía industrial, resiliencia o relocalización sustituyen progresivamente a la lógica tradicional del libre comercio.
Canadá, por su parte, afronta un delicado equilibrio. Su economía depende en gran medida del mercado estadounidense, pero también busca diversificar relaciones comerciales con Europa y la región Asia-Pacífico para reducir esa dependencia. Ottawa es consciente de que responder con firmeza puede resultar políticamente necesario, aunque una escalada prolongada terminaría perjudicando también a sus propias empresas.ç
Para Europa, preocupación y oportunidad
Europa observa este enfrentamiento con una mezcla de preocupación y oportunidad. La fragmentación del comercio internacional confirma una tendencia que ya se aprecia en otros ámbitos: las grandes economías priorizan cada vez más la seguridad de las cadenas de suministro sobre la eficiencia estrictamente económica. Esa transformación puede abrir espacios para nuevos acuerdos comerciales con la Unión Europea, pero también incrementa la competencia por atraer inversiones industriales.
Para España, el conflicto parece lejano, aunque sus consecuencias pueden sentirse en sectores muy concretos. La automoción, la industria auxiliar, la energía o determinados productos agroalimentarios forman parte de cadenas de valor internacionales cada vez más sensibles a cualquier cambio arancelario. En un mundo donde las grandes economías levantan nuevas barreras, ningún mercado permanece completamente al margen.
Durante décadas, Norteamérica fue presentada como el ejemplo más exitoso de integración económica entre países desarrollados
La disputa entre Washington y Ottawa tiene, además, un significado simbólico. Durante décadas, Norteamérica fue presentada como el ejemplo más exitoso de integración económica entre países desarrollados. Si incluso esa relación comienza a deteriorarse, el mensaje para el resto del mundo resulta evidente: la globalización entra en una nueva etapa marcada por la competencia estratégica, la protección industrial y una mayor intervención de los gobiernos.
Más que una simple guerra comercial, lo que empieza a redefinirse es la arquitectura económica de Norteamérica. Y, como ha ocurrido tantas veces en el pasado, los cambios que nacen a un lado del Atlántico terminan influyendo también en las decisiones empresariales, financieras e industriales del otro. Veremis qué pasa. @J_L_Gomez en @mundiario