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Vanguardia 12 Mar, 2026 11:15

Latinoamérica ya tiene un socio importante, y no es Trump

Por Oliver Stuenkel, The New York Times.

El sábado, el presidente Donald Trump se reunió con líderes de toda Latinoamérica y el Caribe en la llamada cumbre del Escudo de las Américas, celebrada en Florida. La reunión, que se enfocó en gran medida en la lucha contra el crimen organizado, fue otro notorio intento del gobierno de Trump de reclamar la primacía geopolítica en el hemisferio occidental, un objetivo que ocupó un lugar destacado en la Estrategia de Seguridad Nacional del año pasado y que se ha denominado “Doctrina Donroe”.

Pero el evento no hizo más que revelar los límites de la estrategia regional de Trump. La reunión contó con un nutrido grupo de aliados latinoamericanos de Trump, como el argentino Javier Milei y el salvadoreño Nayib Bukele. Sin embargo, los líderes de Brasil, México y Colombia —que juntos representan más de la mitad del PIB de la región— estuvieron notoriamente ausentes.

El enfoque de Trump se ha apoyado en gran medida en la coerción económica, la adulación de ideologías similares y el espectro de la intervención militar para forzar el alineamiento regional. Aparentemente, el presidente estadounidense busca una red depurada de aliados, libre de toda influencia extranjera percibida o de todo desafío anti-Trump. Esta estrategia se ha quedado corta en muchos aspectos. Es difícil proyectar la imagen de un hegemón comprometido cuando la atención del gobierno está siendo arrastrada a un atolladero en Medio Oriente, y aún más difícil cuando el enfoque del presidente se basa en amenazas y reproches en lugar de en una agenda positiva para la región.

Durante años, la política de Washington hacia Latinoamérica ha oscilado entre la negligencia y el alarmismo, en relación con las amenazas a la seguridad, los flujos migratorios, los regímenes antiaestadounidenses y la influencia china. El resultado es una región que ha aprendido a asentir ante las preocupaciones estadounidenses mientras, discretamente, cobra los cheques chinos.

La estrategia de Pekín ha sido una presencia paciente y con abundantes recursos: desde 2005, los bancos chinos han concedido más de 120.000 millones de dólares en préstamos a países de Latinoamérica y el Caribe, a menudo destinados a los sectores de energía, minería y transporte pesado, en los que el capital occidental se ha vuelto reacio al riesgo. Esto significa que incluso los líderes supuestamente proestadounidenses practican una especie de cobertura estratégica. Están abiertos a los lazos constructivos con Estados Unidos, que sigue siendo la fuente más importante de inversión extranjera directa de la región, pero no están dispuestos a dejar que Trump dicte los términos de su compromiso con China.

Ello se debe, en gran medida, a que el enfoque de Trump carece de incentivos positivos. Los funcionarios estadounidenses advierten con frecuencia de los riesgos que entraña la relación con Pekín, citando la llamada diplomacia de la trampa de la deuda y las posibles aplicaciones militares de doble uso de las infraestructuras construidas en China. Pero Washington ha tenido dificultades para presentar una alternativa económica convincente o explicar cómo se beneficiarían los países latinoamericanos de un distanciamiento con China.

Algunos países han tenido pocas opciones. En México y en gran parte de Centroamérica y el Caribe —naciones cercanas que tienen mucho que perder con la hostilidad estadounidense—, los dirigentes han tenido que alinearse más con Trump. La reciente decisión de México de imponer aranceles de hasta el 50 por ciento a las importaciones chinas ante la presión estadounidense demuestra que, para algunos, el costo de resistirse es simplemente demasiado alto.

Pero la mayoría de los países sudamericanos son mucho menos dependientes estructuralmente de Estados Unidos y se han integrado cada vez más con China y otros socios. Esto explica por qué Brasil y Colombia, por ejemplo, se han mostrado reacios a renunciar a sus vínculos con Moscú, incluso después de la invasión rusa en Ucrania. Unas relaciones sólidas con múltiples centros de poder, incluido Estados Unidos, proporcionan seguridad y flexibilidad diplomática como cobertura frente a la volatilidad de cualquier actor importante.

