Por Miguel Ángel Muñoz Gutiérrez
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Nací en 1961 en el barrio de Santa Rosa de Viterbo. Por eso no escribo estas líneas desde la distancia ni únicamente desde la nostalgia. Las escribo como queretano que ha visto transformarse durante más de seis décadas uno de los espacios con mayor riqueza histórica, religiosa, arquitectónica y humana de nuestra ciudad.
Mi propósito no es negar el trabajo que realiza el Patronato de las Fiestas del Estado de Querétaro. Sería injusto afirmar que no existen celebraciones, apoyos, difusión o acciones encaminadas a conservar nuestras tradiciones. Mi planteamiento es otro, y considero que merece una discusión pública: ¿estamos preservando solamente las fiestas o también estamos preservando a las comunidades que les dieron origen?
El propio marco institucional del Patronato contempla apoyar las fiestas tradicionales, mantener un archivo de ellas, vincular al Estado con las organizaciones que las realizan, promover costumbres y tradiciones y contribuir al fortalecimiento del tejido social. Si esa es su misión, entonces el éxito no debería medirse únicamente por la cantidad de eventos organizados, el número de asistentes o la difusión alcanzada en determinadas fechas del calendario.
Una tradición no vive porque aparezca una vez al año en un programa. Vive cuando existe una comunidad que la conoce, la practica, la explica, la transmite y siente que le pertenece.
Santa Rosa de Viterbo representa con claridad este desafío. Su templo es una joya del barroco queretano y merece toda la conservación material que sea necesaria. Pero el barrio es mucho más que su templo. Es la memoria de quienes nacieron y crecieron en sus calles; de los vecinos que conocieron sus antiguos comercios; de las familias que participaron en celebraciones religiosas y populares; de los músicos, pajareros, comerciantes, niños, jóvenes y adultos mayores que construyeron una forma particular de vivir Querétaro.
Por eso considero insuficiente una política cultural basada principalmente en acontecimientos. Un barrio histórico necesita continuidad. Necesita escuchar a quienes todavía viven allí y también a quienes se fueron. Necesita conocer por qué se marcharon las familias, qué se perdió en el proceso, qué costumbres continúan y cuáles están a punto de desaparecer.
La pregunta que debemos hacer al Patronato y a las demás instituciones culturales no es solamente: ¿qué fiesta vamos a organizar este año? La pregunta debería ser: ¿qué memoria estamos salvando y qué comunidad estamos ayudando a reconstruir?
Hasta donde puede observarse públicamente, hace falta un ejercicio permanente y visible de consulta con habitantes y antiguos habitantes de Santa Rosa de Viterbo. Sería muy valioso que el Patronato informara cuántas entrevistas vecinales ha realizado, qué diagnóstico social existe sobre el barrio, qué archivos orales se están formando y qué acciones concretas se han diseñado a partir de las opiniones de sus habitantes. Si esos trabajos existen, deben difundirse. Si no existen, es momento de iniciarlos.
Propongo comenzar con algo sencillo y poderoso: escuchar. Convocar a quienes nacieron, vivieron o trabajaron en Santa Rosa. Grabar sus testimonios. Digitalizar fotografías familiares. Identificar antiguos negocios, personajes, celebraciones y espacios de convivencia. Preguntar qué significaba el barrio en 1961, cómo cambió en los años setenta, ochenta y noventa y qué significa vivir allí en 2026.
De ese trabajo podría surgir un Archivo de Memoria Viva de Santa Rosa de Viterbo, accesible al público y construido con participación vecinal. También propongo un encuentro anual de antiguos y actuales habitantes; talleres para niños y jóvenes sobre historia local, música y tradiciones; recorridos narrados por los propios vecinos; exposiciones de fotografías familiares; conciertos de música queretana; actividades con estudiantinas, coros y grupos comunitarios; y un programa que vuelva a convertir los espacios públicos en lugares de convivencia cotidiana.
Hay además un asunto que rebasa las atribuciones de una sola institución y exige coordinación entre Patronato, Municipio, Secretaría de Cultura, universidades, autoridades del patrimonio, comunidad religiosa, comerciantes y vecinos: evitar que el Centro Histórico se convierta únicamente en un escenario turístico. Un barrio puede conservar fachadas impecables y, al mismo tiempo, perder a sus habitantes, sus relaciones vecinales y su identidad cotidiana.
No estoy proponiendo regresar artificialmente al pasado. Las ciudades cambian y deben cambiar. Lo que propongo es que el cambio tenga memoria, participación y sentido de pertenencia. El desarrollo cultural no consiste en congelar una comunidad; consiste en darle herramientas para que pueda transformarse sin desaparecer.
Por ello, sería deseable que el Patronato incorporara indicadores sociales y culturales a la evaluación de su trabajo. Además de informar cuántos eventos apoyó, debería ser posible saber cuántos testimonios históricos fueron preservados, cuántos jóvenes aprendieron una tradición, cuántos vecinos participaron en el diseño de una celebración y cuántos proyectos nacieron de la propia comunidad.
Querétaro ha demostrado que sabe valorar sus monumentos. Ahora debemos demostrar que sabemos valorar con la misma seriedad a las personas que dan sentido a esos monumentos.
Quienes nacimos en Santa Rosa de Viterbo todavía tenemos recuerdos que compartir. Muchos adultos mayores conservan historias que no están en los libros ni en los archivos oficiales. Cada vez que una de esas voces desaparece sin ser registrada, perdemos una parte irrecuperable de Querétaro.
Por eso mi crítica al Patronato no es una petición para hacer menos. Es una invitación a hacer más y a hacerlo de manera permanente, participativa y medible. Las fiestas son fundamentales, pero una fiesta sin comunidad termina convirtiéndose en espectáculo. La tradición verdadera necesita vecinos, memoria y nuevas generaciones dispuestas a continuarla.
Santa Rosa de Viterbo necesita conservación, pero también necesita vida. Necesita cultura cotidiana, encuentro, jóvenes, adultos mayores, música, historia oral y participación ciudadana. Necesita que quienes un día se fueron puedan regresar, al menos simbólicamente, a contar su historia.
No basta conservar los muros del barrio si dejamos desaparecer la memoria de quienes vivieron detrás de ellos. El patrimonio más importante de Santa Rosa de Viterbo sigue siendo su gente.
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