Las matracas que rompían el silencio apenas movido por los gritos de los alcaravanes que se cruzaban en los caminos como presagios de mala suerte decían los de antaño, anunciaban los días de guardar así como los oficios religiosos de la cristiandad que la mayoría del pueblo practicaba y que salvo los “evangelistas” que en este tiempo se ocultaban para impedir cualquier enfrentamiento en aquellas calles vacías, no sé si por obligación precautoria o también por el sol inclemente que durante toda la semana llamada santa, caía inmisericordemente sobre los pocos que se atrevían a salir, sobre todo sobre las mujeres enfundadas en sus huipiles y faldas negras que ni el acompasado paso de sus pies descalzos lograban mover el calor acrecentándolo aún más y al vaho que desde el mismo suelo salía en un adelanto del fuego eterno que aguardaba a quien se atreviera a romper con la vigilia obligada. Se podía oler el silencio en la cera derretida, el incienso ofrecido, en aquellas grandes mantas moradas que cubrían a los centuriones apenas semi descubiertos por los huaraches nuevos cargados de estoperoles que hacían aún más temibles sus pasos y su parsimonia cargando al santo entierro por las solitarias y polvorientas calles cual Luvina Rufiana, los dolorosos cantos de “perdona a tu pueblo señor” que la abuela Toña, mi vieja y las mujeres de la vela perpetua flanqueadas por los que desde entonces éramos los asistentes en calidad de monaguillos, con una bajo sotana negra y un corpóreo blanco prístino a fuerza de lejía y bolita aquel arbusto que en mala hora casi se extinguió por el depredador detergente que ensució nuestro río de las nutrias y el arroyo de nuestro barrio el añorado Niza Luubá.
Los perífonos del barrio enmudecían en la diáspora de los anuncios matutinos de comidas, felicitaciones,
onomásticos y obituarios porque la muerte también pasaba, apenas roto por las constantes melodías y
sinfonías clásicas en la estación de radio local que sin anuncios ni la voz de los locutores tan bien conocidos que a la población lejana a esas escuchas llamaban “música de muerto” y que años después cuando regresaba para llevarme los recuerdos que se habían quedado, Mónica mi hermana de destinaje me pedía que pusiera aun en plena época decembrina por el gusto que le tomó a Bach, Beethoven o al Mesías de Händel y que los fuertes nortes de invierno me llevaban a esos recuerdos. El padre Paco con su voz nasal y grave trataba de transmitir las más encumbradas homilías cuando aún los sacerdotes
oficiaban de espaldas a la feligresía, en latín y en la liturgia más tradicional que años más tarde con el
cambio de oficiar y de predominar al menos en la diocésis de Tehuantepec la teología de la liberación y
la opción por los pobres encabezada por mi Tata Lona, pasó a ser “el cismático” oficiando para no poca gente en el más completo clandestinaje asistido todavía por algunos años por don Pipo el viejo sacristán de la capilla de Guadalupe que es el lugar de culto aun hoy día en la zona conocida como la Estación en mi añorado San Jerónimo Ixtepec.
Aun con el clima de silencio y recogimiento y con los respectivos pellizcos maternos, la chamacada no
evitamos los gritos, celebraciones y la alegría al salir de la capilla para detenernos en los puestos de
comida, dulces, aguas y objetos religiosos que las mujeres de la unión de mujeres católicas, la UFCM,
que mi viejo ante las rabietas de mi abuela y la sanción educada pero contundente de mi madre, llamaba la “unión de mujeres malas” y que después de quitarse el atuendo que representaba de apóstol bastante
fidedigna al menos físicamente tal vez por aquel pasado familiar sefardí converso, en la escenificación
exprofeso en que la mayor parte de su participación era de hacer maldades a los otros circunspectos
actores momentáneos, compartía con nosotros aquellas tortas de pan francés con atún, los deliciosos
dulces de coco y la llamada caca de burro que son deliciosos panes bollos con azúcar blanca y colorada.
Nada de correr o gritar, mucho menos de ir a algún balneario y en los casos más recalcitrantes ni bañarse al menos en viernes santo para “no bañarse en la sangre de cristo” y el sábado si mojarse con todo lo liquido que encontrabas a la mano.
Hoy en estos aciagos tiempos que corremos, aun cuando las estadísticas nos dicen que, si bien sigue
siendo mayoritaria la identificación de la población nacional con el catolicismo, también señalan que las
prácticas religiosa, rituales y tradiciones han disminuido significativamente y hoy la población sufre otras tribulaciones bastante graves como la inseguridad, la violencia, los asesinatos, los feminicidios, las desapariciones que ahora conforman el vía crucis actual que de las pocas cosas que se pueden aplicar tal vez sea la primera palabra de Jesús crucificado pero que a fuerza de sufrir los embates de los malos tal vez sea: Ni perdón ni olvido, amén.
Gerardo Garfias Ruiz
[email protected]
El artículo Añoranzas y tragedias apareció primero en Quadratín.