Durante años se ha asumido que el infarto es el desenlace de una mala salud acumulada con el tiempo, pero rara vez se piensa que ese proceso puede comenzar cuando una persona apenas ha superado la adolescencia. Un nuevo estudio internacional liderado por el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) obliga a replantear esa idea: la aterosclerosis, responsable de la mayoría de los infartos e ictus, ya está presente en muchos adultos jóvenes sin provocar ninguna señal de alarma.
La investigación, denominada REACT y presentada en el Congreso de la Sociedad Europea de Cardiología en Múnich junto con su publicación en The New England Journal of Medicine, analizó a más de 16.800 personas sanas de España y Dinamarca. Ninguna había sufrido un infarto ni un ictus, pero las pruebas de imagen descubrieron que más de la mitad ya acumulaba placas de ateroma en alguna arteria.
El dato más inquietante no es solo el porcentaje, sino cuándo empieza el problema. Uno de cada trece participantes de entre 18 y 29 años ya presentaba signos de aterosclerosis silenciosa, una enfermedad que puede permanecer décadas sin dar síntomas mientras estrecha progresivamente las arterias.
Este descubrimiento plantea una pregunta incómoda para la medicina preventiva: ¿estamos esperando demasiado para detectar una enfermedad que ya está avanzando cuando las personas todavía se consideran completamente sanas?
Una enfermedad que no avisa hasta que es demasiado tarde
La aterosclerosis consiste en la acumulación gradual de grasa, colesterol y otras sustancias en la pared de las arterias. Ese depósito forma placas que dificultan el paso de la sangre y aumentan el riesgo de sufrir un infarto, un ictus o una muerte súbita.
Lo más peligroso es precisamente su discreción. Durante años puede desarrollarse sin dolor, sin cansancio y sin ninguna molestia evidente. Cuando aparecen los síntomas, el daño suele llevar mucho tiempo gestándose.
El estudio REACT empleó una combinación de ecografía tridimensional avanzada y tomografía para examinar las arterias carótidas, femorales y coronarias. Gracias a esa visión más completa del sistema circulatorio, los investigadores detectaron una realidad que los métodos tradicionales pasan por alto.
La edad deja de ser el único indicador
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo es que cuestiona la forma en la que actualmente se calcula el riesgo cardiovascular.
En Europa se utiliza habitualmente el sistema SCORE2, que combina factores como la edad, la presión arterial o el colesterol para estimar la probabilidad de sufrir un evento cardiovascular. Sin embargo, según los datos obtenidos en REACT, ese modelo dejó sin identificar a una gran parte de las personas que ya tenían placas en las arterias.
Borja Ibáñez, director científico del CNIC y cardiólogo del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, sostiene que medir directamente la presencia de placas podría cambiar radicalmente la prevención.
Según sus estimaciones preliminares, una estrategia basada en la detección precoz podría evitar más de la mitad de los eventos isquémicos que hoy se producen en Europa, además de reducir considerablemente el coste sanitario asociado.
Hombres y mujeres no enferman al mismo ritmo
La investigación también confirma que la aterosclerosis no evoluciona igual según el sexo. En los hombres, las placas aparecen entre cinco y diez años antes que en las mujeres, lo que explica su mayor prevalencia durante las primeras décadas de la vida adulta.
En cambio, en las mujeres el crecimiento de la enfermedad se acelera especialmente entre los 40 y los 60 años, una etapa que coincide con la menopausia y con cambios hormonales que modifican la protección cardiovascular.
Este patrón obliga, según El País, a diseñar estrategias preventivas diferentes para cada grupo en lugar de aplicar el mismo calendario de vigilancia a toda la población.
¿Habrá que hacer ecografías a millones de personas?
La posibilidad de detectar aterosclerosis antes de que aparezcan los síntomas plantea inevitablemente un debate sanitario.
Realizar tomografías coronarias de forma masiva sería poco viable por su coste, la necesidad de personal especializado y la exposición a radiación. Sin embargo, Ibáñez defiende una alternativa mucho más sencilla: utilizar ecografías rápidas de las arterias del cuello y las piernas.
Los datos del estudio muestran que el 82% de quienes presentan placas en las arterias coronarias también las tienen en las carótidas o las femorales, lo que convierte esas exploraciones en una herramienta prometedora para identificar a personas con riesgo oculto. Ahora bien, todavía queda la pregunta decisiva por responder.
La gran incógnita que puede cambiar la prevención cardiovascular
La segunda fase del proyecto REACT intentará demostrar si descubrir estas placas antes de que provoquen síntomas realmente consigue reducir el número de infartos e ictus frente a la prevención convencional.
Para Ignacio Fernández Lozano, presidente de la Sociedad Española de Cardiología, el estudio todavía no cambia la práctica clínica, pero representa "una piedra fundamental" para transformar la forma de entender la enfermedad cardiovascular.
El mensaje de fondo trasciende los resultados científicos. No todas las personas con placas fuman, tienen obesidad o llevan una vida sedentaria. Algunas hacen deporte, comen bien y mantienen un peso saludable, pero aun así desarrollan aterosclerosis debido a factores biológicos como el colesterol producido por el hígado o la hipertensión.
La gran lección del estudio es que el riesgo cardiovascular quizá no empiece cuando aparecen las canas, sino cuando nadie sospecha que el proceso ya ha comenzado. Y si la ciencia confirma que intervenir a los 30 años resulta mucho más eficaz que hacerlo a los 50, la prevención podría dejar de consistir en reaccionar ante el peligro para empezar, por fin, a adelantarse a él. @mundiario