En Ciudad Juárez, respirar no es solo una función vital. Es, cada vez más, una condición desigual.
De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, la contaminación del aire provoca alrededor de 7 millones de muertes prematuras al año en el mundo. No es un problema menor ni lejano: es una crisis de salud pública global que también atraviesa nuestras ciudades fronterizas.
En México, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales ha documentado que la mala calidad del aire está directamente relacionada con enfermedades respiratorias, cardiovasculares y complicaciones en grupos vulnerables. En el caso de Ciudad Juárez, las condiciones climáticas, como las tolvaneras y la falta de cobertura vegetal, agravan el problema.
Pero el punto más importante no es solo ambiental, es social.
En zonas con menor infraestructura urbana, donde predominan calles sin pavimentar, menor acceso a áreas verdes y mayor rezago, la exposición al polvo y a partículas contaminantes es mayor. Esto nos habla de una realidad que debe atenderse con enfoque territorial, con planeación y con responsabilidad pública.
Las partículas PM10 y PM2.5, las más dañinas, afectan directamente la salud, especialmente en niñas, niños, personas mayores y quienes viven con enfermedades respiratorias. Por ello, hablar de calidad del aire es también hablar de bienestar, de desarrollo y de futuro.
Respirar aire limpio no debería depender del lugar donde se vive.
Desde mi responsabilidad en el servicio público, tengo claro que estos desafíos no pueden postergarse. La construcción de una ciudad resiliente implica reconocer estas desigualdades y actuar de manera estratégica para reducirlas.
Ciudad Juárez ha avanzado. Se han impulsado acciones para mejorar el entorno urbano, recuperar espacios públicos y fortalecer la infraestructura. Pero también sabemos que el reto es mayor y exige continuidad, coordinación y visión de largo plazo.
La resiliencia no es solo un concepto, es una forma de gobernar.
Es tomar decisiones que impacten en la vida cotidiana de las personas. Es priorizar a quienes históricamente han sido más vulnerables. Es entender que el desarrollo urbano, el medio ambiente y la justicia social no pueden ir por separado.
Hoy, más que nunca, el compromiso debe ser claro: seguir construyendo una ciudad más ordenada, más sostenible y más equitativa.
Porque respirar no debería ser un privilegio.
Y, desde el servicio público, tenemos la responsabilidad y también la oportunidad de convertirlo en un derecho garantizado para todas y todos.