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Mundiario 04 Sep, 2026 06:09

La ciencia desmonta el dilema entre genes y educación: así se construye nuestra personalidad

Durante décadas, la pregunta parecía obligar a elegir entre dos respuestas: ¿nacemos con una determinada forma de ser o nos convierte en quienes somos aquello que vivimos? La genética ha demostrado que la cuestión es bastante más compleja. Un macroestudio internacional publicado en Nature, con información de 1,14 millones de personas, identifica 1.260 variantes genéticas relacionadas con los principales rasgos de personalidad. Pero el hallazgo no apunta hacia un destino escrito en los genes, sino hacia una influencia pequeña y repartida que interactúa constantemente con el entorno.

La investigación se centra en los llamados Big Five, el modelo psicológico que agrupa la personalidad en cinco dimensiones: extraversión, amabilidad, responsabilidad, neuroticismo y apertura a la experiencia. Al comparar enormes cantidades de información genética y psicológica, los científicos han localizado 824 variantes que hasta ahora no habían sido vinculadas con estos rasgos.

La magnitud de la muestra cambia la perspectiva. Los investigadores trabajaron con 46 grupos de participantes y consiguieron detectar asociaciones genéticas que los estudios anteriores, mucho más pequeños, no podían identificar con suficiente precisión. Dependiendo del rasgo analizado, las variantes descubiertas explican entre el 4,8% y el 9,3% de las diferencias observadas entre individuos.

Es una proporción significativa, pero también una advertencia contra cualquier interpretación determinista. Los estudios clásicos con gemelos habían situado la heredabilidad de la personalidad aproximadamente entre el 40% y el 60%. La diferencia entre ambas cifras muestra que identificar variantes concretas es mucho más difícil que demostrar que existe una influencia genética.

No existe un gen que decida cómo somos

El estudio desmonta una de las ideas más intuitivas —y también más peligrosas— sobre genética y personalidad: la existencia de un supuesto “gen de la personalidad”. No hay una pieza del ADN capaz de decidir si una persona será extrovertida, responsable, amable o aventurera.

Cada variante tiene un efecto diminuto. Incluso la que presenta una de las asociaciones más fuertes con la extraversión apenas supone una diferencia estadística equivalente a pasar del percentil 50 al 50,35. Es decir, una influencia prácticamente microscópica cuando se observa a una sola persona.

Por eso, disponer de un análisis genético no permite averiguar de forma fiable cómo será alguien. El ADN puede aportar predisposiciones, pero no proporciona un guion vital. La educación, las relaciones sociales, las experiencias, la cultura y las circunstancias siguen interviniendo en la construcción de la personalidad.

Michel Nivard, profesor de Epidemiología Genética de la Universidad de Bristol y uno de los principales autores, considera precisamente que esta conclusión obliga a abandonar la vieja batalla entre naturaleza y crianza. Para conocer la personalidad de una persona concreta, explica, resulta mucho más fiable utilizar un cuestionario psicológico que intentar deducirla a partir de su genoma.

La familia pesa menos de lo esperado

Uno de los resultados más sorprendentes aparece cuando los investigadores analizan el papel del entorno familiar. Podría parecer lógico pensar que los genes heredados y la educación recibida dentro de casa determinan conjuntamente buena parte de nuestra personalidad. Sin embargo, los datos cuentan una historia menos sencilla.

Al comparar hermanos y padres e hijos, las asociaciones genéticas relacionadas con la personalidad permanecen muy similares a las observadas en el conjunto de la población. El efecto ambiental de la familia parece ser considerablemente menor que en otros aspectos de la vida.

Nivard señala una diferencia especialmente interesante con cuestiones como el nivel educativo. En ese terreno, los recursos familiares, el colegio al que se asiste o las oportunidades disponibles pueden reforzar determinadas predisposiciones heredadas. En la personalidad, esa relación entre herencia y ambiente familiar es mucho menos evidente.

Esto no significa que la familia no importe. Significa que no basta con explicar nuestra forma de ser mirando únicamente al hogar en el que crecimos. Las experiencias acumuladas fuera de él pueden desempeñar un papel mucho mayor del que tradicionalmente se ha supuesto.

De la personalidad a los hábitos cotidianos

La investigación también permite observar cómo determinadas predisposiciones se relacionan con comportamientos concretos. Las personas con una mayor puntuación genética asociada a la apertura a la experiencia muestran cierta tendencia a vivir en entornos urbanos y cosmopolitas durante la mediana edad y presentan una mayor actividad nocturna.

La responsabilidad ofrece otro patrón. Las variantes vinculadas a este rasgo aparecen relacionadas con una mayor actividad durante el día, así como con menor consumo de tabaco y un menor índice de masa corporal.

Pero sería un error convertir estas asociaciones en reglas individuales. Tener determinadas variantes no significa que una persona vaya a fumar menos, acostarse tarde o mudarse a una gran ciudad. La genética trabaja con probabilidades, no con certezas.

La amabilidad, además, plantea una dificultad adicional: no parece comportarse igual en todos los países. Los investigadores encontraron menos coincidencias genéticas entre poblaciones, algo que podría estar relacionado con la propia definición cultural del concepto.

Nivard pone un ejemplo revelador. Una conducta considerada directa y normal en Países Bajos puede interpretarse como poco amable en otra cultura. Esto introduce una pregunta fascinante: cuando dos sociedades utilizan la misma palabra para describir un rasgo psicológico, ¿están hablando realmente de lo mismo?

Un hallazgo que abre más preguntas de las que cierra

El trabajo también encuentra una asociación entre las variantes relacionadas con la apertura a la experiencia y un mayor riesgo general de psicopatología. Es un resultado inesperado porque no había aparecido con tanta claridad en investigaciones clínicas anteriores.

El propio Nivard reconoce que todavía no existe una explicación definitiva. Una posibilidad es que quienes presentan determinadas características sean también más proclives a participar en estudios de este tipo, lo que podría introducir cierto sesgo. De momento, los investigadores prefieren dejar abierta la cuestión.

Y quizá esa sea una de las mayores virtudes del estudio. Más que ofrecer una respuesta definitiva sobre quiénes somos, amplía enormemente el mapa de preguntas que la ciencia puede investigar.

Para Miguel Pita, genetista ajeno al trabajo, el valor fundamental de la investigación reside precisamente en su escala y en su diseño. Que la genética influye en la personalidad no resulta especialmente sorprendente; lo extraordinario es haber podido demostrarlo con semejante cantidad de información y con un nivel de precisión desconocido hasta ahora.

El siguiente paso será comprender qué ocurre con el resto de las variantes genéticas. El genoma humano contiene millones de diferencias entre individuos, y las 1.260 identificadas representan solo una pequeña parte del paisaje.

La conclusión, por tanto, resulta menos espectacular que la idea de un “gen de la personalidad”, pero mucho más interesante: no somos prisioneros de nuestro ADN, aunque tampoco empezamos desde cero. Los genes pueden inclinar ligeramente la balanza; la vida decide, una y otra vez, hacia dónde termina cayendo. @mundiario

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