Llegar a la vejez sin una vivienda propia puede convertirse en uno de los grandes problemas sociales de las próximas décadas. No porque todas las personas mayores vayan a quedarse sin casa, sino porque el modelo que durante generaciones vinculó jubilación, vivienda en propiedad y seguridad económica está perdiendo solidez. En buena parte de Occidente, una generación que durante su vida laboral pudo aspirar a comprar una vivienda enfrenta ahora un escenario distinto para sus hijos y nietos: alquileres elevados, empleos más inestables, menor capacidad de ahorro y una jubilación que deberá financiar más años de vida. La pregunta que empieza a incomodar a las sociedades desarrolladas es sencilla y profunda: ¿qué ocurrirá cuando una persona llegue a los 75 u 80 años y su principal ingreso sea una pensión, pero su vivienda siga dependiendo de un alquiler?
El problema no puede reducirse únicamente al precio de los alquileres. Es la combinación entre dos transformaciones históricas que avanzan simultáneamente: la población envejece y la vivienda se encarece. La OCDE proyecta que, en promedio, habrá 52 personas de 65 años o más por cada 100 personas de entre 20 y 64 años en 2050, frente a 33 en 2025 y apenas 22 en 2000. Eso significa que habrá proporcionalmente menos población en edad de trabajar para sostener sistemas de protección social que deberán atender a más jubilados durante períodos más prolongados.
La vivienda introduce una segunda presión. La OCDE advierte que la dificultad para acceder a una vivienda asequible afecta especialmente a personas con ingresos bajos o inestables, jóvenes, familias y también mayores. En 2026, la organización señaló que la crisis de asequibilidad responde, entre otros factores, al desequilibrio entre oferta y demanda, los costes de construcción, los tipos de financiación y una inversión insuficiente en vivienda social y asequible. Cuando una persona mayor depende casi exclusivamente de una pensión para pagar el alquiler, cualquier incremento de ese gasto puede transformar una jubilación ajustada en una situación de vulnerabilidad.
Europa ya ofrece una fotografía de esa tensión. Eurostat calcula que en 2025 el 7,7% de la población de la Unión Europea vivía en hogares donde los costes de vivienda representaban al menos el 40% de la renta disponible. En las ciudades, el porcentaje ascendía al 9,6%. Son datos generales, no exclusivamente de jubilados, pero muestran la magnitud de un problema que adquiere características particulares cuando desaparece el salario y la capacidad de aumentar los ingresos mediante el trabajo. Para una persona activa, un alquiler elevado puede significar cambiar de empleo o trabajar más horas; para un jubilado, las opciones suelen ser mucho más limitadas.
Aquí aparece una paradoja que definirá buena parte de este siglo. Las sociedades occidentales han conseguido prolongar la esperanza de vida, pero todavía están intentando construir las condiciones económicas y urbanas necesarias para que esos años adicionales sean vividos con seguridad. Vivir hasta los 85, 90 o más años puede ser una extraordinaria conquista sanitaria y social; también significa financiar dos o tres décadas después de la jubilación. Si durante ese período existe una hipoteca ya cancelada, el panorama es muy diferente al de quien continúa pagando un alquiler mensual. La vivienda deja entonces de ser solamente un lugar donde vivir y se convierte en uno de los principales activos de protección frente a la vejez.
La generación que llega a la jubilación con otra realidad
El cambio generacional es particularmente importante. En el pasado, comprar una vivienda podía formar parte relativamente natural del proyecto familiar de amplias capas de la población en determinados países. Hoy, para muchos trabajadores jóvenes, ese objetivo se ha retrasado o directamente ha quedado fuera de alcance en determinadas ciudades. El resultado puede ser una sociedad dividida entre quienes llegan a la vejez con un patrimonio inmobiliario y quienes llegan dependiendo principalmente de ingresos mensuales. Esa diferencia puede pesar tanto como el importe de la propia pensión. Dos jubilados con ingresos similares pueden tener niveles de seguridad completamente diferentes si uno posee su vivienda y el otro debe destinar una parte importante de su ingreso al alquiler.
