Los analistas —las mentes brillantes de la geopolítica, los conocedores de la economía, de los mercados, de los precios del petróleo y del manejo de las casas de bolsa— se han esforzado por explicar los efectos del conflicto armado de Estados Unidos e Israel contra Irán. Los estrategas militares ofrecieron argumentos en contra de la intervención y, sobre todo, fueron cautos al evitar anticipar el resultado de una guerra que se sabe cómo comienza, pero nunca cómo termina. La diversidad de opiniones permitió trazar distintos escenarios, algunos catastróficos, especialmente si el conflicto se prolongaba y aumentaba el número de naciones implicadas.
Como es habitual, en la guerra la primera víctima es la verdad. En este caso, los medios de comunicación controlados por cada parte han construido sus propias versiones y han intentado imponerlas para sostener que van ganando. El presidente Trump ha sido el más insistente en afirmar esa idea; supone que, por el simple hecho de declararlo, su versión será aceptada por actores externos, especialmente dentro de su país. Sin embargo, esa consideración retórica dista mucho de ser escuchada o tomada en serio. Si al inicio del conflicto se ofrecían opiniones fundadas, ahora parece generalizarse una versión incómoda —incluso ofensiva— que se limita a repetir: el presidente está loco. Nada de lo que propuso en su estrategia militar se consiguió frente a Irán. El llamado “modelo Venezuela” no se aplicó en este caso.
La idea de bombardear Irán para terminar con la amenaza nuclear fue cuestionada incluso antes de iniciar el ataque militar conjunto con Israel. Sus asesores no lograron disuadirlo; las agencias de inteligencia advirtieron que no era conveniente un conflicto militar, pues la seguridad nacional de Estados Unidos no estaba amenazada. Mientras se rechazaba el desarrollo de armas nucleares, se proponía eliminar al líder supremo de la república islámica, quien, paradójicamente, se oponía a ellas. Además, existían negociaciones en curso que confirmaban la disposición iraní de detener dicho programa. Para mayor contradicción, en los ataques de 2025 ya se había eliminado a jefes militares y científicos vinculados con el desarrollo nuclear.
Según diversas versiones, los análisis internos de inteligencia fueron desechados en favor de los provenientes del Mossad y del primer ministro Benjamín Netanyahu. Se afirma que el apoyo de Trump a la guerra junto a Israel fue una moneda de cambio para obtener financiamiento destinado a campañas políticas, por más de trescientos millones de dólares. La estrategia se redujo a un ataque relámpago, de pocos días, con la expectativa de forzar la rendición de Irán. Israel se consolidaría como la principal fuerza militar en Medio Oriente y Estados Unidos obtendría control sobre el petróleo y el gas iraní. Con ese resultado, Trump buscaría frenar el crecimiento económico chino, aislar a Rusia y recuperar la hegemonía global.
El presidente Trump es, ante todo, una figura mediática. Ha recurrido a discursos diseñados para el control informativo: ha amenazado a Irán, ha llegado a afirmar que acabaría con la civilización persa —de siglos de existencia—, ha lanzado ultimátums que luego modifica. Sus plazos cambian constantemente, al no surtir efecto sus advertencias. Exigió a los países aliados sumarse contra el “maligno” gobierno de los ayatolas, no obtuvo respuesta. Sin una base sólida de apoyo, busca negociar intentando imponer condiciones, aun cuando estas parecen favorecer a Irán, especialmente por su control estratégico del estrecho de Ormuz. Incluso, cuando insinuó una invasión militar, expertos calificaron la idea como suicida. Es probable que Irán haya derrotado políticamente a Trump incluso antes de las elecciones intermedias. Su popularidad ha caído, incluso ante sus electores.
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