
Por Mohamed A. El-Erian, Project Syndicate
FILADELFIA- El nombramiento de Kevin Warsh como sucesor de Jerome Powell en la presidencia de la Reserva Federal de los Estados Unidos generó una previsible oleada de especulaciones, centradas en una única pregunta concreta: ¿cuánto presionará por una bajada de tipos de interés? Pero por más entretenida que sea la conjetura, los árboles no están dejando ver el bosque. El énfasis excluyente en los tipos de interés implica no comprender la situación de la Fed y la magnitud del desafío que aguarda a su próximo presidente.
Warsh hereda una institución que como nunca en la historia, padece una profunda fractura interna y carece de credibilidad externa. No hay que ir muy lejos para encontrar pruebas de ello. Las actas de la última reunión del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) para la determinación de la política monetaria parecen un glosario de cuantificadores («unos pocos», «algunos», «varios», «cierta cantidad», «muchos» y «la gran mayoría»), que indican una dispersión de opiniones inusualmente amplia en el organismo.
Esta fricción interna es reflejo de un panorama económico complejo, en el que ambos componentes del «doble mandato» de la Fed (estabilidad de precios y máximo empleo) están bajo presión y los miembros del FOMC tienen distintas sensibilidades al respecto. También refleja cierta actitud defensiva, provocada por los ataques del presidente de Estados Unidos Donald Trump contra la Fed, que se intensificaron durante su segundo mandato.
Además, los miembros de la Fed son conscientes de las persistentes críticas sobre el modo en que manejaron el aumento de la inflación en 2021: por considerarlo «transitorio» durante demasiado tiempo, contribuyeron sin quererlo a la crisis de poder adquisitivo actual. Últimamente la Fed está obteniendo algunas de las puntuaciones más bajas de su historia en las encuestas de confianza.
En estas condiciones, la persona designada para suceder a Powell (quienquiera que fuera) necesitaría tiempo para establecer su autoridad, crear consenso y restaurar la credibilidad y la reputación de la institución. Warsh ya fue parte de la junta de gobernadores de la Fed y tiene demasiada experiencia e inteligencia como para intentar presionar al FOMC para que baje los tipos de interés por motivos políticos. Pero incluso si lo deseara, la estructura del comité se lo impediría: el presidente de la Fed es un «primus inter pares» en el FOMC, sin derecho formal a veto. Y cuesta imaginar al FOMC aprobando sin discusión una bajada de tipos errónea.
Warsh tal vez pueda persuadir a sus colegas para que adopten una postura más flexible de cara al futuro; por ejemplo, destacando los riesgos en el mercado laboral y la promesa de que la inteligencia artificial impulse un aumento de la productividad que pueda incrementar el «límite de velocidad» no inflacionario de la economía. Pero que lo haga, o no, sólo respondería a una de las preguntas centrales sobre su liderazgo. En última instancia, el éxito de la «Fed de Warsh» se medirá no sólo por el tipo de interés de referencia, sino también por llevar adelante una revisión de mecanismos operativos obsoletos y reforzar los fundamentos de la política que sigue en relación con el balance.
En los últimos años la Fed cometió repetidos errores analíticos y de pronóstico, además de fallos de supervisión y desvíos respecto de los objetivos de la política monetaria. Una de las razones es su excesiva dependencia de los datos, una postura fundamentalmente reactiva y por tanto incompatible con la visión estratégica prospectiva necesaria para diseñar políticas que actúan con retraso.
Para mejorar el desempeño de la Fed y restaurar la confianza en su criterio, Warsh tendrá que encarar una larga lista de problemas. La estructura y los procedimientos del FOMC lo hacen susceptible al «pensamiento grupal», y la institución ha experimentado un desplazamiento de objetivos. La comunicación del organismo (sobre todo en la rueda de prensa que sigue a cada reunión de política monetaria) ha generado muchas veces confusión, en vez de ofrecer la claridad necesaria para que las indicaciones sobre la «orientación futura» sean eficaces. Su rendición de cuentas pública es insuficiente, y sus modelos analíticos necesitan una renovación. No ayuda en esto el hecho de que varios altos funcionarios hayan renunciado a sus puestos por acusaciones (no probadas) de irregularidades financieras.
Warsh se refirió a muchas de estas cuestiones en forma explícita, incluso en su disertación para el G30 de abril del año pasado. Ahora es el momento de que les dé respuesta directa. Su éxito determinará no sólo la eficacia futura de la Fed, sino también su independencia política, en un momento en que la economía estadounidense se debate entre los beneficios de la innovación y un legado de altos niveles de endeudamiento, déficit y desigualdad.
Otro elemento central de la agenda de Warsh debe ser el balance de la Fed. Desde la crisis financiera global de 2008, la Fed registró una importante expansión de su presencia en el mercado, que creció de más o menos un billón de dólares antes de la crisis a nueve billones en el punto máximo alcanzado en 2022. Esto contribuyó a un aumento de la desigualdad de riqueza y generó inquietudes (que Warsh y yo compartimos) sobre la interferencia del banco central en los mercados y las ineficiencias que eso provoca en la asignación de recursos en la economía.
No quiere decir esto que Warsh deba limitarse a reducir el balance de la Fed. Más bien, la Fed debe definir una «teoría del balance». Igual que los economistas debaten sobre el tipo de interés «neutral» (r*), la Fed necesita un marco más claro respecto de lo que constituye un nivel neutral o de equilibrio en sus intervenciones en el mercado mediante operaciones de balance.
Sospecho que la respuesta interna al liderazgo de Warsh será similar a la acogida que tuvo su disertación para el G30. Cuando terminó, el presidente del G30, Raghuram G. Rajan, profesor de la Universidad de Chicago, ex economista principal del Fondo Monetario Internacional y ex gobernador del banco central de la India, señaló estar básicamente de acuerdo con las afirmaciones de Warsh. Si Warsh consigue ganarse al personal y a la dirección de la Fed con la misma eficacia, bien podría ser que la era Warsh traiga consigo muy esperadas reformas y un regreso a la excelencia institucional. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Traducción: Esteban Flamini
Mohamed A. El-Erian, ex rector del Queens’ College en la Universidad de Cambridge, es profesor de práctica en la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, donde también es senior global fellow del Instituto Lauder. Es asesor económico principal en Allianz, presidente de Gramercy Funds, autor de The Only Game in Town: Central Banks, Instability, and Avoiding the Next Collapse (Random House, 2016) y coautor (con Gordon Brown, Michael Spence y Reid Lidow) de Permacrisis: A Plan to Fix a Fractured World (Simon & Schuster, 2023).