Comienzan las contiendas. De una u otra manera, muchos se anticipan a los tiempos electorales. La búsqueda del poder parece no terminar y, detrás de cada nueva aspiración, quedan otros contendientes que sucumbieron en la batalla por alcanzar el puesto deseado.
La carrera del político difícilmente termina. Una vez conquistado un puesto, pareciera que comienza inmediatamente la búsqueda del siguiente o, por lo menos, del llamado premio de consolación. Mientras tanto, los electores en el estado esperan cada tres o seis años para escuchar una nueva colección de promesas que, con demasiada frecuencia, terminan siendo efímeras.
En este nuevo ciclo de toma y daca, las redes sociales desempeñan un papel fundamental. La ciudadanía recibe noticias verdaderas, imprecisas y falsas; aun así, permanece constantemente expuesta a información sobre los acontecimientos públicos. El problema es que, muchas veces, lo llamativo continúa imponiéndose sobre lo verdaderamente importante.
Existe, además, un elemento que ha cambiado las campañas en el estado: la memoria digital. El pasado de los aspirantes permanece en las redes sociales y puede reaparecer en cualquier momento. Declaraciones, promesas, decisiones y contradicciones pueden ser recuperadas años después. Por ello, resulta cada vez más difícil construir una imagen pública ignorando los antecedentes.
La cautela en las campañas electorales deberá ser, entonces, una prioridad. Una parte importante de la lucha política se desarrolla ahora en las plataformas digitales, donde las tendencias pueden marcar la conversación pública. Se trata de una herramienta poderosa, pero también capaz de distorsionar la percepción de determinados acontecimientos.
Quienes dispongan de mayores recursos, estrategias digitales, personal especializado e incluso granjas de bots podrán intentar alcanzar a un número considerable de electores e influir en la conversación digital. Basta observar plataformas como X para advertir la intensidad con la que actualmente se desarrolla el debate público.
Pero mientras la discusión política crece en las pantallas, los problemas de la ciudad permanecen en las calles.
Las carencias que enfrenta la ciudadanía son visibles, especialmente cuando las lluvias exhiben las deficiencias de colonias, avenidas y vialidades. Los ciudadanos toman fotografías, graban videos, denuncian y comparten diariamente lo que ocurre. Esas imágenes también forman parte de la memoria digital y difícilmente desaparecerán.
Hoy, después de las lluvias, vuelve a colocarse sobre la mesa una pregunta inevitable: ¿qué ha ocurrido con la planeación urbana?
Las calles, avenidas y vías urbanas son las arterias que permiten el funcionamiento de una ciudad. En una entidad con una importante actividad industrial y maquiladora, contar con vialidades funcionales resulta fundamental para trasladar trabajadores, mercancías, materias primas y productos.
Sin embargo, cuando unos minutos de lluvia son suficientes para cerrar circulaciones, generar grandes encharcamientos o complicar el tránsito, algo merece ser revisado. Lo mismo ocurre con aquellos pasos a desnivel que presentan problemas de acumulación de agua. Lo que debería representar una solución vial puede convertirse en un nuevo problema, en pleno 2026.
Las consecuencias pueden ser graves cuando una infraestructura insuficiente se combina con fenómenos meteorológicos intensos. Por ello, este es un buen momento para que quienes aspiren a ocupar cargos públicos presenten propuestas concretas.
Culpar únicamente a las administraciones anteriores no soluciona una calle inundada ni mejora una vialidad. La ciudadanía necesita conocer diagnósticos, proyectos, presupuestos, prioridades y plazos.
Entre los múltiples problemas que enfrenta la ciudad, atender los encharcamientos, las inundaciones y las deficiencias de la infraestructura vial merece una discusión seria. No solamente durante una campaña, sino como parte de una verdadera política de planeación urbana.
Los próximos aspirantes tendrán frente a ellos una oportunidad: convertir los problemas que todos conocemos en propuestas viables y, posteriormente, en resultados comprobables.
Porque después de tantas campañas, discursos y publicaciones en redes sociales, quizá la exigencia ciudadana pueda resumirse en unas cuantas palabras: Menos promesas y más hechos.