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El Financiero 10 Apr, 2026 02:22

Un cuarto del sexenio

A año y medio en el poder –primer cuarto del sexenio–, la presidente Claudia Sheibaum se halla ante la oportunidad de realizar ajustes a la estrategia y el equipo de gobierno, así como de fijar prioridades. Importa el asunto porque los próximos meses pondrán a prueba su destreza, independencia, fortaleza e inteligencia política y diplomática, en una circunstancia económica compleja en extremo.

Aprovechar esa oportunidad exige una postura menos reactiva, más resuelta y mucho más serena ante cuanto sucede, así como dejar una serie de premisas y consignas que, en vez de ayudar, estorban a la posibilidad de consolidar y desplegar su mandato.

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En los últimos días, los tropiezos han estado al orden del día, revelando desesperación y enfado por parte de la jefa del Ejecutivo. Si se quiere, exhibiendo el sentimiento de incomprensión que suele embargar a quienes llevan las riendas del país.

En un mes, la mandataria encaró el fracaso de la prometida reforma político-electoral a nivel constitucional, sustituyéndola por otra de carácter reglamentario, distante de la pretendida y propia de un gobierno interesado en fortalecer el centralismo y debilitar el federalismo. Igual afrontó tarde y de mal modo el derrame de hidrocarburos en el golfo, así como el incendio en el perímetro de la refinería de Dos Bocas, adoptando argumentos insostenibles o falaces.

En el mismo intervalo y con más de un año de retraso abordó el tema de las personas desaparecidas, poniendo en el acento en el registro y la cuenta, no en la búsqueda y el rescate, ahondado el dolor de los familiares. Y, en el colmo de esa tragedia, reaccionando de manera lamentable ante la decisión del Comité de Naciones Unidas contra la Desaparición Forzada de Personas de someter el caso de México a la Asamblea General de ese órgano por considerar que, ese tipo de desapariciones, podrían configurar un delito de lesa humanidad ante el cual no sobra explorar fórmulas de asistencia. De la reacción de la Comisión Nacional de Derechos Humanos sobre el particular, ni hablar: si Rosario Piedra Ibarra conducía a esa instancia a un naufragio, terminó por hundirla al defender al Estado y ofender a las víctimas.

Por si algo faltara, la mandataria se involucró hasta en el tema de la mujer que asoleó sus piernas en una ventana de Palacio Nacional, haciendo de la fruslería una cuestión de Estado. Tal intervención evidenció sin querer o adrede a quienes desde el oficialismo combaten, supuestamente, la infodemia y las mentiras, a partir de una contradicción: privilegiar la ideología sobre los hechos.

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Ante tales tropiezos, la respuesta oficial echó mano de recursos que han perdido efecto –la victimización, el negacionismo, el complot, el desdén, la minusvaloración– y revelan que la propaganda ya no encubre la información, como tampoco el deseo suplanta a la realidad.

Lo peor de encarar a botepronto desde la Presidencia cuanto asunto brota es que, al no tener prioridades ni una agenda informativa, los logros se pierden, sepultan o pervierten en la barahúnda. Increíblemente, la narrativa oficial es incapaz de contar y resaltar resultados alcanzados o en ciernes, las acciones exitosas y los giros con sello propio.

Así, la hazaña del Ejército de abatir a Nemesio Oseguera Cervantes, el más violento de los capos criminales que una y otra vez agravió al Estado, queda como una acción para acallarlo. El establecimiento de las cuarenta horas de trabajo a la semana resulta un engaño al no conceder dos días descanso. La proeza de rescatar vivo a un minero enterrado durante catorce días se minimiza. Las agallas de ponderar, pese a los guardianes del santo legado, el fracking como un recurso para explotar el gas se presenta con desgano.

La política reactiva anula a la proactiva. Por no fijar prioridades y agenda, el oficialismo construye y combate molinos de viento, sin dejar respirar la información que genera. Opta por repetir cuentos viejos, no por contar historias nuevas.

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El problema no es sólo de comunicación, sino también de acción política y de gobierno, así como de concentración del poder.

El cuatroteísmo tanto se ha empeñado en reivindicar el presidencialismo exacerbado que, ahora, hasta la caída de las hojas en otoño depende de la voluntad presidencial. Tal postura exime de responsabilidades a secretarios de Estado, coordinadores parlamentarios, dirigentes partidistas, gobernadores, fiscales estatales y hasta ministros de justicia, recargando todo en la mandataria. Por si algo faltara, el relevo de colaboradores directos o indirectos se opera a cuentagotas sin mandar la señal de que el equipo de transición ya dio de sí y viene el de consolidación del gobierno.

En los próximos meses, quizá, hasta noviembre, la capacidad política y diplomática de la jefa del Ejecutivo estará sometida a una dura prueba. Por eso, el Sobreaviso: La cuesta de agosto. Por precipitar el rejuego electoral, la selección de ante precandidatos a gobernador de la coalición en el poder será un juego de vencidas para ver quién es quién en el poder. Tras el mundial, el repunte de la inflación en un marco de crecimiento mediocre y en un entorno económico volátil exigirá tomar medidas que provocarán malestar. La salida de Donald Trump de la aventura militar en Irán, lo tentará a emprender acciones militares con réditos electorales y México semeja un suculento manjar. La disonancia entre la aprobación de la figura presidencial y la desaprobación de la gestión gubernamental será mayor.

Viene un verano caliente, una temporada difícil.

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A año y medio en el poder y agotado un cuarto del sexenio, la presidenta de la República tiene la oportunidad de revisar la gestión y consolidar el gobierno. Ojalá, no la desaproveche.

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