nullRoberto Mendoza
Claudia Sheinbaum convirtió la gira de su segundo informe en una campaña sin pedir el voto. Recorrió 31 estados y cerró en el Zócalo con el mismo esquema: programas, obras, beneficiarios, soberanía y consignas de la 4T. Los actos debían recordar que la presidenta trabaja, gobierna y conduce su proyecto. Los escenarios, movilizaciones y discursos se coordinaron; la respuesta política estuvo ausente.
En Colima, pescadores y ambientalistas fueron señalados como infiltrados del PRIAN. En Oaxaca e Hidalgo, maestros y normalistas derribaron barreras. En cuatro estados, familiares de desaparecidos exigieron atención. Cinco gobernadores fueron abucheados; otros evitaron el acto. Sheinbaum pidió respeto y dijo que no eran actos partidistas. Ni los asistentes actuaron disciplinadamente ni los inconformes aceptaron ser beneficiarios agradecidos. La gira devolvió agravios, intereses y cálculos propios.
La gira funcionó como propaganda y despliegue logístico, pero no mostró una coalición conducida por Sheinbaum. PT y Verde ya han demostrado su rebeldía. Sheinbaum no carece de poder: tiene presupuesto, mayoría, gobierno y multitudes. Falla cuando debe convertir ese poder en coordinación y resultados. Heredó la maquinaria construida por López Obrador, pero no el liderazgo. Tras recorrer el país, demostró que puede organizar al movimiento; pero conducirlo, no.