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Radar Inteligente
El Diario 28 Aug, 2026 17:32

El impredecible camino a la dulzura

Hay un estado emocional al que me gusta llamar dulzura. Rainer Maria Rilke la describía como una profunda y placentera reconciliación con la existencia. Cuando vivo la dulzura, estimado lector, tengo una agradable sensación de alegría y suavidad en mi vida. Algunos juarenses hacemos lo que podemos para vivir en este estado el mayor tiempo posible. Otros tenemos una auto-prohibición a la alegría, atrapados por aprendizajes o lealtades familiares, por creencias arraigadas de no merecimiento o porque simplemente no sentimos que somos capaces de ser felices.

Por encima de la dulzura me gusta considerar al éxtasis: un estado de amor sin condición por todo lo que nos rodea, alcanzado por pocos seres, muy sabios y evolucionados. El éxtasis es la cúspide de la integración emocional, donde la separación entre el observador y lo observado se disuelve en una profunda compasión. En el otro extremo, hasta abajo en la escala emocional por decirle de una forma, está la culpa, la vergüenza, la tristeza y otras emociones densas que se combinan en las depresiones más profundas, inmovilizando cuerpos y almas.

?En ese nivel emocional tan oscuro suelen aparecer pensamientos suicidas. Este 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Suicidio y por eso hoy quiero poner el reflector sobre toda la escala emocional, donde la dulzura y éxtasis son lo más alto, son esa la luz al final extremo del túnel. Cuando el dolor es insoportable, la dulzura representa el polo opuesto, un recordatorio sutil de que la suavidad y el alivio siguen siendo posibles y de que todos, absolutamente todos los juarenses, tenemos la capacidad y el merecimiento total para movernos a lo largo de toda esta escala emocional.

En torno a este Día de la Prevención del Suicido, quiero decirle estimado lector, que, para transitar desde esas oscuras emociones hacia la agradable zona de luz y alegría, existen “primeros auxilios mentales” que ayudan a salir o sacar a alguien de los pensamientos suicidas hacia estados emocionales sin peligro. El primer paso es escuchar con atención y sin juzgar, validando el sufrimiento real de la persona. Preguntarle a alguien directamente si tiene pensamientos suicidas no los siembra en su mente; al contrario, le quita peso al secreto y permite una descarga en un espacio más seguro. Aquí se hace necesario retirar a la persona del peligro inmediato, no dejarla sola en momentos críticos y conectarla con líneas de ayuda habilitadas en Juárez como la Línea de la Vida en el 800 911 2000 o el 911.

Salir de las profundidades de la depresión no siempre es fácil. El camino exige paciencia, abastecerse de amor propio y aprender a sostener los días grises sin castigarse por no sentir alegría inmediata. Un paso importante es fragmentar el “abrumador” peso de la vida cotidiana en partes más pequeñas y separadas que no siempre necesitan resolverse de manera urgente. Hasta se pueden ir calendarizado lo que implica una acción tendiente a la solución. Otro paso es conectarse con cosas simples de la vida como abrir la ventana unos minutos para recibir la luz del sol, sostener una taza sintiendo su calor, o dar una caminata.

Luego viene la intervención de un especialista en salud mental. Hay que identificar y soltar las exigencias desmedidas o los mandatos familiares que atan a la culpa y que llevaron a la persona a las profundidades de la depresión. A veces cargamos con lealtades invisibles que nos imponen sufrir para pertenecer o que nos convencen de que el bienestar es un privilegio ajeno, no merecido. Al cuestionar estas creencias limitantes en un espacio seguro, la persona descubre que tiene el derecho legítimo al bienestar mental.

Una red de nuevos amigos es otro pilar insustituible. La depresión a menudo aísla, encerrando al individuo en un monólogo interno plagado de desesperanza. Compartir un momento sencillo con alguien que sepa escuchar sin consejos ni juicios rompe la inercia del encierro. Al dejarse ver en la vulnerabilidad y aceptar el afecto de los demás, el horizonte emocional comienza a ensancharse, transformando el aislamiento en un sentido renovado de pertenencia y calidez compartida.

Ningún proceso profundo se sostiene sin acompañamiento. La terapia constante es el mejor remedio para ir abandonando esos estados emocionales densos y empezar a vivir cada vez más cerca de la dulzura. Sanar requiere un puente seguro y metódico; la terapia es ese espacio donde el pasado se reescribe con compasión y el futuro deja de ser una amenaza para convertirse en un territorio habitable.

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