nullAgustín Dorantes
Confiamos a la escuela buena parte de la formación de nuestros hijos, pero con frecuencia dejamos a las familias mirando desde la puerta, convocadas para firmar boletas, organizar festivales o resolver asuntos administrativos.
Ni la escuela puede educar de espaldas al hogar, ni la familia puede convertirse en una sucursal improvisada del salón de clases. Entre ambos extremos existe la corresponsabilidad como un espacio que hemos descuidado.
Construir esa alianza exige reconocer realidades familiares distintas como padres con jornadas extensas, hogares monoparentales, abuelos cuidadores, y ofrecer instrumentos y soluciones posibles, no obligaciones. Se requieren, entre otras cosas, herramientas sencillas para reconocer rezagos; tutorías escolares para atenderlos; programas prácticos de acompañamiento para padres; estrategias de lectura en casa, y canales de comunicación que informen sobre el aprendizaje. A ello debe añadirse una conversación seria sobre pantallas, concentración y hábitos de estudio.
La política educativa federal debería impulsar este modelo y las escuelas convertirlo en práctica cotidiana. El maestro conserva la responsabilidad profesional de enseñar; la familia, la insustituible tarea de acompañar, preguntar, leer, establecer hábitos y estar presente. No se trata de llevar la escuela a la sala de la casa, sino de impedir que entre ambas exista un muro. Educar es construir, desde responsabilidades distintas, un mismo porvenir.