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CódigoQro 10 Mar, 2026 04:00

¡Atrapados en el desierto!

Desde Dubái, Isabel Armendáriz relató cómo 56 connacionales vivieron horas de incertidumbre al permanecer varados en un hotel, entre la suspensión de vuelos y las constantes alertas por drones y misiles Tras el ataque de los Estados Unidos e Israel en contra de Irán, el sábado 28 de febrero, el Gobierno del Estado de Querétaro reportó que 114 queretanas y queretanos se encontraban en Medio Oriente: cuatro en Abu Dhabi, 21 en la India, una en Israel y 88 en Dubái; entre estos últimos estaba Isabel Armendáriz. Tuve contacto con ella vía Whatsapp; antes que nada, le expresé mi pesar de que estuvieran, ella y su familia -Rafael Fernando, su esposo; Fernando, su hijo; Renata y Calixto- viviendo esa pesadilla. Enseguida expuse la importancia de dar a conocer, de viva voz, lo que estaban experimentando, no solo la sucesión de hechos, sino las emociones que los fueron acompañando. Ella contó que 56 queretanos estaban varados en Dubái, en el mismo hotel; el gobierno no se estaba haciendo cargo de sus gastos de hotel ni de transporte. Las operaciones en el aeropuerto habían sido suspendidas por los ataques y salir por tierra y cruzar el desierto resultaba muy peligroso; tampoco podían ir vía marítima. Los ataques con drones eran continuos. También narró cómo los cánticos en árabe, en medio de las alertas de misiles, se escuchaban por toda la ciudad, lo que les estremecía; y cómo, cuando una noche salieron a respirar un rato, pudieron oír perfectamente un misil que cayó cerca del Burj Khalifa -considerado el rascacielos más grande del mundo- por lo que tuvieron que correr al refugio. Hasta tres veces al día se registraban avisos de misiles: "Alerta de emergencia. Debido a la situación actual, existe una amenaza potencial de misiles. Por favor, busque refugio inmediato en un edificio seguro, lejos de ventanas, puertas y áreas abiertas. Espere instrucciones oficiales (Ministerio del Interior)."; solo salían a comprar algunas cosas (reservas de agua), o para lavar ropa. A continuación Isabel narra cómo fue que el viaje tan largamente esperado, en el que suponían podrían olvidar por unos días la violencia y el miedo que se vive en México por la guerra contra el narcotráfico, los llevó a estar atrapados en el desierto, en otra guerra y en un destino considerado como de los más seguros del mundo. El desierto del Emirato de Dubái parecía infinito aquella tarde. Las dunas doradas se movían como olas silenciosas bajo el viento, y el cielo tenía ese azul inmenso que solo existe en los lugares donde la arena domina el horizonte. Éramos veintiséis personas en aquel convoy de camionetas que avanzaba lentamente por el desierto. Un grupo de turistas mexicanos —varios queretanos, entre ellos nosotros—habíamos venido a vivir la experiencia del safari en las dunas, sin imaginar que aquel paseo se convertiría en algo muy distinto. Al principio todo era emoción y risas. Los guías conducían con una destreza impresionante, subiendo y bajando por las dunas como si el desierto fuera un océano de arena. Algunos gritaban de emoción cada vez que la camioneta se inclinaba peligrosamente hacia un costado. Otros tomaban fotografías del atardecer que comenzaba a teñir la arena de naranja y rojo. Pero había algo extraño. Los guías hablaban poco. Demasiado poco. Entre ellos se comunicaban en árabe por radio, con frases cortas y rápidas. Cuando alguno de nosotros preguntaba qué decían, respondían con una sonrisa amable y una frase tranquilizadora: “Todo está bien”. Continuamos el tour. Nadie quiso insistir demasiado. Después de todo, estábamos en medio del desierto. La señal de teléfono había desaparecido hacía rato, algo que parecía completamente normal en ese paisaje remoto. Sin embargo, en una de las paradas para ver el atardecer, uno de los viajeros logró captar por unos segundos una notificación en su celular antes de que la señal volviera a desaparecer. Lo que alcanzó a leer nos dejó helados : “Ataque con misiles de Irán… tensión en la región…”. Pensamos que era un error, una noticia vieja o mal interpretada; pero los guías seguían actuando con un hermetismo cada vez más evidente. No confirmaban nada. No negaban nada. Continuamos el recorrido. La noche cayó sobre el desierto con una rapidez impresionante. Las estrellas aparecieron como un manto brillante sobre nuestras cabezas, mientras el campamento beduino del tour iluminaba con lámparas cálidas. Parecía un escenario de película: alfombras en la arena, música árabe suave, té caliente. Pero el ambiente ya no era el mismo. Las conversaciones se llenaron de rumores, de preguntas, de suposiciones. — ¿Será verdad lo de los misiles? — ¿Habrá guerra? — ¿Qué está pasando en Dubái? Nadie tenía respuestas. No fue sino hasta el final del tour, cuando regresamos a la ciudad y recuperamos señal en los teléfonos, que entendimos la dimensión de lo que ocurría. Las noticias eran claras. La región estaba en tensión por ataques con misiles de Irán. Lo que había comenzado como un viaje turístico se había transformado, sin que lo supiéramos, en el inicio de una experiencia completamente distinta. Hoy se cumplen ocho días desde entonces. Ocho días desde que quedamos atrapados en Dubái. No solo nosotros veintiséis. En total somos setenta y seis queretanos que permanecemos aquí esperando noticias, esperando vuelos, esperando que algo se resuelva. Las emociones son difíciles de explicar. Hay momentos de tranquilidad, cuando el mar del Golfo parece en calma y la ciudad sigue funcionando como si nada pasara. Pero también hay momentos de incertidumbre profunda, cuando las noticias vuelven a recordarnos que estamos en medio de una región en conflicto. Extrañamos nuestras casas. Extrañamos la certeza de la normalidad. Y también sentimos algo que nunca imaginamos experimentar tan lejos de México: una enorme necesidad de saber que alguien está pendiente de nosotros. Hasta ahora, el único que ha logrado mover realmente las cosas es el gobernador de Querétaro, quien ha estado gestionando que el rescate y la evacuación de los queretanos se concrete. Cada llamada, cada mensaje que llega con noticias de esas gestiones, se convierte en una chispa de esperanza. Porque después de ocho días, uno entiende algo claramente: La arena del desierto es hermosa cuando es parte de una aventura... pero se vuelve inmensa cuando lo único que quieres es volver a casa. Y, mientras miramos nuevamente el horizonte de Dubái, esperando que el rescate finalmente llegue, todos compartimos el mismo pensamiento silencioso: ¡que pronto podamos contar esta historia desde Querétaro! Durante años yo he soñado con un proyecto como la Universidad de las Mujeres: Nuria Varela
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