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Vanguardia 07 Apr, 2026 05:00

De osos ideosos

De dos cosas era dueño don Ignacio Morelos Zaragoza: de un nombre cargado de patrióticas reminiscencias y de un hotel muy bueno en Monterrey. Una afición tenía además: era famoso cazador. El arte de San Huberto le inspiraba pasión exaltada, como podía verse por los trofeos venatorios que adornaban el vestíbulo de su hotel, su restaurante y su bar. Ahí se miraban cabezas disecadas de venado, de jabalí, de puma; se veían en lo alto de los estantes águilas de abiertas alas, gavilanes y halcones, lechuzas, garzas, toda suerte de aves caídas bajo la mira de su infalible escopeta.

Un trofeo mayor, sin embargo, poseía don Ignacio Morelos Zaragoza: era un gran oso negro, vivo, que mantenía en una jaula hecha con barrotes de hierro y puesta en el patio trasero del hotel. Ese oso lo había capturado muy pequeño el propio don Ignacio en una de sus cacerías por las montañas del norte de Coahuila. De osezno era manso y juguetón, pero al crecer se tornó muy peligroso, y hubo que encerrarlo.

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