
Lo hemos visto a través de los textos de esta saga: somos o queremos ser dioses. Ser Dios. Jugar a ser Dios. Por algo de aquella cita bíblica: “Serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses...” (Génesis 3:5). El salmista, Asaf, lo dice claramente: “Vosotros sois dioses” (Salmos 82:6). La misma bendición (o imprecación, vaya) usted la encuentra en Jueces y en el Evangelio de Juan. Cuestión si usted lo cree, estimado lector. Lo cual y en mi caso, no está nada reñido con la evolución científica.
Aunque desciendo del chango, del mico, dicen los enterados, prefiero asumirme como uno de los hijos favoritos del Dios Altísimo. Y como me ha ido muy bien en mi vida, pues he de ser de sus elegidos, así de sencillo en mi particular caso. Somos dioses. No “como”, sino dioses. Así lo dice la Biblia y vaya, le creo. Si los poetas y filósofos crearon a Dios y lo modelaron hasta el día de hoy, ¿por qué no continuar esa saga y de plano, a nuestro paso terreno hacer milagros? Es decir, algo complicado y sencillo a la vez. Algo grande y pequeño: ayudar al prójimo, al próximo.