La dignidad de los últimos: el crimen de haber amado demasiado
En el corazón de la Semana Santa persiste una escena que la tradición ha querido espiritualizar, pero que resiste, obstinadamente, como acontecimiento político: la ejecución pública de Jesús de Nazareth. No se trata únicamente de un episodio religioso ni de un símbolo trascendente; es, en su raíz más cruda, la manifestación de una violencia estatal que se ejerce sobre un cuerpo que desborda las estructuras de su tiempo. La cruz, antes que signo de redención, fue instrumento de escarmiento: una pedagogía del terror que el Imperio utilizaba para disciplinar a quienes amenazaban el orden.
Pero lo verdaderamente perturbador no es la muerte, sino la vida que la precede. Jesús no fue un teórico del poder, sino su interrupción. Su práctica —porque en él todo es praxis— consistió en una forma radical de comunidad que desafiaba las lógicas de acumulación, pureza y jerarquía. Se sentó con los impuros, tocó a los enfermos, compartió mesa con prostitutas y marginados, no como gesto asistencial, sino como afirmación ontológica: ahí, en los cuerpos despreciados por la ley, también habita lo sagrado. En ese sentido, su figura puede leerse, desde una clave contemporánea, como una crítica anticipada a toda forma de exclusión estructural.
Hay, en su gesto, una dimensión que incomoda incluso a las lecturas progresistas más domesticadas: no propone simplemente una redistribución material, sino una desarticulación simbólica del privilegio. La riqueza, en su discurso, no es solo injusta; es incompatible con la vida plena. El Reino que anuncia —y aquí reside su potencia política— no es un más allá compensatorio, sino una irrupción que subvierte el orden presente: los últimos primero, los pobres en el centro, los invisibles como medida de lo humano.
Su relación con lo invisible tampoco puede reducirse a la ortodoxia posterior. Jesús actúa con una inmediatez que bordea lo que el poder religioso de su tiempo habría considerado sospechoso: cura sin mediación, perdona sin autorización, transforma sin rito. Para algunos, milagro; para otros, hechicería. En ambos casos, lo decisivo es que su acción desplaza a la institución y restituye al cuerpo —al cuerpo herido, al cuerpo excluido— como lugar de revelación.
Por eso su destino no podía ser otro que la cruz. No porque buscara la muerte, sino porque su vida hacía inviable la estabilidad del sistema. La Pasión, leída desde esta perspectiva, es la condensación de una lógica que atraviesa la historia: el poder que decide, la multitud que observa, el inocente que resulta intolerable. No es un episodio cerrado, sino una estructura que se reactualiza cada vez que un cuerpo es expuesto, cada vez que la diferencia se convierte en amenaza.
Admirar a Jesús, entonces, no es repetir su nombre, sino reconocer la radicalidad de su gesto. Es aceptar que en él hay una ética que no se deja domesticar ni por el mercado ni por la institución. Una ética que, aún hoy, desde los márgenes, sigue pronunciando una pregunta incómoda: ¿qué orden puede sostenerse cuando los últimos ocupan el centro?
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