Ciudad de México.- Actualmente existen corrientes culturales que han comenzado a comportarse como religiones seculares y que, con el tiempo, han avanzado silenciosamente en la cultura.
Universidades, medios de comunicación, instituciones políticas, gobiernos y asociaciones civiles reflejan una nueva visión del mundo, tanto en el lenguaje como en los hechos cotidianos.
Antes de que marzo termine, conviene —por razones obvias— mirar el origen intelectual de este proceso.
Durante buena parte del siglo XX surgió una idea estratégica: el poder político no es el único relevante. Existe uno más profundo, menos visible y más duradero: el poder cultural.
Cuando una visión domina la cultura —educación, medios de comunicación, política, lenguaje y principios sociales—, la política termina adaptándose.
Las elecciones cambian gobiernos; las ideas dominantes moldean generaciones. Por eso, la batalla no se libró primero en los parlamentos, sino en la cultura.
Esta estrategia implicaba no solo promover ideas nuevas, sino cuestionar instituciones que dieron estabilidad por siglos: familia, tradición, religión e identidad humana.
A este proceso se le llamó “desmontar” o “desacreditar” instituciones tradicionales.
La idea era mostrar que dichas instituciones escondían relaciones de poder injustas. Pero, junto con ello, apareció una paradoja.
Se habló de tolerancia, diversidad y pluralismo, pero esa tolerancia se volvió selectiva.
Algunas ideas debían promoverse; otras, marginarse. A esto se le llamó “tolerancia represiva”.
La lógica: amplificar lo que impulsa el cambio cultural y restringir lo que lo cuestiona.
En términos simples: ver la paja en el ojo ajeno y no el leño en el propio.
Así, ideas llamadas progresistas —más bien, una corriente política— se presentan como necesarias, mientras que las ideas tradicionales se ven como obstáculos morales.
Con el tiempo, la política se transformó en una batalla moral.
Antes, los desacuerdos eran prácticos: economía, seguridad, organización del Estado. Hoy se plantean como una lucha entre el bien y el mal.
Aquí surge otra paradoja.
Gran parte del pensamiento progresista sostiene que la moral es una construcción cultural cambiante, sin absolutos.
Pero, al mismo tiempo, presenta los debates como batallas morales absolutas, donde una parte representa el progreso y la otra el atraso.
Ambas partes apelan a absolutos, pero el progresismo solo lo hace cuando conviene. Esa es la tolerancia represiva: selectiva.
Se niega una moral absoluta, pero se exige obediencia moral absoluta a ciertas causas.
Aquí aparece otro elemento: la redención. Muchas corrientes presentan la política como un camino de liberación de injusticias históricas que, supuestamente, explican todos los conflictos.
La sociedad sería redimida eliminando estructuras consideradas opresivas, como la familia histórica.
La política deja de ser administración prudente y se vuelve una misión de transformación del ser humano y sus instituciones.
El problema: esa redención nunca se completa. Siempre surge una nueva estructura que desmontar, una nueva injusticia, una nueva identidad que liberar.
La lucha se vuelve permanente. Así se configura una hegemonía cultural: una sola visión domina la educación, los medios y el lenguaje público.
Cuando eso ocurre, deja de parecer una ideología entre otras; se vuelve el marco dominante.
Las nuevas generaciones crecen dentro de ese marco sin verlo como una opción, sino como una realidad.
Entender este proceso es clave para una sociedad que valore la libertad intelectual.
La verdadera pluralidad no consiste en reemplazar una forma de pensar por otra; consiste en preservar el espacio donde las ideas puedan discutirse sin censura ni presión moral disfrazada de progreso.
Cuando ese espacio desaparece, la cultura deja de ser un encuentro de visiones; se vuelve un campo de imposición.
La política deja de ser una competencia de proyectos para convertirse en una lucha por definir cómo debe pensar y vivir el ser humano.
Una ideología que se predica como religión, que muchos no entienden, pero adoptan como dogma por miedo a ser rechazados o censurados.
Ahí, el meollo del asunto.