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Mundiario 12 Oct, 2026 06:25 (5 min de lectura)
Riesgo / Alerta

La primorosa inanidad de nuestra altiva pasarela

Por Francisco R. Breijo-Márquez En Politica México, Ciudad de México
La primorosa inanidad de nuestra altiva pasarela
PUNTOS CLAVE DEL ANALISIS (IA SCOPE)
• Crítica a la retórica y presencia constante del presidente Pedro Sánchez.
• Análisis sobre su sonrisa impasible ante el desgaste político.
• Observación de un menú legislativo magro pero con alta visibilidad.

¡Oh, ventura aciaga la mía!

Permítaseme expresar, con el debido decoro y un pañuelo de encaje presto a enjugar las lágrimas de mi atribulado espíritu, el profundísimo sopor que embarga mi existencia al contemplar el panorama de nuestra egregia res publica. Heme aquí, recluido en el claroscuro de mi aposento, cavilando con esa languidez cansina tan propia de los espíritus demasiado sensibles para los rudos envites de la política patria. Y es que, ¡válgame el cielo!, no alcanzo a comprender, por más que me aplique con el lente de aumento y el bálsamo de la resignación, la osadía de don Pedro Sánchez Pérez-Castejón.

¿Cómo es posible, me pregunto con un leve suspiro que amenaza con descolocar mi peinado, que tras eones y eones de adormecer al respetable —a esa queridísima e inestimable basca que sufre en silencio— con el magro menú de un logro insustancial o dos hitos aislados, vuelva a hacer acto de presencia? Y lo que resulta ya de un tupé verdaderamente desmesurado: ¡con la mismísima sonrisa de sus albores doctrinarios! Esa dentadura prístina, pulida con el más fino esmalte de la prestidigitación parlamentaria, permanece inalterada, impasible ante el polvo de los caminos políticos y las desavenencias del populacho. Es una sonrisa atemporal, cuasi mística, que parece decirnos: «Tranquilizaos, criaturas de Dios, que el tiroteo verbal y la inanidad de mis decretos son mero adorno para mi gallardía». ¡Semejante lozanía impertérrita resulta, cuando menos, de una desenvoltura desasosegante!

Uno esperaría que el paso de las legislaturas arrugara el entrecejo o mermara esa apostura de galán de película en blanco y negro, pero no. Don Pedro reaparece impasible, impecable, aburriendo a las ovejas con el mismo encanto almibarado de quien vende crecepelo en un mercadillo decimonónico.

Podría el docto lector objetar, en un arrebato de ingenuidad, que en el flanco opuesto de la contienda se halla el bálsamo para mis cuitas. ¡Ah, craso error, amada concurrencia! Pues si dirigimos la mirada hacia don Alberto Núñez Feijóo, el desengaño no es de menor cuantía. ¡Qué tibieza, por el amor de Dios, qué modorra tan primorosamente hilvanada! Don Alberto se nos presenta con la contención propia de un procurador de provincias que ha olvidado las llaves del archivo general. Su figura, lejos de encender las llamas de la adhesión fervorosa, invita a tomar una taza de tila y una manta de franela para entregarse al sueño de los justos. No hay en su verbo chispazo de genialidad, ni en su ademán la bizarría de los viejos próceres; hay únicamente una parsimonia que desespera hasta al santo más paciente de la corte celestial.

Y qué decir, ¡ay de mí!, de doña Isabel Díaz Ayuso. Con cuánta pesadumbre he de confesar que esta muchacha me caía de perlas en un principio. Portaba en sus maneras un frescor castizo, un desparpajo de corrala madrileña que aliviaba el tedio imperante. Sin embargo, con el devenir del tiempo, la lozana lidereza ha derivado en una suerte de pirotecnia cotidiana, un perpetuo festejo de artificio que termina por fatigar los oídos más finos. Aquel encanto primigenio se ha disuelto en el caldero de la estridencia gratuita y la pose calculada, dejándome huérfano de aquella simpatía que antaño le dispensaba mi crédulo corazón.

En fin, que entre la marmórea dentadura del uno, la modorra galaica del otro y el perpetuo sainete de la última, ninguno de ellos ayuda un carajo —si se me permite esta libérrima y procaz licencia poética— a que un servidor pueda tomar una decisión taxativa, incontestable y firme a la hora de depositar el próximo sufragio en la sagrada urna de la democracia.

Llegados a este punto de madura reflexión, la conclusión se erige tan clara, desnuda y palmaria como una mañana de primavera: ¡No hay líderes políticos a los que podamos llamar líderes en el más amplio, noble y aristocrático sentido del término! Asistimos, desolados, a una pasarela de figuras de cera, de caricaturas sin fuste, de actores de reparto desempeñando papeles de alta tragedia. Nos faltan gigantes de la oratoria, estadistas de procaz inteligencia y próceres que nos guíen con mano firme a través del proceloso mar del futuro.

En su lugar, nos conformamos con esta utilería de guardarropía y, tras plegar mi pajarita con fina parsimonia, me rindo ante una evidencia desgarradora: es cristalino que la vergüenza, tanto la propia como la ajena, es una virtud totalmente extinguida sin necesidad alguna de cambio climático. @mundiario

 

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