El anuncio de la “Supervía Bajacaliforniana /Viaducto Elevado SUBE-T”, dado a conocer apenas el pasado miércoles, representa una apuesta decidida por modernizar la movilidad en Tijuana, que desde hace años enfrenta el reto de crecer al ritmo de su dinamismo económico.
La iniciativa encabezada por la gobernadora Marina del Pilar Avila Olmeda coloca sobre la mesa una solución concreta a uno de los problemas que más impactan la vida diaria: el tráfico. Este proyecto que conectará el distribuidor vial Morelos con la Garita de Otay busca reducir los traslados de 45 minutos a solo 15, algo que beneficiará a más de 100 mil vehículos que diariamente transitan por esta zona. La obra suena como un alivio especialmente en una zona clave como Otay, donde converge el flujo comercial y transfronterizo.
Otro elemento a destacar es el esquema de inversión completamente privada, que permite avanzar en infraestructura de gran escala sin comprometer recursos públicos que pueden destinarse a áreas prioritarias como salud, educación o programas sociales.
La obra tendrá una inversión privada de 20.5 mil millones de pesos que, de acuerdo al Gobierno del Estado, será el más grande en infraestructura vial en la historia de Baja California.
El desafío, como en toda obra de esta magnitud, estará en su correcta ejecución y operación. Pero el paso que hoy se da es significativo: reconocer el problema, plantear una solución ambiciosa y comenzar a construirla. Porque transformar la infraestructura también es transformar la forma en que se vive la ciudad.
Cabe destacar que el pasado 16 de marzo fue inaugurado en su totalidad el Viaducto Elevado, obra federal de 14 mil millones de pesos que conecta de Playas de Tijuana al Aeropuerto. La ciudadanía no tardó en usarla y disfrutar el recorrido de alrededor de 10 minutos.
RETÓRICA INCENDIARIA
El mensaje del presidente Donald Trump del pasado miércoles, el primero desde que lanzó la guerra contra Irán, confirma que más allá del conflicto militar, la narrativa política juega un papel central.
Lejos de ofrecer certidumbre, su discurso combinó autoelogios, advertencias y promesas de una victoria rápida, sin atender de fondo la preocupación global por las consecuencias del enfrentamiento.
El impacto fue inmediato: el alza del crudo, con el Brent superando los 106 dólares, refleja que los mercados no compran del todo el optimismo presidencial. La mención del Estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del mundo, no es menor pues cualquier alteración en su operación tiene efectos directos en la economía global.
Trump insiste en que Estados Unidos puede sostenerse por su propia producción energética, pero el problema trasciende lo nacional. La interdependencia de los mercados hace que cualquier tensión en Medio Oriente repercuta en precios, inflación y estabilidad en múltiples países.
Más preocupante aún es el tono del mensaje. La amenaza de “devolver a Irán a la Edad de Piedra” y la previsión de ataques en cuestión de semanas apuntan a una escalada que difícilmente puede resolverse en los plazos que el propio mandatario plantea. La historia reciente demuestra que los conflictos en la región suelen ser más complejos y prolongados.
El discurso deja más dudas que certezas. Mientras se proyecta una imagen de control y fortaleza, los indicadores económicos y la reacción internacional sugieren un escenario volátil.