La incertidumbre devoró mi cordura
¿Alguna vez has deseado que el tiempo pase rápido para que una situación se resuelva? Ver cómo los segundos parecen ser eternos en el reloj, sentir que tu mente se llena de pensamientos de todo tipo y pasar por miles de emociones que parecen coexistir en un mismo instante, tan paradójicas como iguales. Es esa disputa por el control de nuestros sentimientos donde, por un lado, está la esperanza y, por el otro, la resignación, sin olvidar la desesperación. Si te ha pasado, sabrás que me refiero a la "incertidumbre".
Cuando aparece en nuestras vidas, trae consigo momentos de agonía emocional. Puede desencadenarse por un mensaje, por una decisión o por una situación. Cualquier motivo nos convierte en espectadores: no importa lo que hagas o digas, solo queda esperar. Parece que se invoca a una locura que nos roba la tranquilidad; dejamos a un lado el mundo que nos rodea. Es peligroso, pues no podemos concentrarnos. Nuestra mente piensa, piensa y vuelve a pensar en todos los escenarios posibles, donde cada desenlace se vuelve una realidad durante la espera.
En ese proceso, vamos dejando a nuestro paso personas lastimadas por una mala contestación, por un comentario hiriente o por nuestra indiferencia ante lo que es importante para otros. El bloqueo que sufrimos nos impide darnos cuenta de lo que hacemos. Caminamos atormentados a lo largo del tiempo, esperando el desenlace de la “situación”. Y, ¡cuando por fin llega! ¡Hurra! Nuestro corazón descansa, aunque la intriga aumenta. Si lo que esperábamos es favorable, nos llenamos de alegría y euforia, agradecemos al cielo por escuchar nuestras plegarias; el júbilo se apodera del momento y pensamos que la espera valió cada segundo. Pero cuando no es como esperábamos, maldecimos, lamentamos el sufrimiento y sacamos nuestros peores deseos. En ningún momento consideramos la resignación como opción; nos sentimos heridos, lastimados y tristes.
Lamentablemente, no hay forma de evitarla; irremediablemente pasará varias veces en nuestra vida. Lo único que nos queda es que, sin importar cuál sea el desenlace de la incertidumbre, debemos acercarnos a aquellas personas que estuvieron a nuestro lado y ofrecerles una disculpa por nuestros comportamientos, comentarios o actitudes. La revolución emocional fue nuestra, no de ellos, pero parece que les tocó pagar los platos rotos. Las personas lo comprenderán y nos perdonarán cuando les confesemos que "la incertidumbre devoró nuestra cordura".
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