Vivimos una época de profundas contradicciones, donde la abundancia de información, lejos de iluminar nuestro camino, parece desdibujar el horizonte de lo que es cierto y necesario. La democracia, que construimos día con día, enfrenta hoy un asedio silencioso pero devastador: la erosión de la veracidad. No se trata solo de un fenómeno digital; es una crisis de confianza que amenaza la médula espinal de nuestra convivencia y la capacidad de tomar decisiones colectivas con claridad. Cuando la mentira se disfraza de dato y el estrépito oculta lo relevante, el ciudadano pierde dirección y la sociedad pierde cohesión.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha definido la infodemia como ese exceso de información —muchas veces falsa o engañosa— que inunda los entornos digitales y físicos. Este fenómeno no es una simple saturación; es un veneno que asfixia la capacidad de discernimiento. En momentos de crisis, cuando el país requiere de certezas para avanzar, la propagación de rumores y teorías sin sustento genera confusión y desconfianza en las instituciones. Es una debilidad que nos vuelve vulnerables.
La veracidad es el suelo común sobre el cual se edifica la libertad. Sin ella, el diálogo se rompe y el escepticismo se convierte en cinismo. Cuando el ciudadano llega a creer que “todo es mentira”, deja de participar, deja de exigir y, lo más grave, deja de creer en la posibilidad de un mejor futuro. La desinformación, con un claro y perverso propósito de inmovilismo, no solo engaña al intelecto, sino que paraliza la voluntad ciudadana.
Hoy asistimos a una nueva y sofisticada forma de manipulación que ya no busca prohibir la información, sino saturarla hasta volverla irrelevante. En la actual economía de la atención, el recurso más escaso es nuestra capacidad cognitiva para procesar la información. Como bien se ha señalado, una riqueza de información crea necesariamente una pobreza de atención. Actores con intereses específicos inducen una sobrecarga informativa para ocultar lo que verdaderamente importa: los asuntos fundamentales que definen el bienestar de nuestras familias y de nuestra sociedad.
El ruido mediático se alimenta de polémicas efímeras, debates identitarios que nos dividen y escándalos de diseño que desplazan de la agenda pública temas como la seguridad, la educación y la salud. Esta manipulación distractora fragmenta el espacio público en burbujas donde solo escuchamos lo que confirma nuestros prejuicios. Se nos ofrece un entretenimiento constante para evitar que nos concentremos en la rendición de cuentas. Es una forma de censura por saturación. Si no somos capaces de distinguir lo sustantivo de lo accesorio, nuestra soberanía como ciudadanos queda reducida a un simple clic en una pantalla.
El impacto de este ecosistema en la formación de nuestro criterio es alarmante. Ante la fatiga que produce el bombardeo incesante, el ser humano tiende a buscar refugio en lo conocido, en “los suyos”. Surge así la polarización afectiva, donde el adversario político deja de ser un competidor para convertirse en una amenaza moral. El criterio ya no se basa en la realidad, sino en la pertenencia tribal, porque se confía en lo que dice nuestra facción y se rechaza sistemáticamente cualquier argumento del otro lado, sin importar su validez.
Esta pérdida de autonomía cognitiva nos vuelve presas fáciles de la propaganda automatizada y de los algoritmos que priorizan la indignación sobre el entendimiento. Los medios de comunicación, presionados por la rapidez, muchas veces sacrifican la verificación en el altar de la inmediatez. El resultado es una sociedad fatigada, desinformada y dividida, donde la verdad se vuelve un bien de lujo que pocos tienen el tiempo o las herramientas para encontrar.
No podemos permitir que el desánimo se apodere de nuestra visión de nación. Mitigar los efectos de la infodemia y el ruido requiere de una acción decidida y multinivel que nazca del compromiso ético de cada uno de nosotros.
En lo individual, debemos cultivar una dieta mediática responsable. Es imperativo verificar antes de compartir, buscar al menos dos fuentes independientes y, sobre todo, practicar una alfabetización emocional que nos permita frenar el impulso de difundir contenidos que solo buscan exaltar el odio o el miedo.
La alfabetización mediática debe ser parte esencial de la formación de nuestros jóvenes. Enseñar a distinguir un hecho de una opinión y a entender cómo funcionan los algoritmos es tan vital hoy como lo fue aprender a leer y escribir en el pasado.
Reivindiquemos el periodismo de profundidad, aquel que aporta contexto y verificación. La sociedad debe apoyar a los medios que mantienen su compromiso con la ética y la verdad, pues ellos son los vigías de nuestra libertad.
La reconstrucción de nuestra democracia pasa necesariamente por la reconstrucción de nuestra confianza en la verdad. No es una tarea sencilla, pero es la labor más noble que podemos emprender. No permitamos que el ruido nos robe la capacidad de soñar y construir un país más justo. La veracidad no es un regalo que vendrá de fuera; es una conquista de nuestra propia voluntad y de nuestro esfuerzo cotidiano.
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