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El Imparcial 30 Mar, 2026 08:30

El amor que cambió la historia

Reflexión sobre el sacrificio de Jesucristo y el verdadero significado de la Semana Santa.

Cada año llega la Semana Santa y, para muchos, se convierte simplemente en días de descanso, viajes o reuniones familiares. Sin embargo, para el cristianismo —y especialmente para los católicos— estos días recuerdan el acontecimiento más trascendente de la historia: el sacrificio de Jesucristo por la humanidad.

Ayer, Domingo de Ramos, dio inicio lo que llamamos Semana Santa o Semana Mayor. ¿Por qué “Mayor”? Porque conmemoramos algo tan grande que difícilmente cabe en nuestra limitada inteligencia: que el Dios que nos creó haya enviado a su Hijo amado para ofrecernos la posibilidad de la vida eterna. No como una imposición, sino respetando siempre nuestra libertad.

Tristemente, para muchos este hecho pasa desapercibido. Vivimos en un mundo que con frecuencia nos distrae con el dinero, el éxito, los placeres y las preocupaciones cotidianas. Y no es que todo ello sea malo; Dios quiere nuestra felicidad. Pero cuando el sentido de la vida se reduce únicamente a lo material, el corazón del hombre termina vacío.Nuestra esencia, como la de Dios, es el amor. Fuimos creados por amor y para amar, un amor que no termina en este mundo, sino que trasciende.

Por eso, lo más importante de esta semana es recordar y reconocer ese amor que se manifestó en el sufrimiento y la muerte de Jesús en la cruz. A Él no le importó padecer dolores inimaginables, burlas y desprecios, ni entregar su propia vida con tal de abrirnos las puertas del cielo. Él, que nunca pecó, cargó con todas nuestras faltas.

Diversos estudios médicos han intentado describir el sufrimiento físico que implicaba la crucifixión, considerada una de las formas de muerte más crueles de la antigüedad. Los clavos atravesaban las muñecas y los pies del condenado, obligándolo a hacer un esfuerzo constante y doloroso para poder respirar. Cada respiración requería levantar el cuerpo apoyándose en los clavos, provocando un sufrimiento extremo.

A esto se sumaban los terribles azotes previos a la crucifixión. El látigo romano, con puntas de metal, desgarraba la piel y producía abundante sangrado. El cuerpo de un adulto contiene entre 4.5 y 6 litros de sangre. Jesús derramó hasta la última gota, además de soportar la humillación de cargar la cruz —de cerca de 30 kilos— durante aproximadamente dos kilómetros, mientras era insultado y ridiculizado por la multitud.

Pero lo más conmovedor de todo no es solo el dolor físico, sino el motivo: lo hizo por amor. Lo de Jesús no fue simplemente un asesinato; fue una entrega voluntaria para rescatar al hombre de la muerte eterna.

Un antiguo canto lo expresa así: “Como res callada, a la muerte va; muere porque quiere al hombre salvar”.

Él ya hizo su parte. La pregunta que queda para cada uno de nosotros es sencilla pero profunda: ¿qué haremos con ese amor? Tal vez el verdadero sentido de esta semana sea detenernos un momento, mirar hacia dentro y recordar que la vida tiene un propósito mayor que lo inmediato.

Que esta no sea una Semana Santa más. ¡Mujer mexicana, forja tu Patria!

*- La autora es consejera familiar

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