Este tipo de cobertura es también una cuestión de pragmatismo económico. El comercio entre China y Latinoamérica se disparó de los 12.000 millones en 2000 hasta los 518.470 millones de dólares en 2024; Brasil, la mayor economía de la región, exporta más a China que a Estados Unidos y Europa juntos. Durante décadas, las empresas chinas han construido puertos, centrales eléctricas e infraestructuras de telecomunicaciones en todo el hemisferio, financiando proyectos que los prestamistas occidentales se han mostrado reacios a apoyar.

Lejos de elegir un bando, los líderes latinoamericanos son cada vez más expertos en hacer los rituales públicos de alineamiento exigidos por Washington, al tiempo que redoblan discretamente sus lazos comerciales con Pekín. Por ejemplo, el expresidente de Brasil, Jair Bolsonaro, proclamó en campaña en 2018 su admiración por Trump, realizó una visita de alto nivel a Taiwán y prometió poner fin a lo que describió como la diplomacia “amistosa con los regímenes comunistas” de gobiernos brasileños anteriores. Una vez en el poder, Bolsonaro siguió de cerca las posiciones de Trump e intensificó la cooperación en materia de seguridad con Washington.

Nada de esto le impidió presidir simultáneamente una significativa expansión de los lazos comerciales con China, superando los 170.000 millones de dólares en comercio bilateral al final de su mandato. Tampoco le impidió rechazar una de las peticiones centrales de Washington: prohibir al gigante chino de las telecomunicaciones Huawei usar la red 5G de Brasil.

Este patrón se está repitiendo en otros lugares de la región. Bajo el mandato de Milei, Argentina ha rechazado una invitación para unirse al grupo BRICS de economías emergentes, ha suspendido un proyecto de telescopio chino y ha prohibido a empresas chinas presentar ofertas para obras de dragado a lo largo de una vía fluvial crítica. Sin embargo, bajo su liderazgo, las exportaciones a China aumentaron un 125 por ciento interanual, y el país superó brevemente a Brasil como el mayor socio comercial de Argentina.

Dado el profundo sesgo antiimperialista de Latinoamérica y los frecuentes cambios políticos, cualquier estrategia del gobierno de Trump para asegurarse el dominio regional que dependa en gran medida de la conformidad ideológica tendrá probablemente una corta vida útil. China, por el contrario, ha demostrado su disposición a trabajar con dirigentes de todo el espectro ideológico, desde Milei hasta el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva.

El gobierno de Trump tampoco estará en mejores condiciones de imponer la lealtad regional cuanto más profundamente se vea envuelto en un conflicto prolongado con Irán. Esta posibilidad no pasa desapercibida para los legisladores de Latinoamérica, para quienes la crisis que se está desencadenando puede servir de motivación adicional para hacer precisamente lo que Washington espera desalentar: protegerse, evitar las alianzas rígidas y mantenerse al margen de las riñas geopolíticas en otros lugares.

Estados Unidos sigue siendo el mayor socio comercial global de la región, pero un socio no puede liderar solo con amenazas. Los lazos entre Estados Unidos y Latinoamérica ya son profundos y mutuamente beneficiosos, y abarcan el comercio, la inversión, la educación, la migración y el intercambio cultural. En lugar de tratar a la región como un teatro de seguridad de suma cero, Washington debería enfocarse en ampliar estas conexiones positivas y competir con confianza donde más importa.

Cuando la política estadounidense hacia Latinoamérica gira en torno a una lista de exigencias, puede parecer condescendiente e incluso un poco desesperada, como si Estados Unidos dudara de su capacidad para competir. Una estrategia enfocada en la asociación resonaría más entre los gobiernos latinoamericanos y recordaría a la región que una buena relación con Estados Unidos sigue siendo valiosa en sí misma, al menos por ahora. c. 2026 The New York Times Company.

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