
La degradación política puede significar muchas cosas y lleva a accidentados caminos y penosos destinos. Cuando se arropa en el cinismo desde los más elevados espacios del poder, la primera baja es la verdad; la otra, la pérdida del sentido del ridículo. Sucede en Estados Unidos, con el presidente Donald Trump y sus colaboradores cercanos; y, lamentablemente, también ocurre en nuestro país y desde hace tiempo.
Cuando eso es regular, el día a día lo normaliza, lo que no necesariamente significa que se acepte. Desde el poder, sin embargo, la ausencia de resistencia no sólo convalida la aviesa conducta, sino que puede asumirse que es ratificada, avalada colectivamente. De allí la necesidad de una libertad de expresión independiente, sin temor al poder o a enfrentar al Estado. Esa es la diferencia entre EU y México: por tal consideración, sólo el 37 por ciento de los norteamericanos aceptan a su presidente; en nuestro caso, es el doble. Las encuestas de aprobación presidencial son punto de partida, no de llegada; por lo mismo, deben interpretarse a partir de la vigencia y calidad del escrutinio y debate públicos.