En toda sociedad que aspire a la dignidad humana, la protección de la infancia no es una opción moral, sino una obligación ética irrenunciable. Sin embargo, en contextos como el de Ciudad Juárez, Chihuahua, donde la violencia ha atravesado múltiples dimensiones de la vida social, uno de los rostros más dolorosos y, a la vez, más invisibilizados, es el maltrato hacia niñas, niños y adolescentes, particularmente cuando este se origina en el propio núcleo familiar.
La violencia contra la infancia no sólo constituye una transgresión grave de derechos humanos, sino que representa una fractura profunda del tejido social. Es, en términos estrictos, una forma de violencia que compromete el presente y el futuro de toda comunidad. Cuando quienes deberían proteger, cuidar y acompañar se convierten en agentes de daño, la sociedad entera enfrenta una crisis que trasciende lo individual.
El maltrato infantil no siempre se presenta de manera evidente. Con frecuencia se normaliza, se justifica o se minimiza bajo discursos que apelan a la disciplina, la corrección o la formación del carácter. Sin embargo, detrás de estas narrativas se ocultan prácticas profundamente lesivas: gritos, humillaciones, golpes, negligencia emocional y abandono.
La Organización Mundial de la Salud ha señalado que millones de niñas y niños en el mundo son víctimas de violencia en sus propios hogares, y que gran parte de estos casos no se denuncian. En México, esta realidad no es distinta. Las cifras reflejan una problemática persistente, pero aún más preocupante es la cultura de silencio que la rodea.
En Ciudad Juárez, este fenómeno se inserta en un contexto más amplio de violencia estructural y social. Las condiciones de estrés crónico, precariedad económica, jornadas laborales extensas y exposición constante a entornos violentos generan escenarios donde la tolerancia emocional se reduce, y las respuestas impulsivas o agresivas se vuelven más probables. Sin embargo, comprender estas condiciones no implica justificarlas.
Uno de los elementos más preocupantes en el análisis del maltrato infantil es la baja tolerancia social hacia las conductas normales de la infancia. El llanto, la curiosidad, la inquietud o la necesidad de atención son expresiones naturales del desarrollo, no conductas que deban ser castigadas.
Cuando una sociedad pierde la capacidad de comprender la infancia en su complejidad, comienza a responder con violencia a lo que debería atender con paciencia, acompañamiento y contención. En este sentido, la violencia hacia niñas y niños no solo es un problema individual o familiar, sino también cultural.
La importancia de la regulación emocional en la crianza es crucial. La incapacidad para gestionar el estrés, la frustración o la ira en adultos se traduce, con frecuencia, en respuestas violentas hacia los menores. De ahí que la salud mental de madres, padres y cuidadores sea un factor determinante en la prevención del maltrato.
Uno de los aspectos más indignantes de esta problemática es el silencio que la rodea. Familiares, vecinos, instituciones e incluso la comunidad en general pueden ser testigos de situaciones de maltrato sin intervenir. Este silencio no es neutral; es una forma de complicidad.
Callar ante la violencia contra la infancia implica permitir que el daño continúe, que se profundice y que se normalice. La omisión social, en este sentido, se convierte en un factor que perpetúa el ciclo de violencia.
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia ha enfatizado que la protección de la infancia es una responsabilidad colectiva. No basta con reconocer el problema; es necesario actuar y es responsabilidad que nos atañe a todos. Denunciar, acompañar, intervenir y generar redes de apoyo son acciones que pueden marcar la diferencia entre la continuidad del daño y la posibilidad de protección.
Por ello, la intervención no puede limitarse a la atención del daño ya ocurrido. Es imprescindible trabajar en la prevención, en la formación de habilidades parentales, en la educación emocional y en la creación de entornos seguros para el desarrollo infantil.
Es urgente que la sociedad, en su conjunto, asuma un compromiso claro con la protección de niñas, niños y adolescentes. Esto implica fortalecer los servicios de salud mental, generar programas de apoyo a la crianza, promover la educación para la paz y, sobre todo, romper el silencio. Porque cada niño que sufre en silencio es una llamada urgente a la responsabilidad colectiva.
Cultura por la Paz es un proyecto de El Diario de Juárez en alianza con el Tecnológico Nacional de México, campus Juárez; el Comité de Pacificación y Bienestar Social (Copabis), y el Centro Familiar para
la Integración y Crecimiento A. C. (CFIC).