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Mundiario 12 Oct, 2026 01:22 (10 min de lectura)
Observatorio Neutral

La bola negra y sus carambolas

La bola negra y sus carambolas

Hace pocos días paseaba medio despistado por una céntrica calle de Valencia cuando pasé al lado de una conocida librería y hay algo inevitable. Cuando una tienda de libros se cruza en mi camino me es imposible no echar una ojeada a los escaparates y dar un vistazo a los libros que proponen, aunque sea de pasada o incluso de refilón, según la prisa. 

Pero ese día me quedé allí plantado, enfrente del escaparate, con los ojos como platos y sin dar crédito a lo que veía. Todos los libros allí expuestos eran de Federico García Lorca o hacían referencia a su vida o su obra. Allí estaban sus obras completas de poesía; estaba también todo su teatro recogido e incluso la prosa. Además, había un tropel de libros diversos de diferentes editoriales, con parte de su poesía, con sus piezas teatrales sueltas y no faltaban varias biografías, como la magnífica de Ian Gibson y un sinfín de libros más. 

Y, ¿por qué? Ya hacía más de un mes del aniversario de los 90 años de su asesinato, un dieciocho de agosto de 1936. Y ni siquiera en las fechas cercanas a aquel, se vio ninguna pasión desatada por la revisión de la obra de Lorca. ¿Cuál era el motivo, pues? 

La causa era, sin duda, lo que estaba a punto de suceder pocos días después de mi paseo por Valencia. La causa no era otra que el esperado estreno en España de La bola negra, la última película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, los Javis, 

Porque, probablemente, la primera de las múltiples carambolas en que se iba a enredar La bola negra, aún antes de su estreno, era que estaba consiguiendo desempolvar y sacar de los baúles la obra inmensa de aquel poeta tan nuestro y tan enorme, muerto hace casi un siglo, con tan sólo treinta y ocho años.

Y es que la película de estos jóvenes y brillantes directores españoles está absolutamente impregnada del poeta. De su vida, de su obra, de su muerte y también de su condición de homosexual. 

Y no lo está ya sólo porque el título de la película sea el de uno de los últimos proyectos inacabados de Lorca (la bola negra), sino porque abundantes pinceladas de su poesía y su teatro recorren, de principio a fin, la película de Calvo y Ambrossi. Y, aunque no es una película sobre Lorca y su homosexualidad, sí que recoge su legado artístico y su sufrimiento personal para convertirlo en bandera del propio sufrimiento, la negación, el olvido y la ocultación de la homosexualidad en la España del siglo XX. Una bandera queer que puede gustar más o menos pero que es la que los Javis han decidido enarbolar.

Para hacerlo, los Javis han escrito un guion junto a Alberto Conejero, autor de la pieza teatral La piedra oscura. Y con ese guion, los autores consiguen una de las mayores carambolas al enlazar esa obra teatral de Conejero y las escasas páginas de la bola negra de Lorca, en que se basa, con la recreación de lo que podría haber sido el desarrollo de la pieza incompleta de Lorca y la revisión de todo ello desde la época de nuestros días. 

Así, partiendo de las tres páginas de la obra inacabada de Lorca, Conejero construyó su pieza teatral, con una historia ambientada en 1937 que trascurre en un hospital militar durante la guerra civil española, donde se conocen, Sebastián, un perdido soldado del bando nacional, y un prisionero republicano, Rafael Rodríguez Rapún (personaje real, colaborador y amante de Lorca). Y en medio de la atracción que crece entre ambos, Rafael consigue que un manuscrito de Lorca, su bola negra, que teme sea destruido, pase a Sebastián y así pueda salvar su legado. 

Pero desde esa pequeña historia nuclear, los autores de la película, han construido un guion mucho más rico en el que se logra enlazar ese episodio de 1937 con otros dos que tienen lugar en 1932 y en 2017. De esa forma, por medio de vaivenes temporales, la trama retrocede hasta la Granada de 1932, en que, recreando la bola negra lorquiana, se nos presenta a Carlos, un joven homosexual (trasunto de Lorca) que es rechazado como miembro del Casino de la ciudad mediante el sistema de votación de bolas blancas y negras. La mayoría de bolas negras que recibe el muchacho explicitan el rechazo social al que se ve sometido como consecuencia de su homosexualidad. 

Y en otros momentos de la película, la acción avanza hasta el 2017, en que conocemos a Alberto, un historiador y dramaturgo abiertamente homosexual, que descubre un secreto familiar, el que guardaba su abuelo, al que nunca conoció y que no es otro que aquel Sebastián que ya vimos en 1937. De su abuelo Sebastián recibirá como herencia el manuscrito de la bola negra, que había conservado celosamente desde aquel año terrible. 

Tres episodios trabados, tres momentos de la historia española contemporánea cuyo nexo de unión son el recorrido por la homosexualidad en el siglo XX hasta nuestros días y la presencia constante de Lorca. 

Y con una nueva carambola los Javis enlazan la relación homosexual que asoma entre Sebastián y Rodríguez Rapún en 1937, con la idéntica pulsión que reprime Carlos en la Granada de 1932 y la que puede disfrutar de forma abierta Alberto con su pareja en la España de 2017, sin olvidar, como guinda, la relación secreta que Sebastián, ya maduro, mantuvo durante toda su vida con un hombre con el que decidió vivir. Una relación por la que abandonó a su familia, su mujer y su hija, y que mantuvo oculta hasta su muerte.

