
Con mi mantilla de seda blanca y mi vestidito de organdí, a mis hermosos seis años caminaba de la mano de mi madre de casa a la Iglesia de la Soledad, la patrona del puerto de Acapulco. Cuentan que la imagen se quiso quedar ahí, que se volvió muy pesada y ya no pudieron moverla. Con su traje negro y su carita doliente la madre de Dios llora desconsolada. Su rostro blanco se mira consternado y sus hermosos ojos cuajados de lágrimas. Íbamos a la bendición de los ramos, con esto iniciaba la Semana Mayor. La plaza del zócalo estaba llena de vendedores de ramos, mi madre compraba uno y me lo daba a mí, para que yo lo elevara cuando el Padre Parra desde el púlpito los bendijera. Los feligreses nos formábamos, la fila avanzaba y a todos nos tocaban las gotas de agua de la bendición.
Con la festividad del Domingo de Ramos inicia la Pasión del Señor, empieza la Semana Santa, se conmemoran sus últimos días sobre la faz de la tierra en su condición de hombre. Este domingo nos recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén, acogido por una multitud que lo aclamaba jubilosa. Antes de entrar a Jerusalén, la gente ponía sus mantos por el camino y otros cortaban hojas de palma para aclamarlo, de la misma forma en que tributaban a los reyes. Se escuchaba el grito: “Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”.