
Hasta hace poco, el peor enemigo de nuestra libertad era visible y estridente. El régimen que censuraba, el patrón que explotaba, el juez que encarcelaba. Sabíamos contra quién defendernos.
Hoy la amenaza es invisible y silenciosa. No apunta a nuestros gestos, voces o movimientos, sino a la mente y atrofiar nuestra voluntad. La retención mental inducida por estímulos de dopamina se ha convertido en una de las formas más eficaces de dominación.