En Flamingos: la vida después del meteorito, el director Lorenzo Hagerman convierte 700 días de filmación en un relato poético sobre la colectividad animal. Narrado por Julieta Venegas, el documental observa el ciclo vital de los flamencos en Yucatán para trazar un símil con las relaciones humanas. Entre la crianza compartida y la amenaza del cambio climático, la cinta invita a reflexionar sobre nuestra propia naturaleza comunitaria
Texto: Andi Sarmiento
Foto: Especial
CIUDAD DE MÉXICO. – Flamingos: la vida después del meteorito es un documental del director mexicano Lorenzo Hagerman que, a pesar de haberse estrenado recientemente, tomó 700 días de filmación. Está situado en el norte de Yucatán, región donde es posible visualizar flamingos y estudiarlos para comprender sus dinámicas de vida, las cuales se sostienen por lo comunitario y funcionan como un símil para explicar también las relaciones humanas.
Narrado por la cantante Julieta Venegas, el filme nos adentra en todo un relato sobre la vida de esta especie, contado con un tono que suena más poético que científico. Así, vamos observando el ciclo natural de los animales, desde el nacimiento hasta la muerte; vemos que su supervivencia es gracias a la colectividad y que parte de su comportamiento está ligado no solo al nuestro sino al resto de especies, recordándonos esa parte animal que a veces olvidamos que poseemos.
Para empezar, la cinta nos enseña cómo sus procesos migratorios influyen en la manera en la que ejercen sus necesidades básicas y viceversa.
Los flamencos son animales que se mueven en bandada, es decir, no existen independientemente, sino que actúan para el resto, siendo siempre la prioridad la protección de las crías. Habitan en zonas húmedas y son aves voladoras, fundamental para su supervivencia, ya que son una presa fácil dentro de su entorno; por lo que su capacidad de volar y de ubicarse dentro del agua les defiende de múltiples depredadores.
Se aparean una vez al año, poniendo solamente un huevo por pareja; de ahí la importancia de preservar la integridad de las crías. A diferencia de otras especies donde la reproducción es más masiva y la madre puede deslindarse al parir, en este caso, al igual que con las personas, es fundamental para la preservación de la especie que la única generación de cada año se conserve lo más posible.
Esto ocurre cuando los niveles de agua descienden y les es posible construir sus nidos, que no son más que sólidas construcciones de lodo que duran el tiempo exacto necesario para que los bebés puedan ser autosuficientes; cuando alcanzan ese punto, es el mismo momento en que comienzan a aumentar los niveles de agua, la cual inunda los nidos y, por lo tanto, indica que es momento de migrar.
El tiempo de la incubación hasta el nacimiento es de aproximadamente un mes, periodo en el cual tanto el macho como la hembra se turnan para sentarse sobre el huevo; su crianza es algo mutuo.
Luego de romper el cascarón, los polluelos duran algunos días en el nido para después salir de este y explorar a su alrededor; entonces no solo conviven con otros de su edad, sino que también comienzan a aprender sobre el mundo y su existencia con ayuda de otros flamencos mayores.
Los adultos se organizan de modo que los bebés no queden nunca solos hasta que aprendan a volar; mientras unos van por comida, otros quedan a cargo del cuidado y la enseñanza, lo mismo que sucede con las personas. Ante una crisis o cualquier situación que impida a los padres estar con sus hijos, se forman estas dinámicas que funcionan como una guardería, siendo todos los adultos los encargados de la formación y protección de los pequeños, sin perder el vínculo principal entre madres y sus crías.
La comunidad no avanza hasta que toda haya aprendido a volar. Posteriormente, los flamencos de esta nueva generación se convierten en adultos y son ellos quienes empollarán, guiarán y protegerán a los futuros polluelos. Así, el ciclo natural se repite, preservando su existencia.
Lo que vemos es el equilibrio funcional de la naturaleza. Todo coexiste de una manera en que pareciera que es una obra planeada; la flora y la fauna se coordinan en tiempo y en rutina. Cada parte se respeta entre sí de modo que tanto seres vivos como elementos inertes logran prevalecer durante los años sin sobrepoblarse; existen en una rutina ideal que les permite desarrollarse adecuadamente.
Asimismo, la cinta es también una crítica y una reflexión sobre cómo la crisis climática está afectando los ecosistemas de la región.
El balance se ha visto perjudicado debido a los problemas de cambio climático que se han dado a nivel global durante las últimas décadas. Los megaproyectos, las grandes empresas, la sobreexplotación de recursos y las guerras, así como el estilo de vida general de los humanos, han intervenido en los ciclos naturales de la biodiversidad, impidiendo que las especies habiten como lo han hecho durante siglos.
Les ha tocado adaptarse a las nuevas condiciones, lo cual es un proceso normal de todos los seres vivos; sin embargo, lo que no es natural es la voracidad y rapidez con la que estos cambios se están dando, impidiendo que la adaptabilidad —que suele lograrse durante años— sea insuficiente para la permanencia íntegra de las especies.
Visibilizar filmes como este es necesario dada la época en la que nos encontramos, en donde estamos experimentando las consecuencias de la sobreexplotación que hemos ejercido sobre la naturaleza y que van en aumento cada año. La narrativa de este documental llama a la sensibilización del público; más que la divulgación científica, se busca generar la empatía que desate una lucha por un cambio.
Flamingos: la vida después del meteorito está disponible en la Cineteca Nacional de las Artes y en la Cineteca Nacional de Chapultepec.
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