Durante años, la calidad del aire se ha abordado principalmente como un problema de cada ciudad. Tráfico, industria, calefacciones o actividad portuaria son algunos de los factores que explican las emisiones locales. Sin embargo, el comportamiento de la atmósfera demuestra que esa visión resulta cada vez más limitada.
El ozono troposférico es uno de los mejores ejemplos. No se emite directamente como otros contaminantes, sino que aparece cuando determinados compuestos reaccionan en la atmósfera bajo temperaturas elevadas y una fuerte radiación solar. Entre esos precursores se encuentran sustancias relacionadas con el tráfico, los combustibles fósiles y distintas actividades industriales.
El problema es que esas sustancias no permanecen necesariamente donde fueron emitidas. Las masas de aire pueden desplazarlas durante cientos o incluso miles de kilómetros. Por eso una ciudad puede registrar un episodio de mala calidad del aire aunque una parte importante de las emisiones responsables se haya producido fuera de su territorio.
El análisis de Copernicus apunta a una dimensión global: hasta el 15 de septiembre, alrededor del 40% de la población mundial había estado expuesta durante 2026 a concentraciones extremadamente altas de ozono.
España queda especialmente expuesta durante los episodios de calor
Europa tampoco está al margen. El informe señala que aproximadamente la mitad de la población europea estuvo expuesta este año a niveles malos, muy malos o extremadamente malos de ozono.
España aparece entre los territorios europeos con mayor exposición, especialmente en zonas mediterráneas y en el valle del Guadalquivir. La explicación está relacionada con una combinación especialmente favorable para la formación de este contaminante: temperaturas altas, abundante radiación solar y presencia de los compuestos químicos necesarios para desencadenar las reacciones.
Aquí aparece una de las cuestiones más relevantes del análisis. Europa ha reducido desde 2005 las emisiones de varios de los precursores del ozono, pero esa mejora no se ha traducido en una reducción equivalente de las concentraciones de ozono.
El fenómeno demuestra que reducir las emisiones sigue siendo necesario, pero no garantiza por sí solo una respuesta inmediata en el aire que respira la población. La meteorología, el transporte de contaminantes y el aumento de las temperaturas introducen variables que complican el resultado.
El cambio climático añade además presión al problema. Las olas de calor crean condiciones favorables para que aumente el ozono precisamente cuando la población está sometida a temperaturas más extremas.
Incendios y polvo convierten episodios locales en problemas regionales
Los incendios forestales ofrecen otro ejemplo de esta misma dinámica. El humo puede contener partículas finas, óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos que se desplazan con el viento y terminan afectando a poblaciones alejadas del frente del fuego.
Eso explica por qué un incendio puede convertirse en un problema de calidad del aire para territorios situados a cientos de kilómetros. El fenómeno tampoco se limita a Europa: las masas contaminantes generadas por grandes incendios pueden cruzar océanos.
El polvo del Sahara sigue una lógica parecida. Millones de toneladas de partículas minerales entran cada año en la atmósfera y algunas de ellas llegan hasta Europa atravesando el Mediterráneo. España, por su posición geográfica, está especialmente expuesta a estos episodios.
Hasta septiembre de 2026, doce de las veinte ciudades europeas de más de 250.000 habitantes con más alertas por polvo eran españolas. Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife encabezaban esa relación, mientras que también aparecían Córdoba, Sevilla, Málaga, Murcia, Granada, Alicante, Valencia y Vigo.
El dato permite entender que la contaminación atmosférica no depende únicamente de lo que ocurre dentro de una ciudad. El aire funciona como un sistema conectado y sus efectos tampoco respetan fronteras administrativas.
La consecuencia es clara: combatir estos episodios exige reducir las emisiones locales, pero también mejorar la coordinación entre territorios y anticiparse mediante sistemas de vigilancia capaces de detectar con tiempo la llegada de masas contaminadas. En un escenario de temperaturas cada vez más elevadas y episodios extremos de incendios y polvo, conocer de dónde viene la contaminación será tan importante como saber dónde se ha producido. @mundiario