El fenómeno también modifica la relación entre generaciones. Cuando la vivienda se convierte en un activo decisivo para la seguridad futura, la ayuda familiar adquiere una importancia creciente. Quienes heredan una vivienda o reciben apoyo para comprar pueden partir con una ventaja enorme frente a quienes no tienen ese respaldo. La consecuencia es una sociedad donde la riqueza familiar puede pesar cada vez más sobre las oportunidades individuales. El problema deja de ser exclusivamente cuánto gana una persona y pasa a ser qué patrimonio pudo construir su familia antes de que los precios inmobiliarios se distanciaran de los ingresos.
Existe además una dimensión de género que no debería ignorarse. Las trayectorias laborales diferentes, los períodos dedicados al cuidado familiar y las diferencias acumuladas de ingresos pueden traducirse en pensiones distintas. La OCDE señala que las diferencias de ingresos en la vejez están vinculadas también a las trayectorias laborales y que la pobreza durante la jubilación tiende a aumentar con la edad y es mayor entre las mujeres que entre los hombres. Esto significa que el problema de la vivienda puede resultar todavía más delicado para mujeres mayores que llegan a la jubilación con ingresos reducidos y sin patrimonio inmobiliario suficiente.
La soledad agrega otra capa al problema. Envejecer sin vivienda estable no significa únicamente enfrentar una dificultad financiera: puede implicar mudanzas constantes, alejamiento de redes familiares, pérdida de vínculos vecinales o dependencia creciente de servicios públicos. La OCDE ha advertido que muchas viviendas no están suficientemente adaptadas para que las personas puedan permanecer en ellas a medida que envejecen, y que la financiación pública para realizar esas adaptaciones sigue siendo insuficiente en numerosos lugares. Envejecer bien no consiste solamente en tener una pensión: también significa disponer de un entorno accesible, seguro y conectado con servicios esenciales.
El desafío obliga a reconsiderar qué significa realmente prepararse para la jubilación. Durante décadas, ahorrar dinero y acumular una pensión fueron presentados como los grandes pilares de la seguridad futura. En el nuevo escenario, esa ecuación parece más compleja. También importan la vivienda, la salud, las redes familiares, la accesibilidad urbana y la posibilidad de permanecer en la propia comunidad. El debate sobre las pensiones, por tanto, no debería desarrollarse separado del debate sobre vivienda. Una pensión que parece suficiente cuando no existe alquiler puede resultar insuficiente cuando el hogar debe destinar una tercera parte o más de sus ingresos a mantener un techo.
El problema no tiene una solución única ni afecta de la misma manera a todos los países occidentales. Los sistemas de pensiones, niveles de propiedad, mercados inmobiliarios y políticas sociales son muy diferentes. Pero existe una tendencia común: la combinación de envejecimiento demográfico y vivienda cara obliga a repensar el concepto de seguridad económica durante la vejez. La OCDE sostiene que los sistemas de pensiones están sometidos a una presión creciente y que las respuestas deberán equilibrar suficiencia de las prestaciones y sostenibilidad financiera. Esa discusión será inevitable, pero también insuficiente si no se considera cuánto cuesta vivir después de abandonar el mercado laboral.
La pregunta que queda sobre la mesa es incómoda porque afecta a personas que todavía están lejos de la jubilación. ¿Puede una sociedad considerarse verdaderamente próspera si sus ciudadanos viven más años, pero una parte creciente llega a esa etapa sin patrimonio suficiente para garantizar una vivienda? La vejez del futuro no se definirá únicamente por la medicina disponible o por el importe de una pensión. Se definirá también por algo tan básico como tener un lugar estable donde vivir. El gran desafío de Occidente será conseguir que la longevidad no se convierta en una nueva fuente de desigualdad y que llegar a los 80 años no implique descubrir, demasiado tarde, que la seguridad económica de toda una vida dependía de un activo que nunca se pudo comprar. @mundiario