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Pie de Página 14 Mar, 2026 22:01

El Gran Israel: ambición geopolítica y delirio religioso

El reciente ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán no es un hecho aislado, sino un paso más en el plan del Gran Israel: la expansión territorial bíblica que busca establecer la hegemonía total de Israel en Oriente Próximo. Esta ambición geopolítica, que cuenta con el respaldo de Washington para asegurar su dominio global, se entremezcla peligrosamente con un fanatismo religioso que ve en el conflicto el detonante del Apocalipsis.

Por Saúl Sánchez López / Pop Lab

La creación de un Estado judío jamás fue concebida como un fin en sí mismo, sino como el comienzo de un proyecto irredentista a gran escala. En el imaginario sionista, el Gran Israel —es decir, la expansión territorial desde el Nilo hasta el Éufrates según la Torá (lo que vendría a ser gran parte de Oriente Próximo)— es el objetivo utópico hacia el que el Estado israelí ha venido avanzando, lenta pero irrefrenablemente.

El ataque perpetrado conjuntamente por Israel y Estados Unidos contra Irán no tiene otra explicación si no es en esta lógica de una gran estrategia. En geopolítica, una “gran estrategia” (grand strategy) es mucho más que un plan general, amplio o ambicioso; se trata de un proyecto a muy largo plazo que implica un conjunto de acciones y pautas a seguir a través del tiempo para garantizar la seguridad y prosperidad de un Estado, lo que incluye, especialmente, inclinar el balance de poder a su favor frente a Estados rivales. La intentona por derrocar al régimen iraní, establecido desde la Revolución Islámica de 1979, busca establecer definitivamente a Israel como la hegemonía indiscutible de la región, lo que contribuye también al dominio mundial de los EE. UU. y, por ende, del bloque occidental en su conjunto, en donde también entran aliados que no son geográficamente occidentales, pero que están occidentalizados y le son leales a Occidente, como Japón, Corea del Sur y el propio Israel.

Todo es parte de un mismo plan que ha pasado por desestabilizar a todos los países de la región que no se sometan a los EE. UU. (Irak, Afganistán, Siria…), valiéndose para ello de cualquier pretexto: armas de destrucción masiva, lucha contra el terrorismo, democracia, libertad, o ahora el nuevo hit, la prevención de una supuesta bomba atómica. Respetando, en cambio, a sus aliados/vasallos del Golfo Pérsico, las llamadas «petromonarquías», en donde los Estados Unidos tienen —o mejor dicho, tenían— sendas bases militares. Es la misma estrategia de guerra proxydetonada en Ucrania para debilitar a Rusia, y que se replicará próximamente en los mares de China Oriental y Meridional, a través de los múltiples aliados, bases y tratados militares con que cuenta Estados Unidos en toda la zona Asia-Pacífico.

La diferencia del conflicto con Irán es que hay un inquietante trasfondo religioso que lo vuelve todavía más perturbador. Ha habido reportes de soldados estadounidenses afirmando que sus superiores les han dicho que Estados Unidos está librando una «guerra santa» y que el conflicto es parte del plan divino de Dios; otros, que la guerra contra Irán tiene como propósito detonar el Apocalipsis a fin de propiciar la segunda venida de Jesús (¡). Hay que señalar que el «aceleracionismo» es un pensamiento típico y muy enraizado en la extrema derecha estadounidense. Recientemente, Donald Trump fue grabado en el Despacho Oval participando en un rezo colectivo de un grupo de pastores evangélicos que pedían a Dios por él y por los soldados que luchan en la guerra. Además, altos mandos estadounidenses e israelíes han planteado públicamente el conflicto en términos de una guerra religiosa. Mike Huckabee, embajador de Estados Unidos en Israel, declaró en una entrevista para Tucker Carlson que «estaría bien si Israel tomara todo el Medio Oriente porque esa tierra le fue dada por Dios en la Biblia». Netanyahu también aludió a la Torá al comparar a Irán con los amalequitas, un antiguo enemigo bíblico de los judíos, a quienes Dios ordenó matar a cada hombre, mujer, niño y animal que les atacara.

Como si la relación entre Estados Unidos e Israel no fuera de suyo extrañísima, ahora se suma un componente propiamente judeocristiano. A diferencia de otros analistas, mucho me temo que esto va más allá de la simple propaganda de guerra. Creo que los tomadores de decisiones realmente están imbuidos de este paradigma de teología geopolítica. Además de una grosera legitimación religiosa, esta narrativa del fin de los tiempos, de la lucha del bien contra el mal, etcétera, forma parte de la ideología de diferentes lobbies poderosos en ambos lados del mundo, tanto del sionismo a secas como del llamado «cristianismo sionista» (como Israel 365 o Christians United for Israel).

No dejo de pensar cómo alguien en sus cinco sentidos puede creer que bombardear una escuela de niñas fomentará el regreso de Jesús, a no ser que fuera por coraje. Tan incongruente como un Estado judío que en la práctica aplica la doctrina del Lebensraum. Estados Unidos está otra vez en guerra, Israel quiere expandirse de nuevo… y Dios no los apoya (tal vez Satanás). ¡Malditos sean aquellos que causan muerte y destrucción en nombre de la fe!

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