Los Javis nos hablan de esos amores ocultos, pecaminosos y secretos que han permanecido enterrados, demasiado tiempo. Como el mármol bajo la tierra, con el amor esculpido de Dafnis y Cloe, con el que tropezó un arado en la Granada de Lorca. Como el cadáver del poeta, aún desaparecido. Y es en nuestros días, en que por fin se han dejado de ocultar esos amores oscuros, cuando también, a la vez, se comienzan a desenterrar a los muertos republicanos que yacían tirados en cunetas, fosas y tapias de cementerios. 

Sin embargo, aún quedan otros muchos más en tumbas anónimas y ese cadáver aún oculto de Lorca sigue señalando machaconamente que, como el suyo, aún quedan demasiados por sacar de sus fosas sin nombre. Es por ello que Carlos, trasunto de Lorca, queda enterrado en Sierra Nevada, bajo una poética nieve que cae en verano, y que parece querer advertir del duro invierno y del tremendo silencio que comienza en aquella España de 1936. 

Esa nieve representa también el borrado de la memoria histórica y afectiva. La nieve lo cubre todo, borrando las huellas y sepultando el deseo (en especial el deseo que se sale de los márgenes) bajo una capa de olvido y aislamiento, al que se vieron condenados los homosexuales de esa generación.

Con otra carambola, los Javis unen esa escena con la canción de la nieve que canta el propio Guitarricadelafuente y que toma prestada la rima y la métrica del poema El amor duerme en el pecho del poeta, perteneciente a los sonetos del amor oscuro de Lorca. Esos que conserva en un papel Rafael y que leerá más tarde Sebastián.

Porque, como vemos, Lorca inunda toda la película. Lo hace con ese soneto del amor oscuro. Está presente en la Granada que canta el flamenco y las coplas populares que tanto atraían al poeta y que tan bien supo plasmar en su obra. También en la pequeña escena entre Carlos y su hermana en que, a través de un pequeño diálogo, están en realidad representando el minúsculo texto original de la bola negra de Lorca: "Por mi gusto tiraría a la jabalina, pero debo endulzar naranjas". Debo y quiero, dice la hermana. Incluso en el tráiler que anunciaba la película, los Javis han sabido escoger como banda sonora una adaptación de la Leyenda del tiempo, el legendario tema de Camarón, cuyo texto son unos versos de Lorca sacados de su obra teatral Así pasen cinco años.

Y si la película acaba con Sebastián rodeado de cadáveres y leyendo de nuevo aquel soneto del amor oscuro de Lorca al que ha quedado definitivamente unido, comenzaba con una secuencia desgarradora en la que se muestra todo el esperpento y a la vez, el horror inmenso contenido en la guerra. Los Javis abren su película con un pueblo que espera brazo en alto a la aviación fascista italiana y que, en un error absurdo y surrealista, acaba bombardeando y matando a esas mismas gentes que les esperaban sonrientes para vitorearles. 

Intentando escapar de ese desastre sin sentido, vemos a Sebastián trepando por encima de una escultura medio destruida. Es la de San Sebastián, con sus flechas atravesando su cuerpo. En otra preciosa carambola, los Javis, colocan a Sebastián frente a la escultura del santo martirizado que lleva su mismo nombre, como una señal icónica (es el cartel de la película) de lo que en el futuro será su vida, llena de tormento por sus deseos reprimidos. 

En otro momento, en la enfermería donde está Rafael, contemplamos una escena que parece sacada de la estampa de San Sebastián atendido por Santa Irene y su criada, de José de Ribera, cuando la enfermera y luego el propio Sebastián, curan las heridas del prisionero republicano. Todo ello, sin que nada esté de más y sin que haya nada delante de la cámara que no tenga un sentido. 

Pero, ¿qué es una trama sin sus títeres de la cachiporra? sin sus actores. Y aquí Ambrossi y Calvo han sabido rodearse de un elenco de lujo. Desde el debutante Guitarricadelafuente o Milo Quifes a Carlos González. Desde la oscarizada Penélope Cruz en una genial escena musical o el pequeño papel de Glenn Close a una impresionante Lola Dueñas, en un personaje de rompe y rasga, que la actriz sabe manejar a su antojo y lleva a lo más alto. 

Tal vez la última carambola de la bola negra sea la que va de Cannes a Toronto y camino a los óscar de Hollywood, dejando entretanto un estreno en España que ha conseguido la segunda mayor recaudación de la década. Y sin poder olvidar a Granada en ese viaje, porque como decía Machado en su elegía, "el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!"

Sin embargo, siendo ese recorrido deslumbrante, quizás no sea eso lo más significativo. Más allá de premios y taquilla, cuando tras ver una película aparecen tantos recovecos, tantos matices y lecturas. Cuando nada es lineal y todo es complejo y esa complejidad es necesaria y tiene un sentido, hay que pensar que, probablemente, estemos delante de una de esas pocas ocasiones en que, en vez de tratarse de una carambola de las que surgen al azar, en cambio estemos contemplando otra muy distinta, en la que todo está bien medido al milímetro para que las bolas choquen de la manera correcta. 

También la bola negra. @mundiario

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