Llevé The University: A History in Stone, Silk, and Blood, de William Whyte (Harvard University Press, 2026), como equipaje de mano rumbo a Oaxaca. Confieso que no lo elegí por vanidad de viajero: las universidades a nivel mundial pasan tiempos difíciles, entre lo mal entendida que va la inteligencia artificial y el poco acceso al privilegio universitario, encontré fresca la oportunidad que podría significar la obra de Whyte. Terminé leyéndola con la avidez del que descubre que un desconocido ha estado pensando, sin saberlo, en lo mismo que uno. Whyte, profesor en Oxford, hace algo que parece modesto y resulta radical: cuenta novecientos años de universidad no a través de las ideas, sino de las cosas. La paja del piso, la seda de las togas, la sangre de los mártires y de los cadáveres disecados. Y mientras cruzaba el país, el libro me fue armando una pregunta que no esperaba: ¿de dónde sale, en el fondo, una universidad?
El índice es ya una declaración de principios. Cada capítulo se titula con un material - Paja, Piedra, Carne, Sangre, Seda, Papel, Hierro, Concreto - y a través de él, Whyte abre una época. Empieza casi de la nada: la Universidad de París fue al principio poco más que un campo abierto y unas pacas (paja) en el suelo. Porque la universidad no nació como edificio, sino como corporación: una comunidad de personas conformada por reglas y cartas. La palabra misma, universitas, significa eso.
Boloña: cuando los estudiantes eran el gremio
Aquí el libro ya no me dejó dormitar en el asiento. Boloña, de la que casi todos los que visitamos hemos oído que es “la universidad más antigua”, aparece en Whyte no como un edificio venerable, sino como un fenómeno social. Fueron los estudiantes quienes se organizaron en gremios, al punto de dictar condiciones a sus propios maestros. Desfilan el Collegio di Spagna - fundado por un cardenal para alojar a estudiantes españoles y que sigue en pie -, el teatro anatómico donde se abrían cuerpos a la luz de las velas, el carnaval, las peleas. Boloña no fue grande por sus muros; fue grande porque una comunidad decidió constituirse en institución. Primero las personas y las reglas; la piedra vino después. Esa inversión - gente antes que arquitectura - es el corazón del libro.
Medio Oriente: grandeza que fue otra cosa, no un borrador
Lo que le admiré a este libro de Whyte es su negativa a repartir medallas. Antes de contar “su” universidad, dedica páginas generosas a lo que la universidad no fue, y lo hace sin reparos. Las madrasas islámicas surgieron en Irán en el siglo X y se multiplicaron hasta volverse el paisaje de ciudades como Bagdad, Isfahán (epicentro del arte, la arquitectura islámica persa y el comercio de la seda) y El Cairo. Eran instituciones deslumbrantes. Pero eran otra cosa: un waqf, una fundación piadosa que a veces servía también de mausoleo o hasta de cárcel, donde lo decisivo no era dónde estudiabas sino con quién. No había matrícula, ni currículo común, ni ese cuerpo corporativo que definió a Europa.
Y esta es la idea que me capturó bajando del avión: llamar “universidad” a Nalanda, a la Academia de Platón o a las madrasas es reductivo, incluso un poco arrogante, porque le niega a cada cultura la gloria de su propia respuesta a una pregunta universal - cómo educar a una élite del saber. Whyte no dice que Europa hiciera algo mejor; dice que hizo algo distinto, y que tuvo la fortuna histórica de volverse el modelo que se impuso por el mundo.
Y entonces, aterrizando en Oaxaca, pensé en Aztlán
Hay algo curioso en cómo me atrapó este libro. Cuando vivía en Oxford me pasó exactamente lo contrario: viajé a Yucatán y regresé al claustro inglés leyendo un libro sobre la grandeza de la cultura maya, mirando las agujas góticas con la cabeza de Kukulkán. Ahora hago el trayecto inverso, con un profesor de Oxford bajo el brazo, aterrizando en tierra mesoamericana. Siempre he vivido enredado entre ambas visiones del mundo, y quizá por eso este libro me tocó profundamente.
The University no habla de México. No menciona Aztlán, ni el águila y la serpiente, ni el calmécac. Y sería traicionar a Whyte, y engañar al lector, si dijera que existió “la universidad azteca”. No la hubo, igual que no hubo universidad en Nalanda ni en Bagdad. Fueron otra cosa. Y esa “otra cosa” no vale menos.
Pero el libro sí me dejó una idea que puedo estirar con la mirada puesta en el Valle de Oaxaca: ninguna universidad existe sin una civilización consolidada que la sostenga. El fundamento de toda universidad no es la piedra ni la beca ni el pergamino; es una cultura que ha decidido que su conocimiento merece preservarse y transmitirse con método. Y de eso, este suelo sabe muchísimo.
Los mexicas, tras la peregrinación desde Aztlán, hallaron el águila sobre el nopal devorando una serpiente y ahí fundaron México-Tenochtitlan. De esa civilización nació el calmécac, la escuela donde los hijos de la nobleza aprendían historia, astronomía, ritual, retórica y la lectura de los códices. No era una universidad, pero era el tipo de institución que solo puede levantar una cultura madura. Y caminando Monte Albán, pisé el legado de zapotecos y mixtecos, otra rama de ese mosaico mesoamericano - mosaico, no imperio único: olmecas, mayas, zapotecos, mexicas, cada cual con su respuesta propia.
Y hay un detalle que se enreda con el argumento de Whyte: los mayas concibieron el cero por su cuenta, de forma independiente, y lo usaron en su matemática y su calendario siglos antes de que esa idea llegara a Europa por la vía de la India y el mundo árabe. No es que el cero maya alimente en línea recta a nuestras computadoras, la informática hereda el cero de aquella otra genealogía, y corre sobre un sistema binario, no sobre el vigesimal maya. Pero el punto es más hondo y más bonito: el cero, sin el cual el mundo digital sería impensable, fue una de esas ideas a las que distintas civilizaciones llegaron solas, cada una por su camino. Justo lo que sostiene Whyte sobre las instituciones del saber: no hubo un único portador de la inteligencia humana, hubo muchos, en muchos suelos. Ninguno de esos pueblos construyó una universidad. Pero todos hicieron lo que Bolonia, El Cairo y París también hicieron a su manera: convirtieron una cultura en institución, siendo ese el verdadero cimiento.
Por qué llevarlo de viaje
Whyte cierra con un poema de Philip Larkin - bibliotecario de la Universidad de Hull - y, dato que me hizo sonreír, pues es también presidente del comité de estacionamiento del campus: ojos nuevos que cada año encuentran libros viejos, y libros nuevos que renuevan ojos viejos; juventud y vejez unidas como la tinta y la página, acuñando moneda nueva.
Eso hizo el libro conmigo. Tomó lo viejo - la paja, la seda, la piedra - y me lo devolvió con ojos nuevos, justo al aterrizar en una tierra donde el conocimiento tiene raíces más hondas que cualquier claustro europeo. No es la última palabra; el propio Whyte, citando al medieval Robert Grosseteste, solo aspira a que otros indaguen más. Yo cerré el libro con una certeza sencilla: antes que cualquier universidad, siempre hubo una civilización que decidió que valía la pena aprender.